En la isla del exilio de Napoleón: dos conferencias. Un huésped en la habitación de los fantasmas en Plantation House. Una excursión al histórico Longwood. Café en vaina y una cabra para descascararlo. La mala suerte del Spray con los animales. Un prejuicio contra los perros pequeños. Una rata, la araña de Boston y el grillo caníbal. Isla Ascensión.
Eran cerca de las doce cuando el Spray echó ancla frente a Jamestown, y «todos a bordo» bajaron inmediatamente a tierra para presentar sus respetos a su Excelencia el gobernador de la isla, sir R. A. Sterndale. Su Excelencia, cuando desembarqué, comentó que no era frecuente hoy en día que un circumnavegante pasara por sus dominios, me dio una cálida bienvenida y dispuso que contara los pormenores del viaje, primero en el Garden Hall para los habitantes de Jamestown, y luego en Plantation House —la residencia del gobernador, situada en las colinas a una o dos millas hacia el interior— para su Excelencia, los oficiales de la guarnición y sus amigos. El señor Poole, nuestro digno cónsul, me presentó en el castillo y, en el transcurso de su intervención, afirmó que la serpiente marina era yanqui.
De la manera más regia fue entretenida la tripulación del Spray por el gobernador. Me quedé en Plantation House un par de días, y como una de las habitaciones de la mansión, llamada la «habitación del oeste», estaba embrujada, el mayordomo, por orden de Su Excelencia, me hospedó allí, como a un príncipe. En verdad, para asegurarse de que no se hubiera cometido ningún error, Su Excelencia vino más tarde para comprobar que estaba en la habitación correcta y para contarme todo acerca de los fantasmas que había visto o de los que había oído hablar. Los había descubierto a todos menos a uno, y deseándome dulces sueños, esperaba que tuviera el honor de una visita del desconocido de la habitación del oeste. El resto de la fría noche mantuve la vela encendida, y a menudo miré desde debajo de las mantas, pensando que tal vez me encontraría cara a cara con el gran Napoleón; pero solo vi los muebles y la herradura que estaba clavada sobre la puerta enfrente de mi cama.
Santa Helena ha sido una isla de tragedias—tragedias que han quedado en el olvido entre los lamentos por el corso. El segundo día de mi visita, el gobernador me llevó en coche por los caminos de la isla a través de sus curvas. En un punto de nuestro trayecto el camino, al serpentear alrededor de estribaciones y barrancos, formaba una W perfecta en el espacio de pocas varas. Los caminos, aunque tortuosos y empinados, eran bastante buenos, y me llamó la atención la cantidad de trabajo que debió costar construirlos. El aire en las alturas era fresco y estimulante. Se dice que, desde que pasó de moda la horca por delitos menores, nadie ha muerto allí, ¡excepto por caer por los acantilados en la vejez, o por ser aplastados por piedras que rodaban sobre ellos desde las escarpadas montañas! Las brujas en otra época fueron persistentes en Santa Helena, como entre nosotros en América en los días de Cotton Mather. En la actualidad el delito escasea en la isla. Mientras yo estaba allí, al gobernador Sterndale, como muestra de que ni un solo caso criminal había llegado a los tribunales en todo el año, los oficiales de justicia le obsequiaron un par de guantes blancos.
De regreso a Jamestown desde la casa del gobernador, fui con el señor Clark, un compatriota mío, a «Longwood», la residencia de Napoleón. M. Morilleau, agente consular francés a cargo, mantiene el lugar en buen estado y los edificios bien conservados. Su familia en Longwood, compuesta por su esposa y sus hijas adultas, es oriunda de modales cortesanos y refinados, y pasa aquí días, meses y años de satisfacción, a pesar de no haber visto nunca el mundo más allá del horizonte de Santa Elena.
El 20 de abril, el Spray estaba listo de nuevo para zarpar. Antes de embarcar, almorcé con el gobernador y su familia en el castillo.
Lady Sterndale había enviado un gran pastel de frutas, temprano por la mañana, desde Plantation House, para que lo llevara en el viaje. Era un pastel descomunal y comí de él con moderación, según creía, pero no se conservó como esperaba.
Me comí el último trozo junto con mi primera taza de café en Antigua, Indias Occidentales, lo cual, después de todo, no dejaba de ser todo un récord. El que mi propia hermana me hizo en la pequeña isla de la bahía de Fundy, al principio del viaje, se conservó más o menos el mismo tiempo, a saber, cuarenta y dos días.
