donde en temprana primavera, gente desatada, nos unimos a las golondrinas emparejadas, felices de permanecer donde, suelta en los montes, remota, oculta, de sus altos árboles, exhala un tenue humo al cielo, y en el mediodía del día sofocante se halla, frescamente sepultada, hasta el cuello en verde.
VI
Como en el mesón junto al puente sentado, con la indiferencia con ternura creída total, y (¡oh extraño azar, más triste que dulce!) el fantasma de aquella que fue mi sino, vestida con igual atuendo, graciosa y serena, pasó silenciosa por la desierta calle del pueblo, el leve y quieto sonido de sus delicadísimos pies sacudió, como toque de clarín, el estado de mi alma.
Una revuelta instantánea estalló en mi mente, y durante toda la noche, después, hora tras hora, el desfile del amor muerto ante mis ojos pasó con orgullo; y viejas esperanzas, desatadas de nuevo del freno de un poder sabiamente templado, con ineficaz ardor intentaron alzarse.
VII
La mano del varón, la fresca frente del anciano, y el paso seguro de la juventud — estas, y esa excelsa pasión por la verdad, hambre insatisfecha en el sabio o el sacerdote o en los grandes hombres de antaño, necesita quien no sin desdoro se atreviera a cantar (¡difícil tarea!) el cerco ineludible de la negra zozobra que se asienta con los años en el corazón que se alimenta incesantemente de gloria. Año tras año la labor que estrecha se cierra más a sus pies; con toque desencantador el tiempo rudo revela la fea trama, y un extraño temor lo conduce al fin al inclemente sitial de la senectud, el amargo norte de la vida: un clima helado.