LA LUCHA CONTRA LAS FORJAS ROJAS EN 1919-20 y también en 1921 asistí en persona a las llamadas reuniones burguesas. Llegué a conocer algo sobre aquellos profetas de la concepción burguesa del mundo, y la verdad es que no me extrañó, pues comprendí por qué daban tan poca importancia a la palabra hablada. Asistí a reuniones de los Demócratas, los Nacionalistas Alemanes, el Partido Popular Alemán y el Partido Popular Bávaro (Partido del Centro Bávaro). Lo que me llamó la atención de inmediato fue la sólida unanimidad de los asistentes. Casi todos eran seguidores del partido que participaban en tales manifestaciones. No había disciplina y, en conjunto, se parecía más a una partida de cartas aburrida que a una asamblea de personas que acababan de llevar a cabo una gran revolución. Los oradores hacían todo lo posible por mantener este ambiente pacífico. Declamaban, o mejor aún, la mayoría de ellos leía discursos al estilo de un artículo periodístico ingenioso o de un tratado erudito, evitando toda expresión fuerte; aquí y allá se introducía algún chiste profesional flojo, ante el cual los caballeros de la tribuna reían con el deber cumplido —no en voz alta, sino de forma alentadora, con reserva de caballeros. Todo el público cabeceaba en una especie de trance después de tres cuartos de hora de ello, con interrupciones causadas por alguien que salía, el tintineo de una camarera o los bostezos de muchos de los asistentes. Al cierre, el presidente entonaba un canto patriótico alemán.
Con esto la reunión se disolvió —es decir, todos se apresuraron a salir, uno por su cerveza, otro a un café, y los demás simplemente a tomar el aire fresco.
N 193 *94
MI LUCHA
Las reuniones nacionalsocialistas, por otra parte, no eran en absoluto reuniones «pacíficas». Las olas de dos cosmovisiones chocaban furiosamente entre sí, y aquello no terminaba entonando un aburrido canto patriótico, sino con estallidos fanáticos de pasión popular y nacionalista.
Desde el principio fue importante introducir una disciplina ciega en nuestras reuniones y establecer absolutamente la autoridad del presidente.
Y teníamos disidentes en nuestras reuniones: seguidores de la Bandera Roja. Venían una y otra vez en masas compactas, con unos cuantos agitadores entre ellos, y en cada rostro se podía leer: «¡Tenemos la intención de ajustar cuentas con ustedes esta noche!». A menudo todo pendía de un hilo, y solo la energía del presidente y el trato rudo de los guardias de nuestra sala frustraron las intenciones de nuestros adversarios; estos últimos tenían sobradas razones para estar molestos con nosotros.
Elegimos el rojo para nuestros carteles tras una exacta y cuidadosa reflexión; nuestra intención era irritar a la Izquierda, hacer que montaran en cólera y así inducirlos a venir a nuestras reuniones —aunque fuera solo para reventarlas— para que tuviéramos la oportunidad de hablarles.
Nuestros opositores procedieron entonces a lanzar llamamientos al «proletariado consciente de su clase» para que acudiera en masa a nuestras reuniones con el fin de golpear con el puño del proletariado la «agitación monárquica y reaccionaria» que nosotros representábamos.
Nuestras reuniones estaban a la vez abarratadas de obreros tres cuartos de hora antes de la hora fijada para el mitin. Parecían un barril de pólvora a punto de estallar en cualquier momento con la mecha en el oílse. Pero las cosas siempre sucedían de otro modo. La gente venía como enemiga y se marchaba, tal vez no preparada para unirse a nosotros, pero de todos modos en un estado de ánimo reflexivo y dispuesta a criticar y examinar la justeza de nuestras doctrinas.
Entonces se dio la consigna: «¡Proletarios! ¡Evitad las reuniones de los agitadores nacionalistas!». Tácticas vacilantes similares se pudieron observar también en la prensa roja.