Después de almorzar se preparó una saca de correo real para Ascensión, la siguiente isla en mi ruta. Luego, el señor Poole y su hija hicieron una visita de despedida al Spray, trayéndome una cesta de fruta. Ya entrada la noche levé anclas y puse rumbo al oeste, con la pena de dejar a mis nuevos amigos. Pero vientos frescos volvieron a henchir las velas del balandro, y contemplé la luz del faro de Plantation House, la señal de despedida del gobernador para el Spray, hasta que la isla se desvaneció en la oscuridad de la popa y se fundió con la noche, y hacia la medianoche la propia luz hubo desaparecido bajo el horizonte.
Al llegar la mañana no había tierra a la vista, pero el día transcurrió igual que los anteriores, salvo por un pequeño incidente. El gobernador Sterndale me había dado una bolsa de café en su cáscara, y Clark, el estadounidense, en un mal momento, había subido una cabra a bordo «para topetar el saco y sacar a empujones los granos de café de las vainas». Aseguraba que el animal, además de ser útil, sería tan buen compañero como un perro.
Pronto descubrí que mi compañero de travesía, esta especie de perro con cuernos, tenía que estar completamente atado. El error que cometí fue no encadenarlo al mástil en lugar de atarlo con cuerdas de hierba menos seguras, y esto lo aprendí a mi costa.
Excepto el primer día, antes de que el animal se habituara al mar, no tuve paz mental. A partir de entonces, impulsado por un espíritu nacido, tal vez, de sus pastos, esta encarnación del mal amenazó con devorar todo, desde el foque hasta los pescantes de la popa. Fue el peor pirata que encontré en todo el viaje.
Comenzó sus depredaciones comiéndose mi mapa de las Indias Occidentales, en la camarote, un día en que yo estaba ocupado con mis tareas a proa, creyendo que la criatura estaba firmemente atada en cubierta, junto a las bombas. ¡Ay! ¡No había cuerda en el balandro que resistiera los terribles dientes de aquella cabra!
Desde el primer momento quedó claro que no tenía ninguna suerte con los animales a bordo.
- Estaba el cangrejo de los cocoteros de las islas Cocos. Apenas había sacado una pinza a través de su caja-prisión, mi chaqueta marinera, que colgaba al alcance, quedó hecha jirones. Animado por este éxito, destrozó la caja para abrirla y se escapó a mi cabina, destrozando cosas en general y amenazando finalmente mi vida en la oscuridad. Yo había esperado llevar la criatura a casa con vida, pero esto no resultó factible.
- Luego la cabra devoró mi sombrero de paja, y así, cuando llegué a puerto, no tenía nada que ponerme en la cabeza para bajar a tierra. Este último golpe despiadado decidió su suerte.
El 27 de abril, el Spray llegó a Ascensión, que cuenta con una guarnición de la tripulación de un buque de guerra, y el contramaestre de la isla subió a bordo. Apenas salió de su bote, la cabra amotinada se metió en él y desafió al contramaestre y a su tripulación. Los contraté para que desembarcaran al desgraciado de inmediato, cosa que hicieron con muchísimo gusto, y allí cayó en manos de un escocés excelente, con las de perder de que jamás lograra escapar.
Estaba destinado a navegar una vez más hacia las profundidades de la soledad, pero estas experiencias no tuvieron ningún efecto negativo en mí; por el contrario, un espíritu de caridad y aun de benevolencia se fortaleció en mi naturaleza a través de las meditaciones de estas horas supremas en el mar.
En la soledad de la sombría región en torno al cabo de Hornos, no me hallaba con ánimo de quitar ninguna vida en el mundo, excepto en defensa propia, y a medida que navegaba este rasgo del carácter ermitaño fue creciendo hasta que la mera mención de matar animales para comer me resultaba repugnante.
Por mucho que después haya podido disfrutar de un guiso de pollo en Samoa, un nuevo yo se rebelaba ante la idea, sugerida allí, de llevar pollos para ser sacrificados para mi mesa durante la travesía, y la señora Stevenson, al escuchar mi protesta, convino conmigo en que matar a los compañeros de mi viaje y comérselos equivaldría en verdad a poco menos que un asesinato y al canibalismo.
En cuanto a los animales de compañía, no había espacio para un noble perro grande en el Spray en un viaje tan largo, y un chucho pequeño estuvo asociado durante muchos años en mi mente con la rabia. Presencié una vez la muerte de un excelente y joven alemán a causa de esa espantosa enfermedad, y más o menos al mismo tiempo supe de la muerte, también por rabia, del joven caballero que acababa de extender una póliza de seguros en los libros de su compañía para mí.
