Rebozados de barro y calados hasta los huesos, los hombres del destacamento de fatigas bajaron pesadamente los escalones hacia el Túnel. La tarea de transporte había terminado; pero me aguardaba una estimulante sorpresa, pues Leake acababa de regresar del Cuartel General del Batallón (situado en algún punto del Túnel) y me comunicó con gran desenvoltura que me habían asignado el mando de cien lanzadores de granadas en el ataque previsto para la mañana siguiente.
«Veinticinco bomberos de cada Compañía; vas a actuar de reserva para los Cameronians», señaló.
Lo miré fijamente por encima de mi taza de té reconstituyente pero con sabor a trinchera (hecho con agua clorada), y le pedí que me contara más. Él dijo: «Bueno, en el Cuartel General andan un poco confusos al respecto, pero al General le entusiasma muchísimo la idea de que hagamos un ataque subterráneo a lo largo del Túnel, además de por la trinchera principal de arriba. Tienes que ir a discutir la situación táctica con uno de los comandantes de Compañía en la primera línea de nuestra derecha».
Todo lo que sabía sobre la situación táctica era que, si uno avanzaba por el Túnel, llegaba a un punto donde se había hecho un bloqueo al volarlo. Al otro lado, uno se topaba con los alemanes. Sobre el suelo había una barricada y la situación era similar.
Lanzar granadas por un Túnel en la oscuridad. … ¿Había publicado la Oficina de Guerra un manual sobre el tema? …
Encendí la pipa, pero no logré disfrutarla, probablemente porque el té recalentado me había dejado un sabor muy extraño en la boca.
Meditando sobre la desoladora responsabilidad que esta empresa me imponía, esperé hasta el anochecer.
Luego, un guía diminuto y magníficamente alegre me apresuró a través de un laberinto de zanjas encharcadas hasta que me encontré en un pequeño refugio subterráneo con unos oficiales escoceses muy amables y un par de velas de llamas parpadeantes.
El refugio parecía más a los viejos tiempos que el túnel de Hindenburg, pero los oficiales me hicieron sentir incompetente y desinformado, pues hablaban con elocuencia sobre la topografía de las trincheras locales, lo cual no significaba nada para mi recién llegada mente.
Así que saqué pecho para lucir mi cinta de la Cruz Militar (el refugio tenía otras dos), asentí con la cabeza con aire entendido y participé con aquiescencia en la discusión sobre la situación estratégica.
Me ofrecieron detalles de organización y tomé unas cuantas notas borrosas. Los Cams no creían que hubiera muchas posibilidades de que llamaran a mi grupo para apoyarlos, y esperaban que el ataque subterráneo fuera eliminado de las órdenes de operaciones.
Salí de la alegre desesperación de su pequeña ratonera con una idea muy confusa de qué trataba todo aquello.
El objetivo era limpiar quinientos yardas de trinchera mientras otros batallones salían al ataque a nuestra izquierda para tomar Fontaine-les-Croiselles. Pero yo era, en el mejor de los casos, un oficial oportunista; la jerga técnica en el ejército siempre me hacía sentir muda y patéticamente ineficaz. Y ahora avanzaba a tientas en la oscuridad hacia casa para organizar a mi gente, redactar algo plausible y llevárselo al ayudante.
Si tan solo pudiera consultar con el doctor, pensé; pues había regresado del permiso, aunque aún no lo había visto. Me parecía, en mi estado de confusión y agotamiento, que me encontraba ante una crisis en mi carrera militar; y, como de costumbre, mi mayor temor era hacer el ridículo. La idea de hacer el ridículo en aquel cotarro asesino me parece ahora bastante absurda; pues me veo a mí mismo meramente como un escarabajo torpe y atolondrado; y si a alguien le da por pisar un escarabajo, es injusto acusar al desafortunado insecto de haber hecho el ridículo.
Cuando regresé con Leake, Rees y Shirley, me sentí tan perdido y perplejo que fui directamente al puesto de mando del batallón.
El Túnel era unas pulgadas más alto que un hombre alto caminando erguido; estaba provisto de literas y habitaciones empotradas; en algunos lugares estaba abarrancado de hombres de varias unidades, pero había largos intervalos de soledad con un olor malsano.
