He dicho que la primavera llegó tarde en 1916, y que allá arriba, en las trincheras frente a Mametz, parecía que el invierno fuera a durar para siempre. También afirmé que, en lo que a mí respecta, más o menos me había hecho a la idea de morir porque, dadas las circunstancias, no parecía haber otra cosa que hacer. Pues bien, regresamos a Morlancourt después de Pascua, y esa misma noche un mensaje de la Comandancia me ordenó presentarme a la mañana siguiente en la Escuela de la Cuarta Armada para realizar un curso de reciclaje de un mes. Quizá el coronel Kinjack se había enterado de que andaba buscando jaleo. Como fuere, mi pleito personal con los alemanes quedó interrumpido durante al menos cuatro semanas, y un autobús me alejó de toda posibilidad de morir una muerte turbia en los cráteres de mina.
Barton me despidió en el cruce de caminos, en medio del pueblo. Era un buen día y había recuperado el buen humor.
«¡Afortunado canguro, que se va dando saltos de vacaciones!», exclamó mientras yo subía al autobús vetusto.
Mi criado Flook subió a pulso mi valija abultada, se secó la cara roja con la manga y me siguió hasta el techo.
«¡Procura mantener al señor Sherston bien abrillantado y puntual en formación, Flook!», dijo Barton.
Flook sonrió de oreja a oreja; y nos fuimos. Mirando hacia atrás, vi la cara bondadosa de Barton, con el sol de la mañana brillando en sus gafas.
Eramos varios a bordo (cada batallón de nuestra brigada enviaba a dos oficiales) y debimos de parar en el siguiente pueblo para recoger a unos cuantos más.
Pero la memoria intenta hacerme creer que Flook y yo estábamos solos en aquel ómnibus, con una brisa fresca en la cara y la mente «haciendo una paz aparte» con el paisaje de finales de abril.
Con sobria satisfacción observé un tren que salía de una estación entre estrépito y traqueteo de ruedas mientras esperábamos en las barreras del paso a nivel.
Los niños en la calle de un pueblo me sorprendieron: vi caer a uno pequeño, que fue recogido, sacudido, abofeteado y querido por su madre.
Allá arriba, en la línea de frente, uno de algún modo perdía el contacto con tales muestras de humanidad.
La guerra era claramente visible en los convoyes de suministros, en las líneas de caballos de artillería, en las sucias tiendas blancas de un campamento de la Cruz Roja o en las tropas que marchaban apaciblemente hacia sus alojamientos.
Pero todo el mundo parecía estar fuera de servicio; la primavera había llegado y los árboles frutales estaban en flor; las brisas rizaban las charcas de juncos y los arroyos a lo largo del Somme, y aquí y allá un pacífico pescador olvidaba que era un soldado en campaña.
Yo había estado en estrecho contacto con la guerra de trincheras, y esto era una demostración de su contraste con el acogedor confort civil. Uno tiene que ir descubriendo las cosas sobre la marcha, pensé; y estaba de todo corazón agradecido por la hierba verde y un carro de molinero con cuatro caballos, y la aguja de la catedral de Amiens elevándose sobre los tejados apiñados de una ciudad intacta.
La Escuela del Cuarto Ejército estaba en Flixécourt, un pueblecito pulcro situado exactamente a mitad de camino entre Amiens y Abbeville. Entre Flixécourt y la guerra (que para mi mente curtida en la zona significaba las trincheras de Fricourt) había más de treinta millas inglesas. Mentalmente, la distancia se volvió inmensa durante mis primeros días en la Escuela.
Las revistas y las conferencias formaban parte de la rutina diaria, pero no lograron convencerme de su afinidad con nuestros largos días y noches en la primera línea. Por ejemplo, aunque yo conocía bien los cráteres de mina en el sector de Fricourt, habría agradecido unos cuantos consejos prácticos sobre cómo patrullar aquellas cavidades abandonadas de la mano de Dios.
Pero los instructores de la Escuela del Ejército eran todos partidarios de la guerra de movimientos, que según decían no tardaría en llegar. Lo habían aprendido todo sobre ella en tiempos de paz; era fundamental que nos enseñaran a «pensar en términos de movilidad». Así pues, resolvíamos supuestos tácticos en los que se informaba de que el enemigo había ocupado algún pueblo a varias millas de distancia y, lápiz y papel en mano, planeábamos una defensa sosegada o escaramuzas con fogueo en una tierra de simulacros propios de maniobras.
