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Sonetos

Mirad dónde su banda, como ranas, entre el rocío Se agacha en su labor, una tripulación inquieta; Ajustan sus llamativos kilt; y sus rápidos ojos Se vuelven siempre hacia aquel que se sienta a supervisar. Él en medio, subido a un árbol caído, Los observa trabajar; y, la guitarra en las rodillas, Ora imparte alarma, ora reparte alegría, Ora puntea un acorde cojo, ora pellizca a un muchacho. A fondo en todo, mi resuelto visir Juega a ser déspota y voluntario, Exige con multas obediencia a mis leyes, Y por su música, también, exige aplausos.

La Adornadora de los feos⁠—aquellos Entre cuyos altos batallones entra y sale Su bonita persona Todo el día con un entrañable estrépito De censura y aliento; Y cuando todo lo demás falla en vano La ve sentarse a llorar de nuevo.

Llora para vencer; ¡Varía ante sus granaderos Desde la sátira hasta las lágrimas de niña!

O más bien contemplarla cuando Ella trabaja para mí con la pluma incansable, Y cuando el fuerte asalto de los turbiones Resuena en el techo y las paredes, Y el bajo trueno ruge y yo Alzo en alto mi voz dictante.

¡Qué gloria para un chico de diez que ahora a tres hombres de gran tez y a dos enormes y tordillos nuevoseelandeses rocines debe ordenar, guiar y, sabio y firme, ejecutar nuestro laborioso día en la lejana villa junto al mar.

Su alma arde en su pecho cual pavesa en calma; sus ojos inocentes brillan otra vez, y tiembla en la brida su mano con altivez. Una vez más revista a su comando entero, y apoyando la mano con aire caballeresco en la cadera —prestada postura—, cuesta abajo se adentra en la espesura.

Yo entretanto, en la casa populosa y a parte, Me siento en mi aposento y mi arte Ininterrumpido, incansable practico Antes del alba, a la luz

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