Abriéndome paso a empujones con una linterna eléctrica, vislumbré una variedad de formas vagas, cajas, latas, fragmentos de muebles rotos y colchones desaliñados.
Parecía un largo trecho hasta el Cuartel General, y el Túnel resultaba memorable pero poco reconfortante para un explorador fatigado que no había dormido más de una hora seguida ni se había quitado la ropa desde el martes pasado.
En cierta ocasión, al tropezar y recuperar el equilibrio agarrándome a la pared, mi provisional mancha de claridad reveló a alguien medio oculto bajo una manta. No era un sitio muy inteligente para echarse una siesta, pensé, mientras me agachaba para zarandearlo del hombro. Se negó a despertar, así que le propiné una patada. «Maldita sea tu estampa, ¿dónde está el Cuartel General del Batallón?». Tenía los nervios a flor de piel; y ¿qué derecho tenía él a dormir a pierna suelta, cuando a mí nunca me daban cinco minutos de descanso?
… Luego mi haz de luz se posó en el rostro lívido de un alemán muerto cuyos dedos todavía aferraban la brecha ennegrecida de su cuello.
… Avanzando a tropezones, solo pude murmurar para mis adentros que aquello ya era pasarse de la raya. (Aquello, sin embargo, era una exageración; no hay nada extraordinario en un cadáver en una guerra europea, ni en un escarabajo aplastado en un sótano).
En el Cuartel General encontré al Ayudante solo, preocupado y atareado con el trabajo de oficina. Había trabajado en una gestoría, en contabilidad creo, antes de la guerra; y ahora la mayor parte de su combate la libraba por escrito, aunque había cumplido su aprendizaje como un valiente e incansable jefe de pelotón.
Me dijo que el ataque subterráneo había sido suspendido por una contraorden providencial de la División, y me pidió que le enviara mi plan de organización tan pronto como fuera posible.
—¡De acuerdo! —repliqué, y volví a tantear el camino de regreso sintiendo todo lo contrario de lo que había respondido.
Por un golpe de suerte descubrí a Ralph Wilmot, sentado solo en una pequeña habitación apartada: su cabello oscuro cuidadosamente peinado y su rostro pensativo pero inalterable. Cualquiera diría que estaba jugueteando con una copa de licor en un restaurante de Piccadilly. Desafortunadamente no tenía refresco líquido que ofrecer, pero su forma filosófica de saludarme fue un consuelo y en él confié mi dilema. Con aire comprensivo se puso el monóculo, meditó un momento, despabiló la mecha de la vela y redactó un documento de aspecto oficial titulado «Organización de los grupos F.F.». El quid de la cuestión era «15 bombarderos (cada uno con 10 bombas) y granaderos de fusil (cada uno con 5 granadas). 5 transportes (actúan también como hombres con bayoneta), 1 rango completo». No tenía gran cosa, comentó, mientras añadía «un poco de fanfarronería sobre consolidación y flancos defensivos». Desde luego, parecía bastante sencillo una vez hecho, aunque yo había estado al borde de la locura con el asunto.
Mientras él me arreglaba el futuro, miré a mi alrededor y pensé qué refugio tan extraño había encontrado para la que muy posiblemente fuera mi última noche en la tierra.
Por más que fuera un refugio, la estrecha estancia contenía un espejo empañado y un reloj. El reloj no hacía tic-tac, pero su esfera muda me miraba, un recordatorio idiota de las habitaciones reales y la domesticidad deseable.
Fuera de la puerta sin puerta, la gente pasaba continuamente en ambas direcciones con un sonido de pies que arrastraban y voces murmurantes. Alcancé a ver a un oficial de Estado Mayor con gorra roja y a un grupo de zapadores que llevaban picos y palas. El túnel era una especie de carretera y la noche había traído una congestión considerable de tráfico.
Cuando hubimos enviado mi documento al ayudante, ya no había nada más que hacer excepto sentarse a esperar las órdenes de operaciones. Serían las diez en punto.
Como prueba de mis propias cualidades castrenses, me gustaría poder declarar que discutimos con avidez cada aspecto de la situación con respecto al ataque de la mañana siguiente. Pero la verdad es que no dijimos absolutamente nada al respecto. Había que intentar el asunto y se acabó (hasta la hora cero).