A veces, un célebre cazador de caza mayor nos daba demostraciones del arte del tiro con fusil.
Era afable y entusiasta; pero a mí no se me daba bien el tiro al blanco y, por lo que a mí respecta, habría empleado mejor su tiempo reduciendo la fuerza numérica del enemigo.
Era un experto en troneras y miras telescópicas; pero las miras telescópicas eran un lujo del que rara vez disfrutaba un batallón de infantería en las trincheras.
El Comandante de la Escuela era un trabajador infatigable y a todo el mundo le caía bien. Su lema era «haz siempre todo lo posible», pero me atrevo a decir que, si le hubiesen pedido su opinión en privado, habría admitido que la Escuela no era en realidad más que unas vacaciones para los oficiales y suboficiales que necesitaban descansar. Ciertamente, así me lo pareció a mí cuando me desperté la primera mañana y fui consciente de mi limpia habitacioncita con suelo de baldosas y ventanas con contraventanas. Sabía que la mañana era apacible; se oían voces afuera; los gorriones chirriaban y los estorninos silbaban; la campana de la torre de la iglesia tañía y un reloj marcaba los cuartos. Flook entró con mi ceñidor Sam Browne y una jarra de agua caliente. Comentó que habíamos ido a parar al sitio correcto, por una vez, y lamentó que no estuviéramos allí por lo que durase la guerra. Al secarme la cara tras un afeitado satisfactorio, miré fijamente por la ventana; al otro lado de la calle, un manzano en flor se inclinaba sobre el muro de un viejo jardín, y podía ver el amigable tejado rojo de un palomar. Era un lujo estar a solas, con espacio de sobra para mis pertenencias portátiles. Había una mesita en la que podía colocar mis pocos libros. Lejos del mundanal ruido, de Hardy, era uno de ellos. También los Ensayos de Lamb y El tour deportivo del señor Sponge. Los libros sobre Inglaterra eran todo lo que quería. Decidí dedicarme a una lectura intensa en la Escuela del Ejército.
Cerca de allí estaba el comedor, donde catorce de nosotros hacíamos las comidas. Un capitán de rostro risueño procedente de la División del Úlster había asumido el cargo de presidente del comedor y todo el mundo se mostraba hablador y amistoso. Con medio a hora libre después de desayunar, subí paseando la colina y fumé en pipa bajo un seto vivo. Aflojándome el cinturón, contemplé un castaño en plena hoja y escuché la perfecta actuación de un ruiseñor. Semejantes cosas parecían milagrosas tras la desolación de las trincheras. Jamás hasta entonces había sido tan intensamente consciente de lo que significaba ser joven y estar sano con buen tiempo a principios del verano. Las notas serenas del ruiseñor hacían que la Escuela del Ejército pareciera alguna afortunada colonia que, por guardar las apariencias, fingía ayudar en la contienda desde la distancia. Da la sensación de ser un lugar donde tal vez tenga la oportunidad de ser dueño de mi alma, pensé al bajar la colina hacia mi primera formación. Con tal de que no nos atosiguen demasiado, añadí.
… No se parecía poco al primer día de trimestre en un internado, y mi profesor de clase (estábamos divididos en grupos de veintiocho) era un mayor bastante joven de la Infantería Ligera de Oxfordshire y Buckinghamshire. Era un hombre de temperamento ecuánime, al que daba gusto obedecer y que resultaba especialmente simpático por cierta timidez en sus maneras. No recuerdo que ninguno de nosotros le causara molestia alguna, aunque en más de una ocasión me pidió que intentara estar menos distraído. Más avanzado el año, mandaba un batallón, y no me cabe duda de que lo hizo a la perfección.
