Un mancebo llamado Melibeo, poderoso y rico, engendró en su esposa, que se llamaba Prudencia, una hija que se llamaba Sofía.
Aconteció un día que él, para su esparcimiento, se fue a los campos a holgar. A su mujer y asimismo a su hija las dejó dentro de su casa, cuyas puertas estaban bien cerradas. Tres de sus antiguos enemigos lo divisaron, y arrimaron escaleras a los muros de su casa, y por las ventanas entraron, y apalearon a su mujer, y hirieron a su hija con cinco heridas mortales, en cinco diversos lugares; a saber: en los pies, en las manos, en las orejas, en la nariz y en la boca; y la dieron por muerta, y se fueron.
Cuando Melibeo hubo regresado a su casa y vio toda esta desgracia, él, como hombre enloquecido, rasgando sus vestiduras, comenzó a llorar y a gritar. Prudencia, su esposa, hasta donde se atrevió, le suplicó que pusiera fin a su llanto; mas, con todo y con eso, él comenzó a llorar y a gritar cada vez más.
Esta noble esposa Prudencia se acordó de la sentencia de Ovidio, en su libro que se llama el Remedio de amor, donde dice:
Necio es quien estorba a la madre llorar en la muerte de su hijo, hasta que haya llorado a su sabor, por un cierto tiempo; y entonces debe el hombre esforzarse con palabras amables para reconfortarla y rogarle que cese su llanto.
Por cuya razón esta noble esposa Prudencia dejó a su marido llorar y gritar por un cierto espacio; y cuando vio su momento, le habló de esta manera:
«¡Ay, señor mío —dijo ella—, por qué os hacéis parecer a un necio? En verdad no le atañe a un hombre sabio hacer semejante congoja. Vuestra hija, con la gracia de Dios, sanará y se salvará. Y aun si fuese el caso de que estuviese muerta ahora mismo, no deberíais destruiros a vos mismo por su muerte. Séneca dice: “El hombre sabio no tomará demasiado desconsuelo por la muerte de sus hijos, sino que ciertamente debe sufrirla con paciencia, así como aguarda la muerte de su propia persona”».
Melibea respondió al punto y dijo: «¿Qué hombre», dixo, «habría de cesar en su llanto, que tan gran causa tiene para llorar? Jesucristo, nuestro Señor, él mismo lloró por la muerte de Lázaro, su amigo».
Prudencia respondió: «Cierto, bien sé que el llanto templado no le está en nada prohibido al que está dolorido entre gentes en pena, antes bien le es concedido llorar. El apóstol Pablo escribe a los romanos: “El hombre se regocijará con los que se alegran, y llorará con aquellas gentes que lloran”».
Mas aunque el llanto moderado sea concedido, el llanto desaforado ciertamente está prohibido. La medida del llanto debe guardarse, según la doctrina que nos enseña Séneca.
«Cuando tu amigo haya muerto», dixo, «no dejes que tus ojos estén demasiado húmedos de lágrimas, ni tampoco demasiado secos; aunque las lágrimas acudan a tus ojos, no dejes que caigan. Y cuando hayas perdido a tu amigo, pon empeño en conseguir de nuevo otro amigo; y esto es más sabiduría que llorar por tu amigo al que has perdido, pues en ello no hay provecho».
Y por tanto, si os gobernáis por la sabiduría, apartad la tristeza de vuestro corazón. Acordaos de que Jesús Sirácida dice: «Un hombre que es alegre y gozoso de corazón, eso le conserva floreciente en su edad; mas a la verdad un corazón dolorido seca sus huesos». Dijo también así: «Que la tristeza en el corazón mata a muy a menudo a un hombre». Salomón dice «que así como las polillas en el vellón de la oveja dañan las ropas, y los pequeños gusanos al árbol, así mismo daña la tristeza al corazón del hombre».
Por lo cual debemos, tanto en la muerte de nuestros hijos como en la pérdida de nuestros bienes temporales, tener paciencia. Acordaos del paciente Job, cuando hubo perdido a sus hijos y su sustancia temporal, y en su cuerpo soportó y recibió muchísima y gravísima tribulación, aun así dijo de esta manera: «Nuestro Señor me lo ha dado, nuestro Señor me lo ha quitado; tal como nuestro Señor quiso, así sea hecho; bendito sea el nombre de nuestro Señor».