El brigadier y su Estado Mayor (no muy avispados en lo que a lectura de mapas se refiere) esperaban satisfacer (por delegación) al general Whincop (a quien se le había metido en la cabeza una caprichosa y antipática manía con la ración de ron, y había ordenado un asalto imposible, dos meses atrás, que había sido evitado por un deshielo providencial y causado numerosas muertes en un batallón posteriormente sacrificado).
Whincop esperaba satisfacer al Comandante de Cuerpo, de quien no sabíamos absolutamente nada, salvo que había insultado a nuestro Coronel en la carretera de Doullens. El Comandante de Cuerpo esperaba satisfacer al Comandante de Ejército, quien, como de costumbre, nos había informado de que estábamos «persiguiendo a un enemigo derrotado», y que había avanzado a la Caballería para una «ruptura».
(Vale la pena mencionar que el pueblo que ahora era el objetivo de nuestra División todavía seguía en manos de los alemanes ocho meses después).
Y el Comandante de Ejército, supongo, estaba en comunicación telefónica con el Comandante en Jefe, quien con un ojo puesto en el mariscal Foch, esperaba satisfacer a su Rey y a su Patria. Siendo este el caso, Wilmot y yo estábamos plenamente justificados al dejar la situación al cuidado de la casta militar, que estaba aprovechando al máximo su Gran Oportunidad para conseguir cintas de medallas y reputación de liderazgo; y si estoy siendo cáustico y caviloso con ellos, solo puedo alegar la necesidad de unos minutos de represalias de posguerra.
Que el Estado Mayor escriba sus propios libros sobre la Gran Guerra, digo yo. La Infantería estaba prevenida contra ellos, y su historia fidedigna se leerá con interés.
En cuanto a nuestra conversación entre las diez y la medianoche (cuando llegaron mis órdenes de operaciones del ayudante), supongo que fue una especie de droga, ya que se limitó a gratos recuerdos de la paz.
Wilmot conocía bien mi región y se había cruzado con muchos de nuestros personajes locales. Así que pudimos hacer un pequeño recorrido por el Weald de Kent y la frontera de Sussex, como si fuéramos en un par de bicicletas mentales. En la imaginación pedaleábamos en una hermosa tarde de verano, pasando por ciertos hitos que siempre serán inseparables de la historia de mi vida.
Afuera de la puerta del parque del hacendado Maundle compartíamos una nítida imagen de sus posturas angulosas mientras le pegaba a su pelota de golf entre el tintineo de los cencerros y el balido de las ovejas en las laderas soleadas sobre Amblehurst (siempre seguido por un taciturno cobrador negro).
Mucho se ha afirmado sobre el estado mental aburguesado y embrutecido al que la vida en la primera línea reducía a los soldados; no lo niego, pero me inclino a sugerir que hubo una cantidad proporcional de sentimentalismo ingenuo. En lo que a mí respecta, ningún tema podía ser demasiado cotidiano para las trincheras.
Así, mientras grupos de trabajo y ametralladores desfilaban ante la puerta con voces apagadas y roncas, nuestro recoveco privado en el Túnel de Hindenburg se impregnaba precariamente de evocaciones de la Inglaterra rural, y desafiábamos nuestro entorno con recuerdos de nombres de parroquias y granjas de rostros amigables. Un jardín de cabaña no era una idea fácil de recuperar de manera convincente. ... Abejas entre alhelíes amarillos en una cálida tarde. El olor de un huerto de manzanos en otoño. ... Esos detalles estaban más allá de nuestra capacidad de evocación. Pero quedaban implícitos cuando mencionaba al squire Maundle en su pescante de cuatro ruedas, traqueteando por el camino de Dumbridge para asistir a una reunión del Consejo del Condado.
“ Secreto. Los grupos de bombarderos de 25 hombres se reunirán a las 2:30 a. m. de mañana por la mañana, día 16 del actual, en las galerías cerca del P. M. de la Cía. C. Se extremarán los cuidados para que cada grupo de Compañía por separado se mantenga en un lado de la galería y que el depósito de bombas esté en la trinchera al inicio de estas galerías, convenientemente dividido. Debe recalcarse a todos los hombres la necesidad de guardar absoluto silencio. Estos grupos (bajo las órdenes del subteniente Sherston) pasarán a estar bajo las órdenes del O.C. de los Cameronians a la hora H menos 10. El teniente Dunning y 2 ordenanzas actuarán como enlace y se presentarán ante el O.C. de los Cameronians a la hora H menos 5. Mientras los grupos estén en la galería, deberán mantener un paso libre y despejado para los mensajeros, etc. ”
Tal era el documento que (de haber tenido menos suerte) habría sido mi pasaporte a la orilla estigia.
