Hay dos fuerzas especiales por el lado judío que alimentan y exasperan la inevitable fricción entre la raza judía y sus huéspedes. Será conveniente ocuparse de estas antes de pasar a las fuerzas correspondientes de nuestro lado. Pues para hallar un remedio es necesario diagnosticar la enfermedad.
Las dos principales fuerzas judías que exasperan y mantienen la sensación de fricción entre los judíos y sus anfitriones son, en primer lugar, la dependencia judía del secretismo y, en segundo lugar, la expresión judía de superioridad.
- La dependencia judía del secreto
Lamentablemente, se ha convertido ya en un hábito para tantas generaciones, hasta el punto de pasar casi a ser un instinto en todo el cuerpo judío, el confiar en el arma del secreto.
- Sociedades secretas,
- un idioma mantenido en lo posible en secreto,
- el uso de nombres falsos para ocultar movimientos secretos,
- relaciones secretas entre varias partes del cuerpo judío:
todas estas y otras formas de secreto se han convertido en el método nacional. Es un método deplorable, no porque su indignidad y falsedad degraden al judío —eso no es asunto nuestro— sino más bien debido a los malos efectos que esta política produce en nuestras relaciones mutuas.
Alimenta e intensifica el antagonismo ya suscitado por el contraste racial.
Pero antes de ir más allá, es fundamental ser justos; porque nadie entiende nada si lo ataca injustamente.
El hábito judío del secreto —la adopción de nombres falsos y la simulación de un origen no judío por parte de los individuos, el ocultamiento de parentescos y todo lo demás— ha surgido presumiblemente de la experiencia de la raza.
Póngase un hombre en el lugar del judío y verá cuán fundada es esa presunción.
Una raza dispersa, perseguida, a menudo desdeñada, siempre sospechosa y casi siempre odiada por aquellos entre los cuales se mueve, se ve abocada por algo parecido a una fuerza física al uso de métodos secretos.
Tomemos el caso particular de los nombres falsos. Nos parece sumamente odioso. Creemos que, al mostrar nuestro desprecio por quienes recurren a este subterfugio, no hacemos sino darles lo que se merecen. Es una mezquindad que asociamos con los criminales y los vagabundos; una vileza rastrera y solapada. Sospechamos que quienes lo practican desean ocultar algo que los cubriría de ignominia si se supoiese, o bien engañar a sus semejantes en los negocios mediante una forma de falsedad.
Pero el judío tiene otros y mejores motivos. Como uno de los miembros de su comunidad me dijo con gran fuerza, cuando traté el asunto con él hace muchos años en una cena en la City: «Cuando trabajamos bajo nuestros propios nombres, nos insultáis por ser judíos. Cuando trabajamos bajo vuestros nombres, nos insultáis por falsificadores».
El judío se ha sentido a menudo tan en desventaja al declararse tal, que se ha visto medio obligado, o en todo caso gravemente tentado, a cometer una bajeza que nunca supuso una tentación para nosotros. Sin embargo, todo este código cuidadosamente dispuesto de apellidos asumidos (Stanley por Salomón, Curzon por Cohen, Sinclair por Slezinger, Montague por Moisés, Benson por Benjamín, etc., etc.) tuvo su origen en eso.
El judío puede alegar algo más en atenuación de esta práctica.
Los apellidos no surgieron de forma natural entre ellos, como entre nosotros, en el transcurso de la Edad Media. El judío conservó, como nosotros conservamos durante mucho tiempo en las clases medias y bajas de la sociedad europea, el sencillo hábito de poseer un solo nombre de pila y diferenciar a un hombre de sus semejantes introduciendo el nombre de su padre.
- Así, un judío del siglo XVI era Moisés ben Salomón, del mismo modo que el antepasado de los Cromwell de la misma generación era Williams ap Williams.
- No tenía lo que llamamos un apellido o nombre de familia.
Del mismo modo, hasta fechas diversas, tempranas en Francia, Inglaterra y otros países occidentales, y mucho más tardías en Gales, Bretaña, Polonia y los países eslavos del Este, un hombre era conocido únicamente por su nombre de pila, distinguido, si era necesario, mencionando también el nombre de su padre o, en algunos casos, de su tribu.
