matutina, al brillo Del mediodía fundente, y cuando el sol Se hunde tras mi colina poniente y el día concluye; Así, inclinado aún sobre mi oficio de palabras, Escucho a los pájaros de la mañana y de la tarde, Contemplo las estrellas matutinas y vespertinas; Así allí apartado me siento como antaño Napier en el mágico Merchiston; y mis Ajudantes morenos e inocentes del hogar y la labranza Se asombran de soslayo. ¿Qué le pasa al jefe?, se preguntan. ¿A él, el más rico de los ricos, una tarea sin fin Antes de que los primeros pájaros o sirvientes se muevan Lo llama y lo retiene preso todo el día? Él, cuyos incontables dólares abrieron Esta brecha en el bosque habitado por jabalíes y demonios, Y ordenaron que allí, del sol a los mares y cielos, Su palacio pintado de muchas ventanas se alzara De tejado rojo, paredes azules, un arco iris en la colina, Una maravilla en el claro del bosque: él aún,
Impensable Aladino, alba y anochecer, Garabatea y garabatea, como un oficinista alemán. Vemos el hecho, pero decidme, oh, decidnos por qué, Claman mi venerable lavandero y mi sabio mayordomo.
Mientras tanto, a veces, los múltiples perfumes imperecederos del pasado y las imágenes de colores acuden a mí espesas y veloces: y recuerdo la escarcha blanca, la ruidosa ciudad alumbrada por faroles, las tiendas y la muchedumbre cambiante; y recuerdo el hogar y el viejo tiempo, el río serpenteante, la blanca rima en movimiento, el petirrojo otoñal junto a la orilla del río que canta en la tarde gris.
La anciana (eso dicen), pero yo Admiro tu joven vitalidad.
Aún ligera de pies, aún activa y aguda Por todas partes, arriba y abajo.
Oigo que pasas con presurosos pasos por los largos corredores, y tocas tu campana, y gritas «Lotu! Lotu!»; llamando así a nuestra extraña compañía, en la penumbra de la mañana o de la tarde, a las oraciones y al himno tantas veces destrozado.