La gente sintió curiosidad. Hubo un cambio repentino de táctica y, durante un tiempo, fuimos tratados como verdaderos criminales contra la humanidad.
Artículo tras artículo que proclamaba y demostraba nuestra criminalidad, y relatos escandalosos, fabricados de la A a la Z, debían lograr el efecto deseado.
Pero en poco tiempo parecieron convencerse de que tales ataques no estaban surtiendo ningún efecto; de hecho, todo ello ayudó verdaderamente a concentrar la atención general directamente en nosotros.
Una de las razones por las que nunca llegó a disolver nuestras reuniones fue indudablemente la extraordinaria cobardía demostrada por los líderes de nuestros oponentes. En todos los momentos críticos, estas despreciables criaturas esperaban fuera de las salas el resultado de la explosión.
En aquel período nos veíamos obligados a tomar la protección de nuestras reuniones en nuestras propias manos; nunca se puede contar con la protección de las autoridades oficiales; por el contrario, la experiencia demuestra que estas siempre favorecen al elemento perturbador. Pues el único éxito real de la intervención oficial consistía, a lo sumo, en disolver una reunión, es decir, en suspenderla por completo; este era, de hecho, el fin y el propósito de nuestros oponentes al venir a perturbarla.
Por lo tanto, tuvimos que convencernos de que cualquier mitin que dependa para su protección exclusivamente de la policía desacredita a sus organizadores ante los ojos de las masas.
Una y otra vez, un puñado de adeptos ha opuesto una resistencia heroica contra una turba furiosa y violenta de rojos. Aquellos quince o veinte hombres habrían terminado por ser aplastados sin duda. Pero el resto sabía muy bien que a tres o cuatro veces más de ellos les habrían partido la crisma antes, y no estaban dispuestos a correr ese riesgo.
Para cualquiera era evidente cómo la Revolución solo había sido posible gracias a los métodos devastadores de los burgueses que gobiernan nuestra nación. Incluso entonces habría habido puños de sobra dispuestos a proteger a la nación alemana, pero no había cráneos que partir.
¡Con cuánta frecuencia brillaban entonces los ojos de mis jóvenes como respuesta cuando les explicaba la esencia de su misión y les aseguraba sin cesar que toda la sabiduría de esta tierra no es nada a menos que sea servida, cubierta y protegida por la fuerza, que la apacible diosa de la paz no puede avanzar si no va acompañada por el dios de la guerra, y que todo gran acto de paz debe ser protegido y ayudado por la fuerza!
De este modo, la idea del servicio militar cobró para ellos una forma mucho más viva —no en el sentido petrificado de las almas de funcionarios achacosos que sirven a la autoridad muerta de un Estado muerto, sino en la realización viva del deber de cada hombre de ofrecer su vida para que su nación pueda vivir, en todo momento y en todas partes.
¡Cómo se plantaron aquellos jóvenes ante la raya! Como un enjambre de avispas se lanzaron sobre los disruptores de nuestras reuniones, sin importarles la superioridad numérica, por muy grande que fuera, sin temerle a las heridas ni al sacrificio sangriento, rebosantes de la gran idea, la sagrada misión de abrir camino a nuestro Movimiento.
Ya desde el verano de 1920 las tropas para el mantenimiento del orden fueron tomando gradualmente una forma definida, y hacia la primavera de 1921 quedaron divididas por grados en compañías, las cuales a su vez se dividían en secciones más pequeñas.
Esto se había vuelto de extrema necesidad, ya que entretanto nuestras actividades en lo que se refiere a reuniones habían ido aumentando continuamente.
La organización de nuestros grupos de hombres encargados de mantener el orden en las reuniones fue el medio para resolver una cuestión muy difícil. Hasta entonces el movimiento no había poseído ninguna insignia de Partido ni ninguna bandera.