A estas cosas sobredichas respondió Melibeo a su mujer Prudencia:
«Todas tus palabras —dijo— son verdaderas, y además provechosas, mas de verdad mi corazón está tan gravemente turbado por este dolor, que no sé qué hacer».
«Haz llamar —dijo Prudencia— a todos tus verdaderos amigos, y a tu linaje, que sean sabios, y cuéntales tu caso, y escucha lo que digan en consejo, y govérnate según su sentencia. Salomón dice: “Haz todas las cosas por consejo, y jamás te arrepentirás”».
Entonces, por consejo de su mujer Prudencia, este Melibeo hizo convocar a una gran congregación de gente, tales como cirujanos, médicos, ancianos y jóvenes, y algunos de sus antiguos enemigos reconciliados (según su apariencia) a su amor y a su gracia; y con ello acudieron algunos de sus vecinos, que le rendían reverencia más por temor que por amor, como sucede a menudo. Acudieron también muchísimos sutiles aduladores y sabios abogados letrados en la ley.
Y cuando esta gente estuvo junta y reunida, este Melibeo de manera dolorosa les expuso su caso, y por el modo de su discurso parecía que en el corazón portaba una cruenta ira, presto a tomar venganza de sus enemigos, y con premura deseaba que la guerra comenzara, mas sin embargo aún pedía su consejo en este asunto.
Un cirujano, con licencia y asentimiento de los que eran sabios, se puso en pie, y dijo a Melibeo como podéis oír.
«Señor —dijo—, así como a nosotros los cirujanos nos atañe hacer por cada cual lo mejor que podamos, allí donde estamos contratados, y no causar daño a nuestro paciente; por lo cual sucede muchas y reiteradas veces que, cuando dos hombres se han herido el uno al otro, un mismo cirujano a ambos los sana; por lo cual a nuestro arte no le es pertinente fomentar la guerra ni respaldar a bandos. Mas a fe que, en cuanto a la curación de vuestra hija, aun a pesar de estar peligrosamente herida, pondremos tan atento empeño de la noche a la mañana, que, con la gracia de Dios, estará entera y sana tan pronto como sea posible».
Casi exactamente del mismo modo respondieron los médicos, salvo que añadieron unas pocas palabras más: que así como las enfermedades se curan con sus contrarios, así también el hombre sanará la guerra [con la paz].
Sus vecinos llenos de envidia, sus fingidos amigos que parecían reconciliados, y sus aduladores, simularon llanto, y empeoraron y agravaron en gran manera este asunto al alabar enormemente el poderío, la fuerza, las riquezas y los amigos de Melibeo, despreciando el poder de sus adversarios; y dijeron sin ambages que de inmediato debía vengarse de sus enemigos y comenzar la guerra.
Se levantó entonces un abogado que era sabio, con licencia y consejo de otros que eran sabios, y dijo:
«Señores, la necesidad por la cual estamos congregados en este lugar es un asunto de mucho peso y una alta cuestión, debido a la injuria y a la maldad que se han cometido, y asimismo en razón de los grandes daños que en el tiempo venidero es posible que sobrevengan por la misma causa, y asimismo por razón de las grandes riquezas y del poder de ambas partes; por cuyas razones, sería un grandísimo peligro errar en este asunto. Por lo cual, Melibeo, este es nuestro parecer: te aconsejamos, sobre todas las cosas, que ahora mismo pongas tu diligencia en la guarda de tu cuerpo, de tal manera que no te falte espía ni centinela para salvar tu persona. Y después de eso, te aconsejamos que en tu casa pongas guarnición suficiente, para que puedan defender tanto tu cuerpo como tu casa. Mas, ciertamente, mover guerra o tomar venganza de improviso, no podemos juzgar en tan poco tiempo que sea provechoso. Por lo cual pedimos tiempo y espacio para deliberar en este caso para dictaminar; pues el refrán común dice así: "El que pronto juzga, pronto se arrepentirá". Y asimismo dicen que es sabio el juez que pronto entiende un asunto y juzga sin premura. Pues aun cuando toda tardanza sea molesta, al menos no es reproche en la emisión de un juicio, ni al tomar venganza, cuando esta es suficiente y razonable. Y eso lo mostró nuestro Señor Jesucristo con el ejemplo; pues cuando la mujer que fue prendida en adulterio fue llevada a su presencia para saber qué debía hacerse con su persona, aunque él bien sabía lo que habría de responder, con todo no quiso responder de improviso, sino que quiso tener deliberación, y en el suelo escribió dos veces. Y por estas causas pedimos deliberación y entonces, por la gracia de Dios, aconsejaremos lo que sea provechoso».
