Y cuando caía la tarde, en tiempos de escarcha, y nuevos fuegos centelleaban en el hogar bien barrido y con pálidas lenguas y risueños sonidos de júbilo lamían la madera seca y los tallados perros de hierro sobre los cuales se amontonaba el tesoro de los leños, en el fulgor rojo que crecía y menguaba de nuevo las figuras retratadas se retorcían como si sufrieran, Elías sacudía su manto, y el caballero su lanza, y entre los elfos de ligero paso se veía la danza acelerarse, hasta que la llama una vez más se contraía, y todo volvía a ser igual.
Ni faltaban placeres más carnales que estos;
Pues al cerrarse la noche y al silbar los árboles en el viento, ante el fuego rubicundo se extendía el mantel, blanco como un deseo, servido con vasijas de plata y pan moreno y un empanado caliente humeante en la cabecera con oloroso vapor, y la jarra rebosante de amarga ale ámbar que escuece la garganta o copas cinceladas llenas de vino púrpura.
O si uno pidiera placeres más divinos, que se acerque entonces a la agradable hoguera y en la cálida y quieta estancia, que levante azules coronas de acre vapor desde el cuenco que brilla y se oscurece como un carbón encendido con cada inhalación de dulce humo.
Así despejará un escenario para esa singular gente, la prole de los sueños, esa raza de títeres feéricos que no quiere bailar sino en un espacio vacío; y purgará de todo prejuicio o credo su espíritu liviano, para que con mayor rapidez pueda rebasar los límites del arte y lidiar con los crueles interrogantes del corazón.