La falta de estos símbolos no solo era una desventaja entonces, sino que resultaba intolerable de cara al futuro, ya que los miembros del Partido no tenían ninguna insignia distintiva de pertenencia, y para el futuro era intolerable carecer de algún distintivo de carácter simbólico del Movimiento que pudiera oponerse al de los Internacionales.
Más de una vez en mi juventud la importancia psicológica de semejante símbolo me había resultado claramente evidente desde el punto de vista del sentimiento.
En Berlín, después de la guerra, presencié una manifestación multitudinaria del marxismo frente al Palacio Real. Un mar de banderas rojas, pañuelos rojos y flores rojas confería una apariencia exterior de poder a aquella multitud, que calculé en unas 120.000 personas. Sentí y comprendí cuán fácilmente el hombre de la calle se deja impresionar por la magia sugestiva de una puesta en escena tan grandiosa.
La burguesía, que como Partido no representa ninguna concepción del mundo, carecía por tanto de bandera. Su Partido consistía en "patriotas" e iba por ahí con los colores del Reich.
El negro-blanco-rojo del viejo Imperio fue recuperado por nuestros llamados partidos burgueses nacionales como sus colores.
Es evidente que el símbolo de una situación que pudo ser derrotada por el marxismo en circunstancias ingloriosas acompañantes no servía como enseña bajo la cual el mismo marxismo debiera ser aplastado a su vez.
Por mucho que cualquier alemán decente tuviera que amar y venerar aquellos viejos colores, gloriosos cuando se colocaban uno al lado del otro en su frescura juvenil, cuando había luchado bajo ellos y visto el sacrificio de tantas vidas, esa bandera tenía poco valor para las luchas del futuro.
Esta fue la razón por la cual nosotros, los nacionalsocialistas, reconocimos que izar el viejo estandarte no significaría ningún símbolo que expresara nuestros objetivos especiales; pues no teníamos ningún deseo de resucitar al Imperio arruinado con todas sus manchas, sino de construir un nuevo Estado.
El Movimiento que hoy combate al marxismo en este sentido debe llevar en sus banderas el símbolo del nuevo Estado.
Yo mismo siempre fui partidario de conservar los antiguos colores. Tras innumerables ensayos, me decidí por una forma definitiva: una bandera con fondo rojo y una franja blanca que la cruza llevando en su centro una cruz esvástica negra. Después de mucho buscar, determiné las proporciones adecuadas entre el tamaño de la bandera y el de la franja blanca, así como la forma y el grosor de la cruz; y así ha permanecido desde entonces.
Asimismo, se ordenaron de inmediato brazaletes del mismo material para los hombres de los cuerpos encargados de mantener el orden: rojos, con una franja blanca y una cruz gamada.
La nueva bandera apareció por primera vez en público a mediados del verano de 1920.
Dos años después, cuando nuestros hombres, que hacía tiempo ascendían a varios miles, constituían ya un considerable destacamento de ataque (Sturmabteilung), pareció necesario dar a la organización de combate de la nueva cosmovisión un símbolo especial de la victoria: un Estandarte.
Por aquel entonces no había en Múnich ningún Partido, a excepción de los partidos marxistas, y muy especialmente ningún partido nacionalista, que pudiera organizar manifestaciones de masas como las nuestras. El Münchener Kindl-Keller, con capacidad para 5.000 personas, se llenó de bote en bote en más de una ocasión, y solo había un recinto en el que no nos habíamos atrevido a entrar, a saber, el Circus Krone.
A finales de enero de 1921, hubo de nuevo muchos motivos de preocupación en Alemania. El Acuerdo de París, mediante el cual Alemania se comprometía a pagar la absurda suma de 100 mil millones de marcos de oro, iba a ser ratificado en forma de ultimátum de Londres.
Día tras día pasaba y ninguno de los grandes Partidos se había hecho eco del espantoso suceso, y la organización obrera no se decidía a fijar una fecha definitiva para la manifestación que se estaba planeando.