He visto a toda la tripulación de un barco trepar a la carrera por el aparejo para evitar a un perro que corría desbocado por la cubierta. No iría bien, pensé, que la tripulación del Spray corriese un riesgo canino, y con estos justos prejuicios indeleblemente grabados en mi mente, me temo que he respondido con impaciencia demasiadas veces a la pregunta: «¿No llevaba un perro?», con un: «El perro y yo no habríamos durado mucho en el mismo barco, en ningún sentido».
Un gato habría sido un animal inofensivo, me atrevo a decir, pero no había nada que el minino pudiera hacer a bordo, y a fin de cuentas es un animal poco sociable.
Es verdad, una rata se metió en mi embarcación en las islas Keeling Cocos, y otra en Rodrigues, junto con un ciempiés que se había colado en la bodega; pero a una la eché del barco y a la otra la atrapé. Esto fue así: para la primera fabriqué una trampa con infinita paciencia, esperando capturarla y destruirla; pero el astuto roedor, para no dejarse engañar, cogió la indirecta y se bajó a tierra el día en que la trampa estuvo terminada.
Es, según la tradición, una señal de lo más tranquilizadora encontrar ratas que acuden a un barco, y yo tenía la intención de tolerar al sagaz de Rodríguez; pero una falta de disciplina decidió el asunto en su contra.
Mientras dormía una noche, con mi barco navegando, se atrevió a caminar sobre mí, empezando por la coronilla, zona respecto a la cual soy siempre delicado. Duermo con el sueño ligero. Antes de que su impertinencia lo hubiera llevado siquiera a mi nariz, grité «¡Rata!», lo agarré por la cola y lo arrojé por la escala de acceso al mar.
En cuanto al ciempiés, no me percaté de su presencia hasta que el infeliz insecto, todo patas y ponzoña, empezando, al igual que la rata, por mi cabeza, me despertó con una fuerte mordedura en el cuero cabelludo.
Esto también era más de lo que podía tolerar.
Tras unas pocas aplicaciones de queroseno, la picadura venenosa, dolorosa al principio, no volvió a causarme molestias.
De aquí en adelante, durante un tiempo, ningún ser vivo turbó mi soledad; ni siquiera un insecto estuvo presente en mi embarcación, salvo la araña y su esposa, de Boston, que ahora tenían una familia de arañitas.
Nada, digo yo, hasta que, al navegar por el último tramo del océano Índico, llegaron mosquitos por cientos procedentes del agua de lluvia vertida desde los cielos.
Simplemente un barril de agua de lluvia permaneció en cubierta cinco días, creo, bajo el sol, y entonces comenzó la música. Reconocí el sonido al instante; era el mismo que se oía desde Alaska hasta Nueva Orleans.
De nuevo en Ciudad del Cabo, mientras cenaba fuera un día, me cautivó el canto de un grillo, y el señor Branscombe, mi anfitrión, se ofreció a capturarme una pareja. Fueron enviados a bordo al día siguiente en una caja con la etiqueta: «Plutón y Pillo».
Guardaé los bichitos en la bitácora en su propia cajita acogedora, y los dejé allí sin comida hasta hacerme a la mar—unos pocos días. Nunca había oído decir que un grillo comiera nada. Parece ser que Plutón era un caníbal, pues solo las alas del pobre Pillo eran visibles cuando abrí la tapa, y yacían rotas en el suelo de la caja-prisión. Incluso a Plutón le había ido mal, pues yacía de espaldas, tieso y rígido, sin volver a chirriar jamás.
La isla de Ascensión, donde el macho cabrío fue abandonado, se llama Stone Frigate, R.N., y está catalogada como buque nodriza (tender) del Escuadrón Sudafricano. Se encuentra a los 7° 35′ de latitud sur y 14° 25′ de longitud oeste, en pleno corazón de los vientos alisios del sudeste y a unas ochocientas cuarenta millas de la costa de Liberia.
Es una masa de materia volcánica, arrojada desde el lecho del océano hasta una altura de dos mil ochocientos dieciocho pies en su punto más alto sobre el nivel del mar. Es un punto estratégico y perteneció a Gran Bretaña antes de que se enfriara.
En la escasa pero rica tierra de la parte superior de la isla, entre las nubes, la vegetación haE enraizado y se practica una pequeña agricultura científica bajo la supervisión de un caballero procedente de Canadá. Allí también pastan unas pocas cabezas de ganado vacuno y lanar para el rancho de la guarnición. El almacenamiento de agua se realiza a gran escala.
En una palabra, este montón de cenizas y roca de lava está pertrechado y fortificado, y resistiría un asedio.
