El sábado por la tarde, la orden de avanzar nos tomó por sorpresa.
Dos días de estancamiento en la reducida y pequeña trinchera habían relajado la expectación, la cual se renovó ahora con nuestros compactos preparativos para la marcha.
Como de costumbre en tales ocasiones, el sargento mayor de compañía estaba más ocupado que nadie. Probablemente ya lo haya dicho antes, pero nunca se repetirá demasiado que los sargentos mayores de compañía eran los hombres que más trabajaban en la infantería; de ellos dependía todo, y si alguien merecía una condecoración de la K.C.B., era un buen sargento mayor de compañía.
A las nueve de la noche, la Compañía formó en la parte alta de la arruinada calle de San Martín. Dos guías del batallón saliente nos aguardaban. Íbamos a relevar a unos fusileros de Northumberland en la trinchera Hindenburg; las compañías subirían por separado.
Era una tarde gris, seca y sin viento. El pueblo de St. Martin era una reliquia destrozada; pero incluso en la zona devastada uno podía percatarse de la llegada de la primavera, y al ocupar mi puesto en la retaguardia de la columna en movimiento, hubo algo en la sobria penumbra capaz de recordarme las tardes de abril en Inglaterra y el campo de críquet de Butley, donde unos cuantos habíamos estado bateando por primera vez en las redes. La temporada de críquet había comenzado.
… Pero la compañía había abandonado el camino picado de obuses y avanzaba cuesta arriba por terreno abierto. Ya los guías imponían un ritmo demasiado fuerte para el pelotón de retaguardia; como la mayoría de los guías, eran incómodamente ágiles gracias a su falta de equipo y mostraban una insegura confianza en que conocían el camino. El mensaje murmullado de «pásalo y afloja el paso adelante» iba acompañado del habitual repiqueteo y traqueteo apagados de las armas y el equipo. Retrasados a la fuerza, los guías nos adentraban en la penumbra cada vez más densa. No teníamos más de dos millas por delante, pero poco a poco los guías perdieron autoridad. Varias veces se detuvieron para orientarse. Leake bufaba y se irritaba, y ellos se ponían cada vez más nerviosos. Empecé a sospechar que nuestro avance era circular.
En una parada a medianoche, la colina todavía se alzaba oscura frente a nosotros; los guías confesaron que se habían perdido y Leake decidió sentarse a esperar la luz del día.
(Había pocas cosas más incómodas en la vida de un oficial que marchar al frente de un grupo de hombres de los cuales todos sabían que los estaba guiando en la dirección equivocada.)
Con el permiso de Leake, avancé a tientas y a ciegas hacia la oscuridad, esperando firmemente perderme yo mismo y perder a la Compañía. Por un feliz accidente, pronto caí de cabeza en un camino hundido y me encontré entre un pequeño grupo de zapadores que pudieron decirme dónde estaba.
Fue el caso de «Por favor, ¿podría decirme el camino hacia la trinchera Hindenburg?».
Felicitándome por mi astucia, llevé a uno de los zapadores de regreso con la pobre y desorientada Compañía B, y fuimos conducidos hasta el punto de reunión de nuestro Batallón.
El punto de encuentro costó lo suyo de encontrar, ya que el Estado Mayor de la Brigada había proporcionado coordenadas erróneas en los mapas; pero al fin, tras muchas demoras, las Compañías desfilaron hacia sus posiciones asignadas (y por lo demás maldecidas).
Estábamos al final de un viaje que había comenzado doce días antes, cuando partimos del Campamento 13. Etapa por etapa, habíamos marchado hacia la región negadora de la vida que desde lejos nos había amenazado con el parpadeo y el gruñido de sus bombardeos. Ahora avanzábamos a tientas y tropezando por una zanja profunda hacia el lugar que nos había sido asignado en esa zona de estragos inhumanos.
Debía de haber algo de pálida luz de luna, pues recuerdo las siluetas de hombres apiñados contra las paredes de las zanjas de comunicación; al verlos bajo una especie de resplandor macabro —(¿sería, tal vez, la blancura difusa de una bengala que se extinguía más allá de la cresta?)— dudaba si estarían dormidos o muertos, pues las posturas de muchos eran como las de la muerte, grotescas y distorsionadas. Pero esto no es nada nuevo sobre lo que escribir, diréis; tan solo una compañía exhausta, que se abre paso a empujones entre hombres muertos o amodorrados mientras avanza chapoteando y tropezando hacia una trinchera de primera línea.
Sin embargo, aquella noche el relevo tuvo su importancia para mí, aunque en la experiencia humana se hubiera multiplicado por un millón. Yo, un simple ser humano con mi pequeño bagaje de experiencia terrenal en la cabeza, entraba una vez más en la penumbra y el desastre verdaderos de eso que llaman Armagedón. Y lo vi entonces, como lo veo ahora: un lugar terrible, un lugar de horror y desolación que ninguna imaginación habría podido inventar. Era también un lugar donde un hombre de espíritu fuerte podía saberse totalmente impotente frente a la muerte y la destrucción, y aun así ponerse en pie y desafiar la densa oscuridad y el ensordecedor fuego de artillería, descubriendo en su interior la resistencia invencible de un animal o un insecto, y una fortaleza que, en días posteriores, podría olvidar o dejar de creer.