El martes 1 de febrero exigí una decisión definitiva. Se me dio largas hasta el miércoles. Ese día exigí que se me dijera claramente si la reunión iba a tener lugar y cuándo. La respuesta seguía siendo incierta y vacilante; consistía en que se tenía la intención de invitar a los trabajadores a una manifestación el mismo día de la semana siguiente.
Entonces perdí toda la paciencia y decidí llevar a cabo una manifestación de protesta por mi propia cuenta y riesgo.
Para el mediodía del miércoles ya había dictado los carteles en diez minutos y había alquilado el Circus Krone para el día siguiente, el 3 de febrero.
En aquellos días era una empresa tremenda. Era bastante dudoso que pudiéramos llenar aquel vasto salón, y existía el riesgo de que la reunión fuera reventada. Una cosa era segura: un fracaso nos retrasaría durante mucho tiempo.
Tuvimos un día para fijar nuestros carteles. Por desgracia, llovió la mañana del jueves, y había razones para temer que mucha gente prefiriera quedarse en casa antes que apresurarse a ir a una reunión bajo la lluvia y la nieve, especialmente cuando era probable que hubiera violencia y asesinatos.
El jueves, dos camiones que alquilé aparecieron cubiertos de rojo tanto como fue posible, y en ellos se fijaron dos banderas; cada uno llevaba a quince o veinte miembros de nuestro Partido; se dio la orden de circular rápidamente por las calles arrojando panfletos: propaganda para la asamblea masiva que se celebraría por la noche. Era la primera vez que unos camiones con banderas circulaban por calles que no estuvieran dominadas por los marxistas.
Al entrar en el gran salón sentí la misma alegría que había experimentado un año antes en la primera reunión en el Hofbrähausfestsaal; pero no fue hasta que hube logrado abrirme paso a través de la sólida muralla de hombres y subido a la tribuna cuando percibí la medida exacta de nuestro éxito.
El salón se extendía ante mí, abarrotado de miles y miles de personas.
Mi tema era «Futuro o ruina». Comencé a hablar y hablé durante unas dos horas y media. Tras la primera media hora, mi intuición me dijo que la reunión iba a ser un gran éxito.
Los diarios burgueses informaron que la manifestación había tenido un carácter meramente «nacionalista»; a su modo, con su modestia habitual, omitieron toda mención de sus organizadores.
Después de este comienzo en 1921, nuestras reuniones en Múnich se hicieron mucho más frecuentes.
Me acostumbré a celebrarlas no solo una vez por semana, sino a veces dos mitings masivos por semana; de hecho, a mediados del verano y finales de otoño solían ser tres.
Nos reuníamos siempre ahora en el Circus Krone, y comprobábamos con satisfacción que todas nuestras veladas eran igualmente exitosas.
El resultado fue un aumento constante de la militancia del movimiento.
Nuestros adversarios, naturalmente, no iban a resignarse ante tales éxitos. Así que decidieron hacer un último esfuerzo mediante un acto de terrorismo para poner fin definitivamente a nuestras reuniones.
El día de acción llegó unos días más tarde. Se eligió para el ajuste de cuentas final una reunión en el Hofbräuhausfestsaal, en la que yo iba a hablar. Entre las seis y las siete de la tarde del 4 de noviembre de 1921, recibí la primera noticia segura de que la reunión iba a ser reventada definitivamente.
Debido a un golpe de mala suerte, no nos habíamos enterado antes. Ese mismo día habíamos tenido que abandonar nuestras gloriosas oficinas antiguas de la Sterneckergasse para mudarnos a otras; es decir, ya habíamos salido de las viejas pero aún no podíamos entrar en las nuevas porque en ellas todavía se estaba trabajando. El resultado fue que solo había un grupo muy reducido de hombres para mantener el orden en la reunión;
no había más que una débil compañía de unos cuarenta y seis hombres disponibles, y los teléfonos de alarma no estaban en condiciones de convocar suficientes refuerzos en el transcurso de una sola hora.