Mientras tanto, con otras dos horas por delante, continuamos con nuestra conversación sin fin. Creo que estábamos con el tema de la Semana de Críquet de Canterbury cuando mi reloj me advirtió que tenía que ponerme en marcha.
Al levantarme de la mesa en la que habíamos estado apoyando los codos, una versión borrosa de mi rostro me miró desde el espejo neblinoso con un efecto de clarividencia. Con la esperanza de que esto fuera un augurio de supervivencia, me dirigí al pozo de cita y comprobé que los Equipos de Bombardeo estaban sentados en las escaleras bajo una corriente de aire helada, con mis dos oficiales subalternos presentes.
La hora cero eran las 3 de la mañana y el estruendo preliminar ya retumbaba sobre nuestras cabezas.
Tras haberme apretado las bandas embarradas y haberme enderezado la corbata (no había ninguna regla que prohibiera llevar corbata en un ataque), entré con timidez en el puesto de mando de los Cameronians, situado junto al pie de las escaleras.
Me encontraba entre extraños, y faltaban diez minutos para la hora cero, un momento poco propicio para cortesías conversacionales, así que me senté cohibido mientras el estruendo atronador de arriba hacía todo lo posible por alcanzar un clímax tranquilizador.
Llegaron las tres en punto. El operador telefónico, que tecleaba en un rincón, recibió un mensaje de que el ataque había comenzado. Ya habían superado la barrera y estaban avanzando por la trinchera a base de bombas.
El coronel de los Cameronians y su ayudante conversaban en los tonos apagados y contenidos de los hombres que esperan noticias desagradables. El coronel era un hombre apuesto, pero su rostro bien disciplinado estaba demacrado por la ansiedad. Dunning se sentía en otro rincón, serio y respetuoso, con su alegría natural lista para salir a la superficie en cuanto fuera necesario.
Al cabo de veinte minutos de tensión, el Coronel exclamó de repente: «¡Dios santo, daría lo que fuera por saber cómo lo están haciendo!»… Y luego, como si se arrepintiera de haber mostrado sus sentimientos: «En cualquier caso, no pasa nada por tomar un poco de pastel». Había un gran pastel casero sobre la mesa. Me ofrecieron un trozo, que masticué con incomodidad. Sentía que no pintaba nada allí, y menos aún ayudando a dar cuenta del pastel del Coronel, que estaba buenísimo. No podía creer que aquellos competentes oficiales contaran conmigo para serme de alguna utilidad si se requería mi participación activa en los acontecimientos de arriba.
Luego, el ordenanza del teléfono anunció que la comunicación con el puesto de mando del capitán Macnair se había interrumpido; después, la tensión continuó de manera monótona.
Llevaba sentado allí unas dos horas y media cuando se hizo evidente que alguien bajaba las escaleras a toda prisa. El P. M. debía de tener sus utensilios de cocina en la escalera, pues el visitante llegó al umbral de la puerta en una cascada estruendosa de cacerolas y sartenes. Era un sargento sin aliento y desaliñado, que soltó atropelladamente una declaración incoherente acerca de que los habían hecho retroceder tras avanzar una corta distancia.
Mientras el coronel lo interrogaba con voz serena y controlada, me puse en pie con rigidez. No recuerdo haber dicho nada ni haber recibido ninguna orden; pero sentía que los oficiales del regimiento de Cameron eran conscientes de lo delicado de mi situación. Ya no se hablaba de otra porción de pastel casero. Su comentario no expresado era: «Bueno, viejo amigo, supongo que ahora te toca a ti».
Dejándolos para que obtuvieran la satisfacción que pudieran del relato del sargento, le sonreí tontamente a Dunning, me encasqueté el casco en la cabeza y me dirigí hacia la escalera.
