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nydus/Mein KampfPublic
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Capítulo VIII

EL HOMBRE FUERTE ES MÁS FUERTE CUANDO ESTÁ SOLO

EL ciudadano medio se siente complacido y tranquilo cuando oye decir que los grupos de trabajadores, al unirse en un Sindicato, han descubierto el elemento que los une en un solo cuerpo y han rechazado aquello que los divide.

Todo el mundo está convencido de que dicha unión representa una ganancia inmensa de fuerza y de que los otrora débiles grupitos se transforman así de repente en una potencia. ¡Y, sin embargo, esto es en su mayor parte totalmente incorrecto!

Un hombre proclama alguna verdad, aboga por la solución de algún problema determinado, traza un objetivo y crea un Movimiento que tiene como fin la realización de sus intenciones.

Así se funda un sindicato o un Partido cuyo programa tiene por objeto eliminar los males existentes o alcanzar un estado de cosas determinado en algún momento futuro.

Una vez que un Movimiento de este tipo ha cobrado vida, puede reclamar por ello, en cierto modo, un derecho de prioridad.

El curso natural debería ser que todos aquellos que deseen luchar por el mismo objetivo que ese Movimiento se identifiquen con él y sumen así a su fuerza, para poder servir mejor a la aspiración conjunta.

Hay dos razones por las cuales las cosas no suceden de este modo. La primera razón casi puede calificarse de trágica; la segunda es digna de lástima y tiene su fundamento en la debilidad humana.

i. Toda gran acción en este mundo es, en general, *03 la realización de un deseo presente desde hace mucho tiempo en millones de corazones humanos, de un anhelo universal.

Es una característica esencial de los grandes problemas de cualquier época que miles de personas trabajen en su resolución, y muchas se imaginen propuestas para tal fin por elección del Destino, de modo que, en el libre juego de las fuerzas, el más fuerte y audaz resulte finalmente victorioso y se le encomiende la tarea de resolver el problema.

Lo trágico de esto es que estos hombres luchan hacia el mismo objetivo por caminos diferentes, creyendo cada uno sinceramente en su propia misión, y se considera obligado a seguir su propio camino, haciendo total caso omiso de los demás.

No pocas veces la raza humana ha debido sus éxitos a las lecciones aprendidas de las desgracias de intentos anteriores que habían fracasado.

En la historia vemos que los dos caminos que en su día habrían podido resolver el problema alemán —cuyos principales representantes y defensores fueron Austria y Prusia, los Habsburgo y los Hohenzollern— deberían haber ido de la mano desde el principio; todos los demás, según sus criterios, debían haber confiado sus fuerzas unidas a uno u otro bando.

Entonces, el camino del paladín, que terminó por ser el más digno, habría sido el que se debiera seguir; el método austriaco jamás habría conducido a un Imperio alemán.

Por fin aquel Imperio, fuerte en la unidad alemana, surgió de lo que millones de alemanes sintieron en sus corazones como el más terrible símbolo de todos los conflictos entre hermanos; pues la Corona imperial alemana se ganó en realidad en el campo de batalla de Königgrätz, y no en los combates en torno a París, como se afirma comúnmente. La fundación del Imperio alemán no fue el resultado de ningún deseo conjunto perseguido por métodos conjuntos, sino más bien el resultado de una lucha deliberada (a veces apenas consciente) por la hegemonía, y de esa lucha Prusia salió victoriosa.

Por lo tanto, no ha de lamentarse que varios hombres se propongan alcanzar un mismo objetivo; es así como reconocemos al más fuerte, al más veloz y al hombre que vence.

La segunda razón no es meramente trágica; es digna de lástima. Surge de dicha mezcla de envidia, codicia, ambición y propensión al robo, que aparece, ¡ay!, tan a menudo combinada en asuntos que interesan a la humanidad.

En el momento en que se inicia un nuevo Movimiento y adopta su propio programa particular, surgen hombres que afirman luchar por el mismo objetivo. Esto no significa que tengan la intención de ocupar honestamente sus puestos en las filas del Movimiento y admitir así sus derechos de prioridad, sino que pretenden robar su programa y formar un nuevo partido basado en él.

La fundación de todo un número de nuevos grupos, partidos, etc., que se hacían llamar «nacionalistas», en los años 1918-19, se produjo sin mérito alguno por parte de sus fundadores, sino como un desarrollo natural.

Hacia 1920, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán se había ido cristalizando gradualmente como el Partido victorioso.

Nada prueba la genuina honestidad de ciertos fundadores individuales de manera más maravillosa que el hecho de que varios de ellos decidieran con admirable prontitud sacrificar su propio Movimiento, obviamente menos exitoso, es decir, clausurarlo y afiliarlo incondicionalmente al más fuerte.

Este fue el caso especialmente del líder del Partido Socialista Alemán en Núremberg, Julius Streicher. Ambos partidos se fundaron con fines similares, pero por lo demás eran bastante independientes el uno del otro. Sin embargo, tan pronto como Streicher estuvo con¬ vencido de manera clara e indiscutible de la superior fuerza y del mayor crecimiento del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, dejó de trabajar para el Partido Socialista Alemán y pidió a sus seguidores que se alinearan con el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, el cual había salido victorioso de la contienda, y que se unieran a él para continuar luchando por la causa común. Una decisión muy elo¬ giable, pero difícil para él como hombre.

Jamás debe olvidarse que ningún logro verdaderamente grandioso se ha llevado a cabo jamás en este mundo mediante Coaliciones; sino que siempre se han debido al triunfo de un solo individuo. Los éxitos logrados por Coalición, debido a la naturaleza de su origen, contienen las semillas de una futura desintegración desde su mismo inicio, hasta el punto, en verdad, de malograr lo que ya se había alcanzado. Los grandes cambios de pensamiento que verdaderamente revolucionan el mundo son inconcebibles e irrealizables excepto bajo la forma de luchas titánicas llevadas a cabo por fuerzas solitarias —nunca de empresas conducidas por Coaliciones.

El Estado nacional, por tanto, nunca será creado por la volición inestable de una unión nacionalista de trabajadores, sino únicamente por la fuerza de voluntad adamantina de un solo Movimiento, después de que ese Movimiento haya triunfado, tras haber derrotado a todos los demás.

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