Entré en el vestíbulo del salón a las ocho menos cuarto y vi que no cabía la menor duda sobre las intenciones inmediatas.
El salón estaba abarrotado y la policía impedía la entrada a más gente. Nuestros enemigos, que habían llegado muy temprano, estaban dentro del salón, y nuestros amigos se quedaban fuera. El pequeño grupo de guardias me esperaba en el vestíbulo. Hice cerrar la puerta que daba al gran salón y llamé ante mí a los cuarenta y cinco o cuarenta y seis hombres.
Explicué a los muchachos que aquella noche, por primera vez, el Movimiento tendría que demostrar su fidelidad hasta el punto de doblegarse y romperse, y que ninguno de nosotros debía abandonar el salón a menos que nos sacaran muertos; pero creía que ninguno de ellos me desertaría. Si veía a algún hombre mostrarse cobarde, yo mismo le arrancaría el brazalete y le quitaría la insignia.
Luego los exhorté a lanzarse inmediatamente a la primera señal de intento de boicotear la reunión, y a recordar que la mejor defensa de un hombre es el ataque.
Me respondieron tres hurras que sonaron más feroces y encendidos que nunca.
Luego entré en el vestíbulo y vi la situación con mis propios ojos. Estaban sentados muy apretados e intentaban acuchillarme con la mirada. Innumerables rostros se volvieron hacia mí con un odio ferviente, mientras otros lanzaban alaridos que significaban una sola cosa. Sabían que eran la parte más fuerte y se sentían en consecuencia.
Sin embargo, fue posible comenzar la reunión, y comencé a hablar.
Al cabo de hora y media más o menos se dio la señal. Unos cuantos gritos de ira, y un hombre saltó de repente a una silla y gritó: «¡Libertad!». Tras lo cual los luchadores por la libertad comenzaron su labor.
En pocos segundos la sala se llenó de una turba que gritaba y aullaba, por encima de la cual innumerables jarras de pinta volaban como proyectiles de obús. Patas de sillas hechas añicos, vasos hechos trizas; aullidos y gritos. Era un espectáculo de locura.
Me puse de pie allí donde estaba y observé a mis enérgicos muchachos cumpliendo con su parte.
El baile apenas había comenzado cuando mis Tropas de Asalto, llamadas así desde aquel día en adelante, atacaron. Como lobos se lanzaron una y otra vez en grupos de ocho o diez contra el enemigo, y comenzaron poco a poco a barrerlo literalmente del salón. Al cabo de cinco minutos apenas podía ver a uno que no estuviera cubierto de sangre. Empezaba a conocer su temple; a su cabeza iban mi espléndido Maurice, Hess, mi actual secretario privado, y muchos otros que, aunque gravemente heridos, siguieron atacando mientras las piernas les sostuvieron.
Una gran multitud aún permanecía en un rincón del salón, resistiendo todavía con terquedad.
Luego, de repente, se dispararon dos tiros de pistola desde la entrada en dirección a la tribuna, y se levantó un estruendo salvaje.
A uno casi se le alegraba el corazón ante semejante resurrección de los viejos recuerdos de guerra. Era imposible distinguir quién había hecho los disparos; pero, en cualquier caso, pude ver que mis muchachos renovaban el ataque con mayor bríos, hasta que finalmente los últimos revoltosos fueron expulsados del salón.
Todo había durado unos veinticinco minutos, al término de los cuales éramos dueños de la situación. Hermann Esser, que presidía el acto, anunció: «La reunión continúa; que proceda el orador». Así que proseguí con mi discurso.
Justo cuando terminaba la reunión, un teniente de policía entusiasmado irrumpió de repente en la sala y rugió, agitando los brazos: «¡Se clausura la reunión!». Tuve que reír; era auténtica pomposidad oficial.
Aprendimos mucho aquella tarde, y nuestros adversarios tampoco olvidaron la lección que recibieron.
Hasta el otoño de 1923, el Münchener Post omitió toda mención a los puños del proletariado.