Debió ser un alivio hacer por fin algo concreto, pues sin detenerse a pensar eché a andar con la sección de veinticinco que estaba arriba de la escalera. El sargento Baldock los puso en marcha de inmediato, aunque estaban entumecidos y somnolientos tras llevar más de tres horas sentados allí. A ninguno le habría venido nada mal un trago de ron en ese preciso momento.
En contraste con la tediosa luz de las velas de las regiones inferiores, el mundo exterior era luminoso y ventoso; animado además por el suficiente ruido como para recordarme que algún tipo de batalla se estaba librando.
Mientras nos apresurábamos, el desconcertado pequeño contingente que pisaba mis talones sacudió su entumecimiento. No tenía la menor idea de lo que iba a hacer; nuestro destino estaba en el cerebro del encorvado guía cameroniano que troteaba delante de mí.
Por el camino recogimos una ametralladora Lewis abandonada que, pensé, podría resultar útil, aunque no llevaba munición.
A riesgo de que se me acuse de «llevar la mitad equivocada de la conversación» (una frase favorita de la tía Evelyn), debo decir que me sentía bastante seguro.
(Al recordar aquella emergencia desde mi sillón, me cuesta un poco creer que yo estuviera allí).
Durante unos diez minutos esquivamos y tropezamos por una estrecha trinchera serpenteante. El sol brillaba; grandes nubes neutrales navegaban complacientes con el viento; me sentía intensamente vivo y bastante sin aliento.
De repente llegamos a la trinchera principal, y donde era más ancha nos cruzamos con los cameronianos. Debía de haber cogido una bomba por el camino, pues tenía una en la mano cuando comencé mi conversación con el joven capitán Macnair.
Nuestro encuentro fue más absurdo que impresionante. Macnair y sus hombres agotados iban claramente en dirección contraria, y yo era un recién llegado imprudente. En consecuencia, le llevé ventaja mientras me contaba que los alemanes los rodeaban por todas partes y se habían quedado sin bombas.
Sintiéndome por el momento como el epítome de la infalibilidad de Flintshire, adopté un aire de despreocupación airosa; mientras lanzaba mi granada con descuido de la mano izquierda a la derecha y vuelta a empezar, pregunté: «Pero ¿dónde están los alemanes?», y añadí: «No logro ver a ninguno». Esta desfachatez dio su resultado (aunque por alguna razón me cuesta describir esta escena sin que me disguste mi propio comportamiento). Los oficiales de los Cameronian miraron a su alrededor y recuperaron la compostura. Decidido a demostrarles qué intrépidos refuerzos éramos, le aseguré a Macnair que ya no tenía que preocuparse por nada y que pronto arreglaríamos las cosas. A continuación, guié a mi grupo más allá del suyo, los detuve y avancé por la trinchera con el sargento Baldock, un hombrecito admirablemente impertérrito que jamás dejaba de comportarse como un mayordomo perfectamente entrenado y de confianza.
Después de saltar algún tipo de barricada, avanzamos unas cincuenta yardas sin encontrarnos con nadie.
Al observar una buena cantidad de bombas Mills esparcidas en pequeños montones, envié a Baldock de regreso para que las recogiera y las llevara más arriba en la trinchera.
Luego, con el corazón acelerado, doblé la esquina yo solo. Inesperadamente, había allí un hombre bajito, de pie y dándome la espalda, inmóvil y alerta, con una saca de bombas colgada del hombro izquierdo.
Vi que era un cabo de los Cameronians; no dijimos nada. Yo también llevaba una bolsa de bombas; doblamos el siguiente recodo.
Allí mi ardor aventurero sufrió un impacto aleccionador.
Un soldado raso escocés de cabello claro yacía al borde de la trinchera en un charco de su propia sangre. Su rostro estaba gris y sereno, y sus ojos miraban vacíos hacia el cielo. A pocos metros, el cuerpo de un oficial alemán yacía hecho ovillo e inmóvil.
El cameroniano herido me hizo sentir cólera, y lancé un par de bombas a nuestros enemigos invisibles, recibiendo en respuesta una granada de huevo, que estalló inofensivamente a mis espaldas. Después de eso seguí bombardeando afanosamente, mientras el cabo (más astuto y eficiente que yo) esquivaba los ramales de comunicación —una precaución que yo habría olvidado—.