Se levantaron entonces los jóvenes luego al punto, y la mayor parte de aquella compañía desdeñó a estos viejos sabios y comenzó a hacer ruido y dijo: «Justo así como mientras el hierro está caliente debe uno golpear, asimismo debe uno vengar sus agravios mientras estén frescos y nuevos»; y con voz alta gritaron: «¡Guerra! ¡Guerra!».
Se alzó entonces uno de estos viejos sabios, e hizo señal con la mano para que la gente se callara y le prestara atención.
«Señores —dijo—, hay bien muchos hombres que claman: "¡Guerra! ¡Guerra!", que saben muy poco lo que la guerra comporta. La guerra en su principio tiene una entrada tan grande y tan amplia, que cualquier persona puede entrar cuando le plazca, y hallar fácilmente la guerra: mas ciertamente qué fin acaecerá de ella no es fácil de saber. Pues a la verdad, una vez que la guerra ha comenzado, hay bien muchos niños aún no nacidos de su madre que perecerán jóvenes a causa de esa guerra, o bien vivirán en la pesadumbre y morirán en la miseria; y por tanto, antes de que cualquier guerra sea comenzada, los hombres han de tener gran consejo y gran deliberación».
Y cuando este viejo pensó en reforzar su discurso con razones, casi todos a la vez comenzaron a alzarse para interrumpir su relato, y le exigieron muy a menudo que abreviara sus palabras. Pues en verdad, el que predica a los que no desean oír sus palabras, su sermón les resulta molesto. Pues Jesús Sirach dice que la música en el llanto es cosa molesta. Esto es como decir que tanto vale hablar ante gentes a quienes su discurso molesta, como cantar ante quien llora.
Y cuando este hombre sabio vio que le faltaba atención, muy avergonzado volvió a sentarse. Pues Salomón dice: «Donde no puedas tener audiencia, no te esfuerces en hablar».
«Bien veo —dijo este hombre sabio— que el refrán común es verídico: que el buen consejo falta cuando más se necesita».
Aun tenía este Melibeo en su consejo a muchas personas que en privado le aconsejaban al oído cierta cosa, y le aconsejaban lo contrario en audiencia pública. Cuando Melibeo hubo oído que la mayor parte de su consejo convenía en que debía hacer la guerra, al punto consintió en el consejo de ellos y refrendó plenamente su parecer.
[Dame Prudence, seeing her husband’s resolution thus taken, in full humble wise, when she time, begins to counsel him against war, by a warning against haste in requital of either good or evil. Meliboeus tells her that he will not work by her counsel, because he should be held a fool if he rejected for her advice the opinion of so many wise men; because all women are bad; because it would seem that he had given her the mastery over him; and because she could not keep his secret, if he resolved to follow her advice. To these reasons Prudence answers that it is no folly to change counsel when things, or men’s judgements of them, change—especially to alter a resolution taken on the impulse of a great multitude of folk, where every man crieth and clattereth what him liketh; that if all women had been wicked, Jesus Christ would never have descended to be born of a woman, nor have showed himself first to a woman after his resurrection and that when Solomon said he had found no good woman, he meant that God alone was supremely good; that her husband would not seem to give her the mastery by following her counsel, for he had his own free choice in following or rejecting it; and that he knew well and had often tested her great silence, patience, and secrecy. And whereas he had quoted a saying, that in wicked counsel women vanquish men, she reminds him that she would counsel him against doing a wickedness on which he had set his mind, and cites instances to show that many women have been and yet are full good, and their counsel wholesome and profitable. Lastly, she quotes the words of God himself, when he was about to make woman as an help meet for man; and promises that, if her husband will trust her counsel, she will restore to him his daughter whole and sound, and make him have honour in this case. Meliboeus answers that because of his wife’s sweet words, and also because he has proved and assayed her great wisdom and her great truth, he will govern him by her counsel in all things. Thus encouraged, Prudence enters on a long discourse, full of learned citations, regarding the manner in which counsellors should be chosen and consulted, and the times and reasons for changing a counsel. First, God must be besought for guidance. Then a man must well examine his own thoughts, of such things as he holds to be best for his own profit; driving out of his heart anger, covetousness, and hastiness, which perturb and pervert the judgement. Then he must keep his counsel secret, unless confiding it to another shall be more profitable; but, in so confiding it, he shall say nothing to bias the mind of the counsellor toward flattery or subserviency. After that he should consider his friends and his enemies, choosing of the former such as be most faithful and wise, and eldest and most approved in counselling; and even of these only a few. Then he must eschew the counselling of fools, of flatterers, of his old enemies that be reconciled, of servants who bear him great reverence and fear, of folk that be drunken and can hide