Octubre trajo una prórroga de mi baja por enfermedad y algunas mañanas con los sabuesos. Para cuando recibí otra carta de Dottrell, el bosque de Delville había enterrado más o menos a sus muertos, en mi mente si no del todo en la realidad. El viejo Intendente se desahogó con una buena retahíla de quejas de la cual cito una muestra.
«Bueno, hemos estado acampados a unos 10 kilos del lugar en el que estábamos las Navidades pasadas. Esperábamos estar allí tres semanas, pero después de 8 días hemos recibido órdenes repentinas de trasladarnos al viejo, viejo sitio, con un Por qué de por medio. Kinjack nos dejó para tomar el mando de una Brigada; una gran pérdida para el Batallón. Todos van y vienen; se quedan en el Batallón el tiempo suficiente para sacarle provecho y luego desaparecen, y apenas le dedicarán un pensamiento a los hombres y oficiales que fueron el medio para que consiguieran un rango superior. Es un mundo egoísta, amigo mío. Todos los sucesivos C.O. me ruegan que me quede con el viejo Batallón que tanto quieren. Yo lo hago. Ellos también, hasta que consiguen un trabajo mejor. No saben ni les importa lo que me pase a mí (que, a petición expresa de ellos, me he aferrado al “querido viejo Cuerpo”) cuando deje el servicio con una pensión de 30 chelines a la semana».
Me temo que yo no me preocupaba demasiado por «el querido y viejo Cuerpo», mientras andaba por ahí con los sabuesos de Ringwell a lomos de los caballos del coronel Hesmon.
A pesar de la guerra, la caza se mantenía cómodamente, aunque muy poca gente salía.
«El juego se mantenía vivo por el bien de los muchachos en el frente», quienes sin duda disfrutaban de la idea (si es que les apasionaba la caza del zorro y aún seguían vivos para apreciar el esfuerzo realizado en su nombre).
En cuanto a mí, iba armado con mi uniforme y el camuflaje protector de mi Cruz Militar, y nadie hacía poco por mí. Me quedé todo el tiempo que quise con Moffat, el afable hombre que ahora compaginaba los cargos de Maestro y Secretario, y durante unas pocas semanas el pasado de antes de la guerra pareció haber sido evocado para mi beneficio especial.
Resultaba difícil creer que aquellas mañanas neblinosas de otoño, que me daban libertad sobre aquellos conocidos bosques, granjas y colinas, estuvieran derramando al mismo tiempo una brillantez inoportuna sobre el saliente de Ypres y sobre Joe Dottrell, que regresaba fatigado con el grupo de raciones cerca de Plug Street Wood.
No creo que pudiera verlo exactamente así en aquel momento. Lo que estoy escribiendo ahora es el resultado de una perspectiva panorámica del pasado, y el subalterno que sale a cazar zorros que veo allí forma parte del «mundo egoísta» al que se había llamado su atención.
Él está escuchando al coronel Hesmon mientras llaman a los sabuesos para sacarlos de un gran bosque—oyendo lo bien que le ha ido al joven Winchell con su brigada (sin preguntarse a cuántos de ellos los han «sacado» de sus trincheras a fuerza de explosiones) y escuchando la seguridad por parte del locuaz viejo coronel de que el conde alemán que solía vivir en Puxford Park era sin duda un espía y solo cazaba con los Ringwell por esa razón; el coronel ahora se arrepentía de no haber cabalgado hasta Puxford Park y roto todas las ventanas antes de que se declarara la guerra. También declaró que cualquier hombre menor de cuarenta años que no vistiera el uniforme del Rey no era más que un maldito evasor.
Le comenté luego a Moffat que el coronel parecía estar exagerando un poco con lo de la guerra. Moffat me contó que se sabía que el viejo solía practicar tiro con revólver en su jardín, dirigiendo insultos a troncos de árboles concretos y ventilando así su opinión sobre Alemania en su conjunto. Había sido más o menos igual respecto a los asesinos de zorros y a los socialistas en tiempos de paz.
«Es muy raro; porque Hesmon es un hombre extraordinariamente bondadoso», dijo Moffat, quien por su parte consideraba la guerra como una molestia absoluta, pero no perdía energías maldiciéndola ni insultando a nadie más.
Ya tenía bastante que hacer de por sí, pues le resultaba de todo menos fácil mantener la Cacería a flote, y realmente no sabía qué comerían los perros al año siguiente. Añadió que «los teckel de la señora estuvieron a punto de ser internados como extranjeros enemigos».
El deporte en Sussex era solo una alegría precaria, y a principios de noviembre fui a Londres para pasar una Junta Médica definitiva.
En el Caxton Hall, en Westminster, pasé unos minutos contemplando fúnebremente una sala de espera vacía. Encima de la chimenea (no había fuego) colgaba un aviso debidamente enmarcado para beneficio de todos los interesados. Indicaba la lista de precios de los miembros artificiales, junto con instrucciones sobre cómo los oficiales podían obtenerlos sin costo alguno. La habitación no contenía ningún otro adorno.
Mientras adaptaba mi mente a lo que un periodista habría llamado «el humor sombrío» de esta nota a pie de página de la vida militar, una Guía Scout entró para decir que el coronel Crossbones (o como se apellidase) me recibiría ahora.
Unos cuantos trámites pusieron fin a mi período de libertad, y fingí sentirme satisfecho mientras me alejaba de Westminster, aunque preguntándome si los políticos tendrían alguna expectativa de que las hostilidades concluyeran para Navidad, y mirando de reojo al Almirantazgo con la idea de que debía de ser bastante agradable estar en la Marina.
Las despedidas volvieron a empezar desde el principio. Un último día con los Ringwell terminó en el cruce, junto al viejo circuito de carreras de obstáculos de Harcombe. Yo tiré por un lado y los sabuesos por otro. Al trote por el camino, desaparecieron en la penumbra lloviznosa. El «¡Mucha suerte, viejo!» de Moffat me dejó continuar la marcha, a solas con el crujido de la silla de montar. Tenía que presentarme en el Depósito al día siguiente, pero habíamos tenido una buena cacería en el bosque con un tramo bastante bueno a cielo abierto, y yo había saltado un montón de madera y había disfrutado a fondo de la jornada. Mirando fijamente el apagado paisaje marrón, decidí que la guerra valía la pena si se libraba para salvaguardar cosas como aquella. ¿Valía la pena?, me pregunté; y si surgía alguna duda, quedaba disipada antes de llegar a formularse. Al entrar al trote en Downfield, donde iba a dejar el caballo que me habían prestado, recordé cómo había dormido en el suelo del ayuntamiento el día que se declaró la guerra. Dos años y tres meses atrás me había alistado por «tres años o la duración del conflicto». Empezaba a parecer que me había alistado de por vida (aunque esa era una palabra que había conocido tiempos mejores). Bajo la sombra imponente de las colinas, las luces del pueblo parpadeaban de forma acogedora. Pero la lejana llamada de un clarín procedente de algún campamento parecía estar convocando al último y remiso peón agrícola. «Al final tendréis que ir todos», parecía decir, y aquella llamada desoladora resonaba a lo ancho de Europa. …
De camino a casa en el tren, leí sobre Rumanía en el periódico. Todos, incluida la tía Evelyn, se habían alegrado cuando Rumanía se puso de nuestra parte en agosto.
Pero los resultados no habían sido nada tranquilizadores. No pude evitar sentirme molesta con el ejército rumano por permitir que los alemanes invadieran su país. ¡De verdad podrían haber opuesto una resistencia mejor que esa!