Entre los dos creamos una gran demostración de ofensividad y de este modo llegamos a nuestro objetivo sin ver más que unos pocos vistazos de figuras grises que se retiraban. No tenía idea de dónde estaba nuestro objetivo, pero el cabo me informó que habíamos llegado, y parecía conocer su trabajo. Esto, curiosamente, era la primera vez que alguno de los dos hablaba desde que nos habíamos encontrado.
Todo el asunto había sido tan fácil que me dieron ganas de seguir avanzando hasta tropezar con algo más concreto. Pero el cabo tenía la cabeza más fría y me aconsejó prudencia. Le dije que se quedara donde estaba y comencé a explorar una zanja de aproximación angosta en el lado izquierdo de la trinchera. (No es que importe si estaba en el lado izquierdo o en el derecho, pero parece ser el único detalle que consigo recordar; y, bien mirado, la guerra consistía principalmente en hoyos y zanjas).
Lo que esperaba encontrar a lo largo de aquella trinchera de comunicación, no sé decirlo.
Al no hallar nada, me detuve a escuchar. Parecía haber una tregua en el ruido del ataque a lo largo de la línea.
Unas cuantas ametralladoras repiqueteaban, rencorosas y espasmódicas. Allá arriba, en el fresco cielo azul, un aeroplano zumbaba y brillaba.
Pensé en qué extraño estado de cosas era todo aquello, y entonces decidí echar un vistazo al paisaje circundante.
Este fue un error que debería haber puesto fin a mis aventuras terrenales, pues no bien hube asomado mi tonta cabeza fuera de la trinchera de comunicación cuando sentí un golpe estupendo en la espalda, entre los hombros. Mi primera ocurrencia fue que una bomba me había alcanzado por la retaguardia, pero lo que en realidad había sucedido era que me habían francotirado desde el frente. De cualquier modo, mi actitud temeraria hacia la Segunda Batalla del Scarpe se había modificado instantáneamente para peor. Me apoyé contra el lateral de la trinchera y cerré los ojos. …
Cuando los volví a abrir, el sargento Baldock estaba a mi lado, discreto y comprensivo, y para mi sorpresa descubrí que no estaba muerto. Me ayudó a volver a la trinchera, examinó mi herida con suavidad, me puso un vendaje de campaña y me dejó allí sentado mientras iba a buscar a unos hombres.
Después de un breve periodo de desmoralización y autocompasión, comencé a sentirme rabiosamente heroico de nuevo, pero con un estilo ligeramente diferente, ya que ahora era un héroe herido, con el brazo en un cabestrillo superfluo.
Los setenta y cinco hombres estaban ya en el lugar (menos unos cuantos que habían sido puestos fuera de combate por nuestros propios proyectiles, que se quedaban cortos). Puedo recordarme a mí mismo hablando sin parar con un lacónico oficial de mortero Stokes, que había aparecido de la nada con su arma y un par de ayudantes.
Sentía que debía emprender una embestida más antes de darle la espalda a la guerra, y mi única idea era reunir toda la munición disponible y luego renovar el ataque mientras el oficial del mortero Stokes levantaba un fuego de cobertura entusiasta. No se me ocurrió que estuviera pasando nada más en el frente del ejército de Allenby salvo mi propio pequeño espectáculo.
Mis nervios sobreexcitados me habían llevado a tal grado de excitación que estaba preparado para cualquier proeza suicida. Esta energía convulsiva podría haber tenido algún valor inmediato de haber habido algún objetivo para ella. Pero no lo había; y antes de que tuviera tiempo de inaugurar algo imprudente e irrelevante, llegó Dunning para relevarme.
Su aire de despreocupación competente me calmó, pero seguía inflamado por el espíritu ofensivo y mi impetuosidad solo se apagó con una orden por escrito del coronel de los Cameronians, que prohibía cualquier avance posterior debido a que el ataque había fracasado en otras partes.
Mi ferocidad se desvaneció entonces, y me di cuenta de que tenía una sed devoradora. Mientras iniciaba el viaje de regreso (debo de haber sabido entonces que nada podría detenerme hasta llegar a Inglaterra), el médico militar se acercó paseando por la trinchera con el aire distante de un apacible botánico. «Confía en él para estar ahí arriba echando un vistazo», pensé.