Todas las tardes a las cinco y media la Escuela se reunía para escuchar una conferencia. Mientras observaba a un público de unos 300 oficiales y suboficiales, perfeccionaba mis conocimientos sobre las insignias regimentales, que parecían influir de algún modo en la personalidad de quienes las llevaban. Un león, un cordero, un dragón o un antílope, una corona, un arpa, un tigre o una esfinge, estos emblemas diferenciaban a los hombres de más de una manera. Pero los nombres de los regimientos eran probablemente el factor más potente, y mis meditaciones mientras esperaba al conferenciante me conducían por agradables senderos asociativos vinculados a los condados ingleses—la diferencia entre Durham y Devon, por ejemplo. Había también mucho que pensar en el hecho de estar sentado entre un Connaught Ranger y un Seaforth Highlander, aunque ambos probablemente hubieran nacido en Middlesex. Resultaba extraña, asimismo, toda la escena en aquella aula, ya que contenía una espléndida muestra del Cuarto Ejército que comenzó la batalla del Somme un par de meses después. Era uno de esos cuadros de guerra pacíficos que se han desvanecido para siempre y que rara vez se recuperan ni siquiera en el retroceso retrospectivo de la imaginación.
Mis cavilaciones se vieron interrumpidas cuando el conferenciante se aclaró la garganta; la importancia humana del público quedó entonces aniquilada, y su perspectiva de la vida quedó reducida a la destrucción y la defensa. Un experto en gases del Cuartel General nos informaría de que «el gas estaba aún en su infancia». (La mayoría de nosotros ya estábamos muertos o inválidos antes de que el gas tuviera tiempo de crecer). Un urbano general de artillería nos aseguró que los explosivos de gran potencia serían nuestros mejores amigos en las futuras batallas, y su voz aduladora nos hizo olvidar, por un momento, que los explosivos a menudo llegaban desde la dirección equivocada. Pero la estrella de la función en la sala de clases era un macizo comandante de cabello rojizo de las Tierras Altas cuyo tema era «El espíritu de la bayoneta». Aunque por entonces no tenía condecoraciones, más tarde se le concedió la Orden de Servicio Distinguido (D.S.O.) por dar conferencias. Tomó como texto unos cuantos puntos principales del Manual de adiestramiento con la bayoneta.
To attack with the bayonet effectively requires Good Direction, Strength and Quickness, during a state of wild excitement and probably physical exhaustion. The bayonet is essentially an offensive weapon. In a bayonet assault all ranks go forward to kill or be killed, and only those who have developed skill and strength by constant training will be able to kill. The spirit of the bayonet must be inculcated into all ranks, so that they go forward with that aggressive determination and confidence of superiority born of continual practice, without which a bayonet assault will not be effective.
Habló con una elocuencia homicida, manteniendo el juego vivo con chistes afables y bien medidos.
Tenía un sargento para que lo asistiera. El sargento, una máquina alta y nervuda, había sido entrenado hasta tal punto de truculencia que, con un segundo de aviso, podía despojarse de toda apariencia de humanidad. Con fusil y bayoneta ilustraba los aforismos feroces del mayor, incluyendo la expresión facial.
Cuando se le ordenaba «poner cara de matar», lo hacía, combinándola con una actitud ultrafindicativa. «Inculcar miedo al adversario» era uno de los principales lemas del mayor. El hombre, al parecer, había sido creado para arrancarle la vida a los alemanes a bayonetazos. Al oír hablar al mayor, uno habría pensado que él mismo lo hacía todos los días antes de desayunar.
Sus últimas palabras fueron:
«¡Recuerden que cada boche que ustedes matan es un punto anotado para nuestro bando; cada boche que matan acerca la victoria un minuto y acorta la guerra un minuto. ¡ Mátenlos! ¡Mátenlos! ¡No hay más que un buen boche, y es un boche muerto! »
Después subí la colina hasta mi refugio favorito, un soto de avellanos y hayas. El aire de la tarde olía a mantillo húmedo y a hojas mojadas; los árboles se veían de un verde nebuloso; la campana de la iglesia tañía en el pueblo y el humo ascendía de los tejados. La paz moraba allí, en el crepúsculo de aquella profética primavera extranjera.
Pero la voz del conferenciante seguía golpeando mi cerebro.
«La bala y la bayoneta son hermanos gemelos.» «Si no lo matas tú, te matará él.» «Clávasela entre los ojos, en la garganta, en el pecho.» «No desperdicies buen acero. Seis pulgadas bastan. ¿De qué sirve un pie de acero sobresaliendo por la nuca de un hombre? Tres pulgadas bastan para acabar con él; cuando empiece a toser, ve a buscar a otro.»