Sea como fuere, allí me encontraba, al frente de aquella pequeña procesión de los Fusileros de Flintshire, muchos de los cuales jamás habían visto una trinchera de primera línea antes. En aquel momento no pedían ninguna compensación por sus esfuerzos salvo una taza de té caliente. El té habría sido un milagro, y no lo conseguimos hasta la mañana siguiente, pero había cierto consuelo en el hecho de que no estuviera lloviendo.
Eran casi las cuatro cuando nos encontramos en la trinchera principal Hindenburg. Después de decirme que colocara a los centinelas, Leake desapareció por unas escaleras que bajaban al Túnel (el cual será descrito más adelante). La compañía a la que estábamos relevando ya se había marchado, así que no había nadie que pudiera darme información alguna.
Al principio ni siquiera sabía con certeza si estábamos en la primera línea. La trinchera era una especie de barranco, profundo, ancho y de aspecto inacabado. Los centinelas tenían que trepar por un talud de tierra suelta antes de poder asomarse por arriba. Nuestra compañía apenas contaba con unos ochenta efectivos y su sector abarcaba nada menos que 600 yardas. La distancia entre los puestos de centinelas me hizo consciente de nuestra insuficiencia en aquel desierto.
No tenía derecho a sentirme desamparado, pero así era; y si hubiera necesitado que me recordaran mi mísera situación como ser vivo, me habríabastado con pensar en un Pagador de campaña. Los billetes de cincuenta francos eran cosas cómodas, pero no servían para nada en este lugar, y las palabras «Pagador de campaña» habrían sintetizado mi lejanía respecto a la comodidad y la seguridad, y de toda garantía de que seguiría vivo y coleando la semana de después de la próxima.
Pero pronto sería domingo por la mañana; tales ideas no eran sanas, y había una cierta curiosidad demacrada unida a los acontecimientos, combinada con la desesperación dramatizada a sí misma que permitía a muchos de nosotros abrirnos paso a través de emergencias mucho peores que la mía.
Cuando hube colocado a los centinelas agotados, con toda la alegría que pude reunir, fui a buscar a la Compañía de nuestra izquierda.
Esperando más bien encontrar a una de nuestras propias compañías, doblé una esquina hacia un lugar donde la trinchera era inusualmente ancha. Allí me encontré entre una especie de grupo en pánico que pude identificar como un pelotón (de treinta o cuarenta hombres).
Se empujaban unos a otros en su prisa por atravesar una puerta cavernosa y, mientras yo me quedaba asombrado, uno de ellos me dijo jadeando que «los alemanes venían cruzando». Dos oficiales los guiaban escaleras abajo y, antes de que me diera tiempo a pensar, todos habían desaparecido por completo.
El batallón al que pertenecían era uno de esos aficionados que se encontraban en clara desventaja debido a la falta de disciplina y a la ausencia de suboficiales entrenados. De cualquier modo, su comportamiento parecía indicar que el túnel en la trinchera Hindenburg estaba mermando su moral.
Allá fuera, en Tierra de Nadie, no había rastro de actividad alemana. Lo único notable era el silencio ininterrumpido. Me encontraba en una especie de penumbra, pues había un fulgor lunar en el cielo de nubes bajas; pero el territorio desconocido que tenía en frente estaba oscuro, y lo contemplé fijamente como un hombre que mira desde la borda de un barco.
Volviendo a mi propio sector, me encontró un mensajero con una orden verbal del P. C. del Batallón. Había que patrullar a fondo y de inmediato el frente de la Compañía B.
Al darme cuenta de la inutilidad de enviar a patrullar a cualquiera de mis pocos hombres disponibles (llevaban caminando siete horas y estaban agotados), perdí los estribos, de forma silenciosa e interior. Shirley y Rees no aparecían por ninguna parte y no habría sido justo enviarlos, inexpertos como eran.
Así que caminé pesadamente hasta nuestro puesto del flanco derecho, les ordené que avisaran de que iba a salir una patrulla de derecha a izquierda y luego salí, de mal humor, a dar un paseo solitario por Tierra de Nadie.
Sentía más enojo hacia el Cuartel General del Batallón que hacia el enemigo.
No había alambre de espino frente a la trinchera, la cual había sido construida, por supuesto, para gente que miraba hacia el otro lado.
Conté mis pasos; 200 pasos en línea recta; luego comencé a dar los supuestos 600 pasos hacia la izquierda. Pero no es fácil contar los pasos en la oscuridad entre cráteres de obús, y tras unos problemáticos 400 perdí la confianza en mi pistola automática, que aferraba en el bolsillo derecho del pantalón.
Aquí estoy, pensé, solo en este trozo de tierra olvidado de la mano de Dios, con bastantes probabilidades de tropezarme con un puesto fortificado boches.
Aparentemente, solo había una acción reconfortante que podía llevar a cabo; así que expresé mi opinión sobre la guerra aliviándome (pues debe recordarse que hay otros relevos además de los del Batallón).