Menos de cuatro horas después de haberlo dejado, estaba de vuelta en el Túnel.
De vuelta en el Puesto de Mando del Batallón, en el Túnel, recibí de nuestro coronel y del ayudante calurosas felicitaciones por mi supuestamente audaz actuación. A la luz de emergencia de las velas en aquel rincón de sótano lleno de corrientes, me despedí de ellos con efusivas garantías de que estaría de vuelta en unas pocas semanas; pero estaba tan sobreexcitado y tenso que mis garantías fueron más ruidos que ideas. Probablemente me habría sentido igual de eufórico sin mi herida; pero, de no estar herido, seguiría allá arriba en el Blocao con los equipos de bombas. Mientras tanto, nada de lo que me sucediera podía aliviar al Puesto de Mando del Batallón de sus cargas. El ayudante seguiría adelante hasta caer rendido, pues poseía un sentido del deber inagotable. No volví a verle nunca; murió en otoño, allá arriba en Ypres. … Me gustaría poder recordar que sonreí con mueca sombría y que me marché con reserva. Pero el «espectáculo de las bombas» había acrecentado mi sentido de la importancia, y mi éxodo de la primera línea fue locuaz. Una bala alemana me había atravesado dejando un agujero limpio cerca de mi omóplato derecho, y esta perforación patriótica me había convertido en otro hombre. Ahora miraba la guerra, que había sido un monstruoso tirano, con ojos liberados. Por el momento había recuperado el derecho a llamarme un ciudadano particular.
La primera etapa de mi viaje de regreso me llevó al Puesto Avanzado de Socorro en Henin. Mi criado fue conmigo, llevando mi morral. Era un hombre callado, torpe y de mediana edad, que siempre hacía lo mejor que podía y nunca se quejaba.
Mientras abríamos paso con dificultad por el terreno destrozado de la colina de Henin, seguí parlanchín, deteniéndome de vez en cuando para recobrar el aliento y echar una última mirada a la ladera devastada donde ayer había andado tropezando de aquí para allá con mi grupo de trabajo.
El cielo estaba ahora nublado y el paisaje, gris y abandonado. Las actividades del ataque habían remitido, y parecía que caminábamos por un yermo donde los muertos hubieran sido abandonados a la intemperie bajo la lluvia tras ser asesinados sin ningún propósito aparente.
Aquí y allá se veían figuras que avanzaban hacia el Puesto de Socorro, algunas de ellas cargando camillas.
Era el estancamiento del mediodía que solía seguir a un ataque de madrugada. El Puesto de Socorro era un pequeño lugar subterráneo abarrotado de heridos que gemían. Dos médicos hacían lo que podían por hombres que habían pagado un alto precio por su libertad. Mi egocentrismo disminuyó en medio de toda aquella agonía. Recuerdo haber escuchado a un capellán sensiblero que era dolorosamente consciente de que no podía hacer otra cosa que rondar por allí y mostrar simpatía. Los consuelos de la Iglesia de Inglaterra no tenían mucha demanda en un Puesto de Socorro Avanzado. Yo mismo estaba allí meramente para cumplir con el trámite de ser etiquetado como «herido leve». Me mandaron seguir hacia un lugar llamado «Escalón B», lo que significaba otras tres millas de caminata por el fango. Hecho polvo, llegué al Escalón B y encontré a nuestro Intendente en una tienda con varios oficiales recién llegados de la Base y uno o dos de vuelta de permiso. Estimulado por unos sorbos de güisqui con agua, recuperé mi locuclidad y hablé por los codos hasta que el amable Intendente me metió en el carro del rancho, que me llevó a un cruce donde esperé un autobús motorizado. Allí, tras una larga espera, estreché la mano de mi ordenanza, y aquel apretón pareció resumir mi despedida del Segundo Batallón. Le agradecí que me hubiera cuidado tan bien; pero uno no podía desearle suerte a alguien que iba a regresar a la trinchera de Hindenburg. Podrá objetarse que mi actitud hacia el Frente Occidental era demasiado íntima; pero se trataba de una cuestión entre dos seres humanos, uno de los cuales se libraba cómodamente mientras el otro volvía a jugársela en la peor guerra del mundo. … En el autobús, encajonado entre «heridos leves», fui consciente de que ya había hablado bastante. Durante hora y media dimos botes y nos mecimos por carreteras arruinadas hasta llegar al Puesto de Evacuación de Heridos de Warlencourt. Eran las siete y lo único que recibí aquella noche fue una taza de Bovril y una inyección antitetánica.