no counsel, of such as counsel one thing privily and the contrary openly; and of young folk, for their counselling is not ripe. Then, in examining his counsel, he must truly tell his tale; he must consider whether the thing he proposes to do be reasonable, within his power, and acceptable to the more part and the better part of his counsellors; he must look at the things that may follow from that counselling, choosing the best and waiving all besides; he must consider the root whence the matter of his counsel is engendered, what fruits it may bear, and from what causes they be sprung. And having thus examined his counsel and approved it by many wise folk and old, he shall consider if he may perform it and make of it a good end; if he be in doubt, he shall choose rather to suffer than to begin; but otherwise he shall prosecute his resolution steadfastly till the enterprise be at an end. As to changing his counsel, a man may do so without reproach, if the cause cease, or when a new case betides, or if he find that by error or otherwise harm or damage may result, or if his counsel be dishonest or come of dishonest cause, or if it be impossible or may not properly be kept; and he must take it for a general rule, that every counsel which is affirmed so strongly, that it may not be changed for any condition that may betide, that counsel is wicked. Meliboeus, admitting that his wife had spoken well and suitably as to counsellors and counsel in general, prays her to tell him in especial what she thinks of the counsellors whom they have chosen in their present need. Prudence replies that his counsel in this case could not properly be callëd a counselling, but a movement of folly; and points out that he has erred in sundry wise against the rules which he had just laid down. Granting that he has erred, Meliboeus says that he is all ready to change his counsel right as she will devise; for, as the proverb runs, to do sin is human, but to persevere long in sin is work of the Devil. Prudence then minutely recites, analyses, and criticises the counsel given to her husband in the assembly of his friends. She commends the advice of the physicians and surgeons, and urges that they should be well rewarded for their noble speech and their services in healing Sophia; and she asks Meliboeus how he understands their proposition that one contrary must be cured by another contrary. Meliboeus answers, that he should do vengeance on his enemies, who had done him wrong. Prudence, however, insists that vengeance is not the contrary of vengeance, nor wrong of wrong, but the like; and that wickedness should be healed by goodness, discord by accord, war by peace. She proceeds to deal with the counsel of the lawyers and wise folk that advised Meliboeus to take prudent measures for the security of his body and of his house. First, she would have her husband pray for the protection and aid of Christ; then commit the keeping of his person to his true friends; then suspect and avoid all strange folk, and liars, and such people as she had already warned him against; then beware of presuming on his strength, or the weakness of his adversary, and neglecting to guard his person—for every wise man dreadeth his enemy; then he should evermore be on the watch against ambush and all espial, even in what seems a place of safety; though he should not be so cowardly, as to fear where is no cause for dread; yet he should dread to be poisoned, and therefore shun scorners, and fly their words as venom. As to the fortification of his house, she points out that towers and great edifices are costly and laborious, yet useless unless defended by true friends that be old and wise; and the greatest and strongest garrison that a rich man may have, as well to keep his person as his goods, is, that he be beloved by his subjects and by his neighbours. Warmly approving the counsel that in all this business Meliboeus should proceed with great diligence and deliberation, Prudence goes on to examine the advice given by his neighbours that do him reverence without love, his old enemies reconciled, his flatterers that counselled him certain things privily and openly counselled him the contrary, and the young folk that counselled him to avenge himself and make war at once. She reminds him that he stands alone against three powerful enemies, whose kindred are numerous and close, while his are fewer and remote in relationship; that only the judge who has jurisdiction in a case may take sudden vengeance on any man; that her husband’s power does not accord with his desire; and that, if he did take vengeance, it would only breed fresh wrongs and contests. As to the causes of the wrong done to him, she holds that God, the causer of all things, has permitted him to suffer because he has drunk so much honey of sweet temporal riches, and delights, and honours of this world, that he is drunken, and has forgotten Jesus Christ his Saviour; the three enemies of mankind, the flesh, the fiend, and the world, have entered his heart by the windows of his body, and wounded his soul in five places—that is to say, the deadly sins that have entered into his heart by the five senses; and in the same manner Christ has suffered his three enemies to enter