I
Ni me juzgues liviano, aunque liviano a veces parezca, y con liviandad soporte en la tensión de la fortuna las innumerables fallas del cuidado cambiante; ni me juzgues por esto liviano, ni creas precipitadamente (¡oficio prohibido a los mortales, mantenida suprema y separada la prerrogativa de Dios!) que es ocioso ese marinero que es llevado lejos hacia el lejano puerto por la corriente favorable. No solo aquel que a mares contrarios se opone, toda la noche, con el remo infatigable, no solo él, amado por el gran éxito, llegará al Puerto; sino que, aladas, con alguna brisa suave, con quillas rectas, entrarán antes aquellos a quienes el gusto fácil, el piloto de oro, guio.
II
Así este libro crecerá cual pozo Fascicular de flores que en el borde espejan, O como oscuro lago que aves tristes surcan, Reflejando colinas pálidas o brezo pardo;
Y así, cual hombres que bajan a un valle (Fatigados del mediodía) buscando alivio y sombra, Cuando en la incómoda cama de enfermo yacemos, Bajaremos a tu libro, y diremos A las hojas, otrora en blanco, que reconstruyan El viejo verano muerto y en ruinas, y el tiempo Del otoño tardío con el trigo en gavillas.
Así privarás al magro invierno entonces De su proyectado triunfo, y la escarcha Se derretirá ante el sol en tu libro.
III