«¡Eh! ¡Por la misericordia de Dios! —dijo entonces nuestro Hostalero—; ¡ruego a Dios que de tal esposa me guarde! Mirad qué mañas y sutilezas hay en las mujeres; pues siempre están tan ocupadas como abejas en engañarnos a los hombres simples, y de la verdad siempre se apartan, como este cuento del Mercader bien lo prueba.
Mas, sin embargo, tan fiel como el acero, tengo una esposa, por pobre que sea; mas de lengua es una arpía charlatana; y aun tiene un montón de vicios más. No importa; dejemos pasar todas esas cosas. ¿Pero sabéis qué? Dígase en secreto, me pesa amargamente estar atado a ella; pues, si tuviera que enumerar cada vicio que tiene, ciertamente sería yo muy necio; y la razón es que ello se divulgaría y se lo contaría alguna persona de esta compañía (por quién, no hace falta declarar, ya que las mujeres saben mercadear con tales baratijas), y además mi ingenio no basta para contarlo todo; por lo cual mi cuento ha terminado.
Escudero, acercaos, si es vuestra voluntad, y decid algo sobre el amor, pues ciertamente sabéis de ello tanto como cualquier hombre».
«No, señor —dijo él—; mas tal cosa como sé, con buena voluntad —pues no me rebelaré contra vuestro gusto—, un cuento contaré. Disculpadme si hablo desacertadamente; mi voluntad es buena; y he aquí, mi cuento es este».