his house by the windows, and wound his daughter in the five places before specified. Meliboeus demurs, that if his wife’s objections prevailed, vengeance would never be taken, and thence great mischiefs would arise; but Prudence replies that the taking of vengeance lies with the judges, to whom the private individual must have recourse. Meliboeus declares that such vengeance does not please him, and that, as Fortune has nourished and helped him from his childhood, he will now assay her, trusting, with God’s help, that she will aid him to avenge his shame. Prudence warns him against trusting to Fortune, all the less because she has hitherto favoured him, for just on that account she is the more likely to fail him; and she calls on him to leave his vengeance with the Sovereign Judge, that avengeth all villainies and wrongs. Meliboeus argues that if he refrains from taking vengeance he will invite his enemies to do him further wrong, and he will be put and held over low; but Prudence contends that such a result can be brought about only by the neglect of the judges, not by the patience of the individual. Supposing that he had leave to avenge himself, she repeats that he is not strong enough, and quotes the common saw, that it is madness for a man to strive with a stronger than himself, peril to strive with one of equal strength, and folly to strive with a weaker. But, considering his own defaults and demerits—remembering the patience of Christ and the undeserved tribulations of the saints, the brevity of this life with all its trouble and sorrow, the discredit thrown on the wisdom and training of a man who cannot bear wrong with patience—he should refrain wholly from taking vengeance. Meliboeus submits that he is not at all a perfect man, and his heart will never be at peace until he is avenged; and that as his enemies disregarded the peril when they attacked him, so he might, without reproach, incur some peril in attacking them in return, even though he did a great excess in avenging one wrong by another. Prudence strongly deprecates all outrage or excess; but Meliboeus insists that he cannot see that it might greatly harm him though he took a vengeance, for he is richer and mightier than his enemies, and all things obey money. Prudence thereupon launches into a long dissertation on the advantages of riches, the evils of poverty, the means by which wealth should be gathered, and the manner in which it should be used; and concludes by counselling her husband not to move war and battle through trust in his riches, for they suffice not to maintain war, the battle is not always to the strong or the numerous, and the perils of conflict are many. Meliboeus then curtly asks her for her counsel how he shall do in this need; and she answers that certainly she counsels him to agree with his adversaries and have peace with them. Meliboeus on this cries out that plainly she loves not his honour or his worship, in counselling him to go and humble himself before his enemies, crying mercy to them that, having done him so grievous wrong, ask him not to be reconciled. Then Prudence, making semblance of wrath, retorts that she loves his honour and profit as she loves her own, and ever has done; she cites the Scriptures in support of her counsel to seek peace; and says she will leave him to his own courses, for she knows well he is so stubborn, that he will do nothing for her. Meliboeus then relents; admits that he is angry and cannot judge aright; and puts himself wholly in her hands, promising to do just as she desires, and admitting that he is the more held to love and praise her, if she reproves him of his folly.]
Entonces doña Prudencia le descubrió todo su consejo y su voluntad, y le dijo:
«Os aconsejo —dijo ella—, por encima de todas las cosas, que hagáis la paz entre Dios y vos, y os reconciliéis con Él y con su gracia; pues, como ya os he dicho aquí antes, Dios ha permitido que tengáis esta tribulación y enfermedad a causa de vuestros pecados; y si hacéis como os digo, Dios os enviará a vuestros adversarios y hará que caigan a vuestros pies, listos para cumplir vuestra voluntad y vuestro mandamiento. Pues Salomón dice: “Cuando la condición del hombre es agradable y grata a Dios, Él cambia los corazones de los adversarios del hombre y los constriñe a rogarle paz y gracia”. Y os ruego que me dejéis hablar con vuestros adversarios en lugar privado, pues no sabrán que es por vuestra voluntad o vuestro consentimiento; y entonces, cuando conozca su voluntad y su intención, podré aconsejaros con mayor seguridad».
«Señora —dijo Melibeo—, haced vuestra voluntad y vuestro gusto, pues me pongo enteramente en vuestra disposición y ordenanza».
Entonces doña Prudencia, cuando vio la buena voluntad de su marido, meditó y se aconsejó a sí misma, pensando cómo podría llevar este asunto a un buen fin. Y cuando vio su momento, hizo llamar a estos adversarios para que acudieran a ella en un lugar privado, y les expuso con sabiduría los grandes bienes que se derivan de la paz, y los grandes daños y peligros que hay en la guerra; y les dijo, de manera amable, cómo debían estar muy arrepentidos de las ofensas y los agravios que le habían hecho a Melibeo, su señor, así como a ella y a su hija.