Muy pronto después de la llegada del Spray recibí una nota del capitán Blaxland, el comandante de la isla, en la que me expresaba su agradecimiento por el correo real traído desde Santa Elena, y me invitaba a almorzar con él, su esposa y su hermana en la comandancia, situada no muy lejos de allí. Casi sobra decir que acepté la hospitalidad del capitán de inmediato.
Un carruaje esperaba en el muelle cuando desembarqué, y un marinero, con una amplia sonrisa, condujo el caballo con cuidado cu cuesta arriba hasta la casa del capitán, como si yo fuera un lord del Almirantazgo y además un gobernador; y lo condujo con el mismo cuidado cuesta abajo cuando regresé.
Al día siguiente visité la cumbre entre las nubes, con el mismo equipo a mi disposición y el mismo viejo marinero guiando el caballo. Probablemente no había en ese momento un solo hombre en la isla más capaz de caminar que yo. El marinero lo sabía.
Finalmente sugerí que cambiáramos de lugar.
«Déjame tomar la brida —le dije—, y evitar que el caballo se desboque».
«¡Gran fragata de piedra! —exclamó, estallando en una carcajada—, este maldito caballo no se desbocaría más rápido que una tortuga. Si no lo remolcara con fuerza, nunca llegaríamos a puerto».
Caminé la mayor parte del trayecto por las empinadas cuestas, tras lo cual mi guía, marinero de pies a cabeza, se convirtió en mi amigo.
Al llegar a la cima de la isla, conocí al señor Schank, el granjero de Canadá, y a su hermana, que vivían muy confortablemente en una casa entre las rocas, tan acogedores como conejos, y tan seguros.
Me enseñó la granja, llevándome por un túnel que comunicaba un campo con el otro, divididos por un espolón inaccesible de la montaña. El señor Schank contó que había perdido muchas vacas y bueyes, además de ovejas, debido a despeñamientos fatales por los empinados acantilados y precipicios.
Una vaca, dijo, a veces embestía a otra directamente hacia un precipicio para destruirla, y seguía pastando despreocupadamente. Parecía que los animales de la granja insular, al igual que la humanidad en el ancho mundo, lo encontraban todo demasiado pequeño.
El 26 de abril, mientras me encontraba en tierra, llegaron unas olas grandes que hicieron imposible botar un bote. Sin embargo, estando el balandro amarrado con seguridad a una boya en aguas profundas, fuera de toda rompiente, se encontraba a salvo, mientras que yo, en el mejor de los alojamientos, escuchaba historias bien contadas entre los oficiales de la Stone Frigate. La noche del 29, habiendo bajado la mar, subí a bordo y hice los preparativos para reanudar mi viaje temprano al día siguiente, dándome el contramaestre de la isla y su tripulación un caluroso apretón de manos al embarcarme en el muelle.
Por razones de interés científico, propicié en alta mar la investigación más exhaustiva sobre la lista de la tripulación del Spray. Muy pocos la habían puesto en duda, y tal vez muy pocos lo hagan de aquí en adelante; pero para beneficio de los pocos que pudieran hacerlo, quise disipar toda duda sobre el hecho de que no era en absoluto necesario para la expedición de un balandro alrededor del mundo llevar más de un hombre como tripulación, en total, y que el Spray navegó con una sola persona a bordo. Y así, según lo acordado, el teniente Eagles, oficial ejecutivo, por la mañana, justo cuando yo estaba listo para zarpar, fumigó el balandro, haciendo imposible que una persona viviera oculta en la cubierta inferior y probando que solo una persona iba a bordo cuando este llegó. Un certificado en este sentido, además de los documentos oficiales de los numerosos consulados, oficinas de sanidad y aduanas, les parecerá superfluo a muchos; pero este relato del viaje puede llegar a manos poco familiarizadas con las gestiones de estas oficinas y con sus métodos para comprobar que los documentos de un barco y, sobre todo, sus patentes de sanidad, están en regla.
Extendido el certificado del teniente, el Spray, de muy buena gana, se apartó por fin de las rocas azotadas por el mar, y los vientos alisios, agradablemente frescos y vigorizantes, la hicieron volar rauda en su rumbo. El 8 de mayo de 1898, de regreso a casa, cruzó la derrota que había trazado el 2 de octubre de 1895 en el viaje de ida. Pasó por Fernando de Noronha de noche, alejándose unas cuantas millas al sur, por lo que no vi la isla. Sentí la satisfacción de saber que el Spray había circunnavegado el globo, y aun considerándolo solo como una aventura, mi confianza en su utilidad no había decaído en absoluto, y me dije: «Pase lo que pase, el viaje ya está registrado». Se puso punto final.