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El molino

servía al molino, sus aguas pequeñas yacían inmóviles y quietas, salvo por un circular, lento giro de remolino que sobre su pecho salpicado de burbujas furtivo avanzaba y de vez en cuando el súbito, breve vaivén del viento de alguna rama de olmo o de haya, que todo el día se arrastraba en el estanque ensombrecido; pero muy abajo las aguas emancipadas, en flujo tumultuoso, salpicaban los peñascos y saltaban en espuma por el camino soleado que las llevaba a casa.

No se oía en absoluto ruido en el molino y el jardín de la pendiente, como un sueño, estaba en calma.

No llegaba sonido alguno a la espesura, salvo cuando los blancos carros cargados de sacos hacían crujir sus ruedas en el camino umbrío y inclinado y los grandes caballos se esforzaban contra la carga;

o cuando alguna trucha salpicaba quizás en la poza, o mi viejo perdiguero desde sus belfos colgantes le ladraba a la quietud misma.

En la casa había un silencio tan extraño que el ratón celebraba su carnaval al mediodía en el suelo.

Los hogares estaban revestidos de azulejos holandeses con pinturas de viejas historias de hechizos y encantamientos; y caballeros, de aspecto rígido, sobre corceles aún más rígidos, apresurados por ayudar a las bellas damas en sus apuros; y relatos bíblicos, de profetas y de reyes; y cuentos feéricos, de medianoche, de corro en los prados donde, al suave salir de los astros, los traviesos elfos danzan, tras despejar para sí las briznas de hierba como nosotros los hombres despejamos un bosque; y además de castillos fantasmales y de senderos en el bosque, de claustros conventuales y de velos religiosos y de otras tantas cosas por el estilo, se dibujaban cien relatos; y en ellos se mostraba el incensario oscilante, y en ellos las velas del altar brillaban débilmente y el sacerdote encorvado alzaba la sagrada hostia.

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