Y cuando oyeron las gratas palabras de doña Prudencia, quedaron entonces sorprendidos y embelesados, y sintieron tan gran alegría por ella que era maravilla contarla.
«¡Ay, señora —dijeron—, nos habéis mostrado la bendición de la dulzura, según el dicho del profeta David!; pues la reconciliación que no somos dignos de tener de ningún modo, sino que deberíamos suplicarla con gran contrición y humildad, vos, por vuestra gran bondad, nos la habéis presentado. Ahora vemos bien que la ciencia y la sabiduría de Salomón son del todo verdaderas; pues dice que las palabras dulces multiplican y aumentan los amigos, y hacen que los malvados sean apacibles y mansos. Ciertamente, ponemos nuestra acción, y todo nuestro asunto y causa, por entero en vuestra buena voluntad, y estamos listos para obedecer las palabras y el mandato de mi señor Melibeo. Y por tanto, amada y benigna señora, os rogamos y os suplicamos tan humildemente como podemos y sabemos, que os plazca, en vuestra gran bondad, cumplir en los hechos vuestras hermosas palabras. Pues consideramos y reconocemos que hemos ofendido y agraviado a mi señor Melibeo sin medida, hasta el punto de que no tenemos el poder de hacerle enmienda; y por ello nos obligamos y nos comprometemos, a nosotros y a nuestros amigos, a hacer toda su voluntad y su mandato. Mas tal vez él abrigue tanta pesadumbre y tanta ira hacia nosotros, a causa de nuestra ofensa, que nos imponga una pena que no podamos soportar ni sostener; y por tanto, noble señora, suplicamos a vuestra piedad de mujer que toméis tal consejo en este trance, que ni nosotros ni nuestros amigos seamos desheredados y destruidos por nuestra insensatez».
“Ciertamente —dijo Prudencia—, es cosa difícil y muy peligrosa que un hombre se entregue por completo al arbitraje, al juicio, al poder y a la potestad de su enemigo.
Pues Salomón dice: ‘Créeme, y da crédito a lo que te diré: ni a tu hijo, ni a tu mujer, ni a tu amigo, ni a tu hermano des jamás poder ni señorío sobre tu cuerpo, mientras vivas’.
Ahora bien, puesto que prohíbe que un hombre dé a su hermano, ni a su amigo, el poder sobre su cuerpo, con mayor razón prohíbe e inhibe que un hombre se entregue a su enemigo.
Y, sin embargo, os aconsejo que no desconfiéis de mi señor; pues bien sé y tengo la certeza de que es afable y manso, generoso, cortés y en nada deseoso ni envidioso de bienes ni riquezas: ya que no hay nada en este mundo que desee salvo el honor y la gloria.
Además sé muy bien, y estoy muy segura, de que no hará nada en este trance sin mi consejo; y de tal manera obraré en este asunto que, por la gracia de nuestro Señor Dios, seréis reconciliados con nosotros”.
Entonces dijeron a una voz: «Señora respetable, ponemos a su entera disposición nuestras personas y nuestros bienes, y estamos listos para venir el día que a su nobleza le plazca señalarnos o asignarnos, para redactar nuestra obligación y fianza, tan firme como a su bondad le agrade, a fin de que podamos cumplir la voluntad de usted y de mi señor Melibeo».
Cuando la señora Prudencia hubo oído la respuesta de estos hombres, les mandó que se fueran de nuevo en secreto, y ella regresó junto a su señor Melibeo, y le contó cómo había hallado a sus adversarios llenos de arrepentimiento, reconociendo con gran humildad sus pecados y ofensas, y cómo estaban dispuestos a sufrir cualquier pena, suplicándole y rogándole misericordia y piedad.
Entonces dijo Melibeo: «Bien digno es de tener perdón y remisión de su pecado aquel que no excusa su pecado, sino que lo reconoce y se arrepiente, pidiendo indulgencia. Pues dice Séneca: “Hay remisión y perdón allí donde hay confesión, pues la confesión es vecina de la inocencia”. Y por tanto, consiento y me confirmo en hacer las paces, pero es bueno que no hagamos nada sin el asentimiento y la voluntad de nuestros amigos».