El lugar estaba abarrotado de casos graves ytuve que esperar hasta pasada la medianoche para conseguir una cama. Recuerdo estar sentado en una silla escuchando la lluvia golpear con fuerza en el lona del techo y el lamento de un viento invernal.
Estaba demasiado exhausto para dormir; mi cabeza había perdido el control de sus pensamientos, que seguían repitiendo como un eco mis verborreicas despedidas; la inyección me había hecho sentir frío y extraño, y mi herida empezó a doler.
Pero fui capaz de compadecerme del «pobre y viejo Batallón» (que estaba siendo relevado esa noche) y de agradecer mi propia afortunada huida.
Lo que había pasado no era nada comparado con el tipo de cosas que muchos soldados soportaban una y otra vez; sin embargo, me compadecí a mí mismo por haber pasado las de Caín.
A la tarde siguiente, un tren (con 500 hombres y 35 oficiales a bordo) me llevó a un Hospital de Base. Mis recuerdos de aquel tren son extraños y más bien terribles, pues transportaba un cargamento de hombres en cuyas mentes los horrores de los que habían escapado aún seguían vivos y violentos.
Muchos de nosotros aún llevábamos el barro apelmazado de la zona de guerra en las botas y la ropa, y cada hombre vendado iba acompañado de su experiencia de combate. Aunque muchos de ellos hablaban a la ligera e incluso con facundia sobre el asunto, flotaba una acumulación de enormidades en el ambiente de aquel tren.
Oí por casualidad a unos oficiales levemente heridos que recordaban con entusiasmo sus aventuras allá en Wancourt, donde los habían desalojado a bombazos de una trinchera en la oscuridad. Sus voces cargadas de jerga se mezclaban con el traqueteo y el latido del tren mientras avanzaba —tan segura y serenamente— a través de la penumbra circundante.
La Línea del Frente había quedado atrás; pero aún podía posar su mano en nuestros corazones, por mucho que su brutal realidad disminuyera a cada milla. Era como si nos persiguiera la batalla de Arras, convertida ya en una idea enorme y horrible.
Podíamos presumir o reconstruir con sabiduría nuestra experiencia, según nuestros distintos caracteres. Pero nuestras mentes aún estaban sin aliento y nuestros pensamientos más íntimos en desordenada retirada de la oscuridad bramante y los hombres que morían en cráteres de obús bajo la desolación del amanecer.
Éramos los supervivientes; pocos entre nosotros le contarían jamás la verdad a sus amigos y familiares en Inglaterra. Llevábamos algo en la cabeza que nos pertenecía solo a nosotros y a aquellos a quienes habíamos dejado atrás en la batalla. También había hombres moribundos a bordo de aquel tren de la Cruz Roja, hombres que morían por su patria en una comodidad relativa.
Llegamos a nuestro destino pasada la medianoche, y al día siguiente pude escribir en mi diario:
«Todavía me siento con espíritu guerrero y bastante dispuesto a volver al Batallón en unas pocas semanas; me dicen que mi herida sanará en una quincena. El médico de aquí dice que soy un tipo con suerte, ya que la bala rozó la vena yugular y la columna vertebral por una fracción de pulgada. Sé que sería mejor para mí no volver a Inglaterra, donde probablemente me desembarcarían durante al menos tres meses para luego pasar por todo el infierno de regresar otra vez en julio o agosto».
Pero a pesar de mis garabatos autodefensas, el viernes por la tarde ya estaba en Londres, y para nada me arrepentía de ser transportado entre la multitud de espectadores patriotas en la estación de Charing Cross. Mi camilla fue introducida a empujones en una ambulancia que me llevó a un gran hospital en Denmark Hill.
En Charing Cross una mujer me entregó un ramo de flores y un folleto del obispo de Londres en el que me aconsejaba encarecidamente llevar una vida limpia y asistir a la Sagrada Comunión.