Todo el día miras cruzar el cielo las silenciosas y brillantes tierras de nubes que, enormes como países, rápidas como aves, sombrean las islas en mitades y tercios, hasta que cada una con cresta almenada queda anclada en el oeste ensangrentado, un hito encantado. Todo el día oyes al viento exuberante jugar, en voz vasta e ininterrumpida alzarse, en el árbol rugiente, alrededor del risco silbante.
Table of Contents
Sonetos
430