Entonces se alegró mucho y con gran gozo Prudencia, y dijo: «Ciertamente, señor, estáis bien y prudentemente aconsejado; pues así como por el consejo, el asentimiento y la ayuda de vuestros amigos habéis sido incitados a vengaros y a hacer la guerra, así también sin su consejo no os aveniréis ni haréis las paces con vuestros adversarios. Pues dice la ley: “No hay nada tan natural en su modo de ser como que una cosa sea desatada por aquel que la ató”».
Y luego Melibea, sin dilación ni tardanza, envió incontinenti a sus mensajeros por sus parientes y por sus viejos amigos, que eran leales y sabios; y les contó por orden, en presencia de Melibeo, todo este asunto, tal como arriba queda expresado y declarado; y les rogó que quisieran dar su parecer y consejo sobre qué era lo mejor que se debía hacer en esta necesidad.
Y cuando los amigos de Melibeo hubieron tomado su consejo y deliberación sobre el asunto antedicho, y lo hubieron examinado con gran celo y gran diligencia, dieron fiel consejo de tener paz y sosiego, y de que Melibeo recibiera de buen corazón a sus adversarios otorgándoles perdón y misericordia.
Y cuando doña Prudencia hubo escuchado que el asentimiento de su señor Melibeo y el consejo de sus amigos concordaban con su voluntad y su intención, se alegró maravillosamente en su corazón, y dijo:
“Hay un viejo proverbio que dice: ‘El bien que puedas hacer hoy, hazlo, y no aguardes ni lo demores para mañana:’ y por tanto os aconsejo que enviéis a vuestros mensajeros, que sean discretos y sabios, a vuestros adversarios, diciéndoles de vuestra parte que, si quieren tratar de paz y de concordia, se dispongan, sin dilación ni tardanza, a venir a nosotros”.
Cosa que fue cumplida en verdad.
Y cuando estos ofensores y gentes arrepentidas de sus locuras, es decir, los adversarios de Melibeo, hubieron escuchado lo que estos mensajeros les dijeron, se pusieron muy alegres y gozosos, y respondieron con mucha mansedumbre y benignidad, rindiendo gracias y gratitud a su señor Melibeo y a toda su compañía; y se dispusieron sin tardanza a marchar con los mensajeros y a obedecer el mandamiento de su señor Melibeo.
Y al punto tomaron su camino hacia la corte de Melibeo, y llevaron consigo a algunos de sus amigos fieles para que ofrecieran fe por ellos y para que fueran sus fiadores.
Y cuando llegaron a la presencia de Melibeo, les dijo estas palabras:
«La cosa está así —dijo Melibeo—, y es verdad que vosotros, sin causa, sin habilidad y sin razón, habéis cometido grandes agravios e injurias contra mí, y contra mi esposa Prudencia, y también contra mi hija; pues habéis entrado en mi casa por la fuerza y habéis cometido tal tropelía, que todo el mundo sabe bien que habéis merecido la muerte: y por tanto quiero saber y enterarme de vosotros si pondréis el castigo, la punición y la venganza de esta tropelía en la voluntad mía y de mi esposa, ¿o no lo haréis?».
Entonces el más sabio de los tres respondió por todos ellos, y dijo:
«Señor —dijo él—, bien sabemos que no somos dignos de llegar a la corte de tan gran señor y tan digno como vos sois, pues tanto nos hemos equivocado, y de tal manera hemos ofendido y delinquido contra vuestro alto señorío, que verdaderamente hemos merecido la muerte. Mas aún por la gran bondad y benignidad que todo el mundo atestigua de vuestra persona, nos sometemos a la excelencia y benignidad de vuestro gracioso señorío, y estamos listos para obedecer todos vuestros mandamientos, suplicándoos que, con vuestra misericordiosa piedad, consideréis nuestro gran arrepentimiento y humilde sumisión, y nos concedáis el perdón de nuestra desaforada transgresión y ofensa; pues bien sabemos que vuestra liberal gracia y misericordia se extienden más allá en la bondad de lo que nuestra desaforada culpa y transgresión lo hacen en la maldad, no obstante que maldita y condenadamente hayamos delinquido contra vuestro alto señorío».
Entonces Melibeo los levantó del suelo muy benignamente, y recibió sus obligaciones y sus fianzas, mediante sus juramentos sobre sus prendas y garantes, y les asignó un cierto día para regresar a su corte a fin de recibir y aceptar la sentencia y el juicio que Melibeo ordenaría que se ejecutara en ellos por las causas antes dichas; dispuestas estas cosas, cada hombre regresó a su casa.