Aseguré mi sentido de la orientación colocando mi pistola en el suelo con el cañón apuntando hacia donde iba.
Sintiéndome menos solo y atemorizado, terminé mi patrulla sin haberme encontrado ni con un solo cadáver, y recuperé la trinchera justo enfrente de nuestro puesto de la izquierda, tras ser desafiado con voz ronca por un centinela indeciso, que, como comprendí en su momento, fue el mayor peligro con el que me había tropezado.
Ahora empezaba a haber más luz que oscuridad, y cuando tropecé al bajar por un pozo hacia la trinchera subterránea, dejé a los centinelas tiritando bajo un cielo rojo y de aspecto lluvioso.
Había cincuenta escalones que bajaban al pozo; el olor a tierra de aquella obra maestra de la ingeniería militar teutona sugería fuertemente la idea de figurar en la lista de bajas y quedar enterrado hasta el Día del Juicio.
Con la boca seca y helado hasta los huesos, yacía en una litera de tela metálica y escuchaba los lúgubres ronquidos de mis compañeros. A lo largo del túnel, el aire soplaba con un frío mortal y sazonado de olores mefíticos.
En vano envidiaba a los roncadores; pero ya me iba acostumbrando a la falta de sueño y, tres horas más tarde, me tragaba un té peculiar con moroso deleite. Debido a la escasez de agua (que tenía que ser acarreada por el cuerpo de transporte, situado a ocho millas de distancia, en Blairville), no era posible lavarse; pero me apañé un refrescante afeitado utilizando los pozos de mi té.
A las diez ya estaba de nuevo en la superficie, al mando de un grupo de fatiga. Volvimos hasta la mitad del camino hacia St. Martin, a un depósito de municiones, desde donde subimos cajas de bombas para moradores de trinchera.
Llevé una caja yo mismo, ya que las condiciones eran infames y parecía el único método de convencer a los hombres de que había que hacerlo. Estuvimos fuera casi siete horas; llovió todo el día y las trincheras eran un lodazal de barro pegajoso.
La miseria absoluta de aquel grupo de transporte fue una típica experiencia de infantería: incomodidad sin peligro real. Incluso si el suelo hubiera estado seco, las cajas habrían sido demasiado pesadas para la mayoría de los hombres; pero tuvimos suerte en un aspecto: el clima húmedo hacía que la artillería pasara un domingo inactivo.
Era un día amarillo y cadavérico, más parecido a noviembre que a abril, y el paisaje era desolado y sin árboles.
Lo que estábamos haciendo no tenía nada de excepcional; millones de soldados sufrieron el mismo tipo de cosas y, encima, soportaron intensos bombardeos.
Aun así, puedo imaginar que mi grupo, tambaleándose y avanzando con dificultad bajo sus cargas, habría ofrecido una imagen impresionante de la «Desesperación».
El telón de fondo, además, era apropiado. Nos encontrábamos entre los escombros del intenso bombardeo de diez días antes, pues íbamos pasando a lo largo y a través de la Trinchera de Avanzada del Hindenburg, con su franja de alambre de espino (de cincuenta yardas de profundidad en algunos lugares); aquí y allá, estas selvas oxidadas habían sido aplastadas por los tanques.
La Trinchera de Avanzada estaba a unas 200 yardas de la Trinchera Principal, que era ahora nuestra primera línea. Había sido sólidamente construida, de diez pies de profundidad, con banquetas de fuego revestidas de madera, taludes abocinados y escalones de madera a intervalos hacia el frente, la retaguardia y los nidos de ametralladora. Ahora estaba destrozada como si hubiera sufrido un terremoto y una erupción.
- Los puestos fortificados de hormigón estaban destrozados e inclinados hacia un lado;
- por todas partes el suelo cretáceo estaba picado y plagado de enormes cráteres de proyectil;
- y mires donde mires, las efigies mutiladas de los muertos eran nuestro memento mori.
Desgarrados y retorcidos por las granjas, los alemanes mantenían las actitudes violentas en las que habían muerto. A los británicos los habían matado sobre todo balas o bombas, por lo que parecían más resignados.
Pero puedo recordar un par de manos (de nacionalidad desconocida) que sobresalían de la tierra cenicienta y empapada como las raíces de un árbol invertido; una mano parecía señalar al cielo con un gesto acusador. Cada vez que pasaba por aquel lugar, la protesta de aquellos dedos se volvía más expresiva, como una súplica a Dios en desafío a quienes hicieron la guerra.
¿Quién hizo la guerra? Reí histéricamente al cruzarse el pensamiento por mi mente manchada de barro. Pero solo reí mentalmente, pues mi caja de munición para mortero Stokes no me dejaba aliento de sobra para una carcajada furiosa.
Y los muertos, muertos estaban; este no era momento para compadecerlos ni para hacer preguntas tontas sobre sus vidas ultrajadas. Tales visiones debían darse por sentadas, pensé, mientras jadeaba, resbalaba y tropezaba con mi desconsolada dotación.
Flotando en la superficie de la trinchera inundada estaba la máscara de un rostro humano que se había separado del cráneo.