Y cuando aquella señora Prudencia vio su oportunidad, interrogó y preguntó a su señor Melibeo, qué venganza pensaba tomar de sus adversarios. A lo que Melibeo respondió y dijo:
«Ciertamente —dijo él—, pienso y me propongo firmemente desheredarlos de todo cuanto jamás han tenido, y desterrarlos para siempre jamás».
«Ciertamente —dijo la señora Prudencia—, esta sería una sentencia cruel y muy contraria a la razón. Pues sois suficientemente rico, y no tenéis necesidad de los bienes ajenos; y fácilmente podríais ganar de este modo fama de covendido, lo cual es cosa viciosa y debe ser evitada por todo hombre de bien: pues, según dice el Apóstol, la codicia es la raíz de todos los males. Y por tanto, os sería mejor perder gran parte de vuestro propio haber que tomar el de ellos de esta manera. Pues más vale perder el haber con honor, que ganar el haber con villanía y vergüenza. Y todo hombre debe poner su diligencia y su empeño en granjearse buena fama. Y aún no solo deberá afanarse en guardar su buena fama, sino que también deberá esforzarse siempre en hacer algo con lo cual pueda renovar su buena fama; pues está escrito que la antigua buena fama de un hombre pronto se desvanece y pasa cuando no se renueva.
Y en cuanto a eso que decís, de que exiliaréis a vuestros adversarios, me parece muy contrario a la razón y desmedido, considerando el poder que ellos os han otorgado sobre sí mismos. Y está escrito que es digno de perder su privilegio quien usa mal de la fuerza y el poder que le son dados. Y supongamos que pudierais imponerles tal pena por derecho y por ley (lo cual creo que no podéis hacer), os digo que quizá no podríais llevarla a ejecución, y entonces sería probable que se volviera a la guerra como antes.
Y por tanto, si queréis que los hombres os obedezcan, debéis sentenciar con más clemencia, es decir, debéis dictar sentencias y juicios más benignos. Pues está escrito: “Aquel que manda con mayor clemencia, es a quien más obedecen los hombres”. Y por tanto os ruego que, en esta necesidad y en este apuro, os dispongáis a vencer vuestro corazón. Pues dice Séneca que el que vence a su corazón, vence dos veces. Y dice Tulio: “No hay nada tan loable en un gran señor como cuando es benigno y manso, y se apacigua fácilmente”.
Y os ruego que ahora os abstengáis de tomar venganza de tal manera que vuestra buena fama pueda ser guardada y conservada, y que los hombres tengan causa y motivo para alabar vuestra piedad y vuestra misericordia; y que no tengáis causa para arrepentiros de lo que hagáis. Pues dice Séneca: “Vence de mala manera aquel que se arrepiente de su victoria”. Por lo cual os ruego que deis cabida a la misericordia en vuestro corazón, al efecto y fin de que Dios Todopoderoso tenga misericordia de vos en su juicio final; pues san Pablo dice en su Epístola [Santiago]: “Juicio sin misericordia se hará con aquel que no haya tenido misericordia de otra criatura”».
Cuando Melibeo hubo oído las grandes habilidades y razones de la señora Prudencia, y su sabia información y enseñanza, su corazón se inclinó a la voluntad de su esposa; considerando su recta intención, se conformó al punto y consintió plenamente en obrar según su consejo, y dio gracias a Dios, de quien procede toda bondad y toda virtud, por haberle enviado una esposa de tan gran discreción.
Y cuando llegó el día en que sus adversarios debían aparecer en su presencia, les habló con gran bondad y de esta manera:
“Aunque por vuestro orgullo, vuestra altanería y necedad, y por vuestra negligencia e ignorancia, os hayáis portado mal y hayáis cometido agravio contra mí, sin embargo, puesto que veo y contemplo vuestra gran humildad, y que estáis arrepentidos y dolidos de vuestras culpas, ello me obliga a mostraros gracia y misericordia. Por lo cual os recibo en mi gracia y os perdonareis enteramente todas las ofensas, injurias y agravios que habéis cometido contra mí y los míos, con este efecto y este fin: que Dios, en su misericordia infinita, nos perdone en la hora de nuestra muerte las culpas con que le hemos ofendido en este mundo miserable; pues sin duda, si estamos arrepentidos y dolidos de los pecados y culpas en que hemos incurrido ante los ojos de nuestro Señor Dios, él es tan generoso y misericordioso que nos perdonará nuestras culpas y nos llevará a la bienaventuranza que jamás tiene fin”.
Amén.