Propiamente hablando, los judíos no tienen apellidos, y pueden decir con toda justicia:
«Dado que se nos obligó a adoptar apellidos de forma arbitraria (lo que ocurrió en los territorios alemanes y a veces también en otros lugares), no podéis reprocharnos que no le concedamos ninguna santidad en particular a la costumbre».
Si un judío con un nombre judío sencillo se vio obligado por una fuerza ajena a adoptar el nombre de fantasía de Campo de Flores (Flowerfield), es sin duda libre de cambiar ese nombre de fantasía, del cual no es responsable, por cualquier otro que elija.
Había una buena razón para que el Gobierno le impusiera un nombre. Solo así podía ser registrado y sus acciones rastreadas. Pero fue impuesto, y por lo tanto, para él, no es moralmente vinculante.
Todo esto es verdad, pero queda un elemento que no puede explicarse mediante tales pretextos. Hay en la experiencia de todos nosotros, una experiencia repetida indefinidamente, hombres que no tienen excusa alguna para usar un nombre falso, salvo la ventaja del engaño.
Hombres cuyo origen es universalmente conocido adoptarán sin rubor un nombre falso como máscara y, al cabo de un año o dos, pretenderán tomarlo como un insulto si su nombre original y verdadero es utilizado en su lugar. Este es particularmente el caso de las grandes familias financieras.
Algunos, en verdad, tienen el orgullo de mantener el patronímico original y se niegan a cambiarlo en ninguno de sus descendientes. Pero la gran masa de ellos oculta sus relaciones mutuas adoptando toda clase de títulos fantásticos, y no puede haber otro propósito en semejante proceder que el propósito del engaño.
Admito que es una forma de protección, y admito especialmente que en su origen pudo haber derivado principalmente de una necesidad de autoprotección. Pero sostengo que hoy en día la práctica no le hace más que daño al judío. Hay otras razas que han sufrido persecución, muchas de ellas, a lo largo y ancho del mundo, y no encontramos en ellas un hábito universal de este tipo.
Una vez más, ¿quién puede decir que llevar un nombre judío hoy en día, o al menos en el pasado inmediato, sea o haya sido una desventaja en el comercio en lo que respecta a las naciones occidentales? Y en cuanto a las naciones orientales, los judíos allí están tan marcadamente diferenciados que un nombre falso no puede servir de nada meramente para ocultar el carácter racial de quien lo lleva. Debe de haber otro motivo presente.
Los mismos argumentos se aplican a favor y en contra de otras formas de secreto. Un hombre puede alegar que, de no mantenerse el secreto en las relaciones, la aversión hacia los judíos daría lugar a acusaciones falsas.
El judío es sumamente individual, especialmente en los asuntos intelectuales. Sigue su propio camino. Expresa sus opiniones con un valor singular. Y esas opiniones individuales a menudo diferirán radicalmente de las de aquellos hombres con quienes está más estrechamente relacionado.
«¿Por qué —puedo entender que diga algún distinguido publicista judío en Inglaterra— he de verme comprometido porque la gente sepa que tal o cual bolchevique en Moscú o en Nueva York es mi primo o mi sobrino? Soy de temperamento conservador; siempre he servido fielmente al Estado en el que vivo; repruebo de corazón las opiniones y acciones de esta gente. Si se conociera mi parentesco con ellos, caería bajo la prohibición general. Eso sería injusto. Por lo tanto, mantengo el parentesco en secreto».
La súplica es razonable, pero no abarca todo el terreno. No es suficiente para explicar, por ejemplo, la costumbre de ocultar las relaciones entre hombres igualmente distinguidos y igualmente aprobados en las diferentes sociedades en las que se mueven. No explica por qué debemos quedar en la ignorancia del hecho de que un hombre al que tratamos como al mejor de los ciudadanos deba ocultar su vínculo con otro hombre a quien se trata con igual honor en otro país.
Hay ocasiones en las que los conflictos nacionales hacen que el asunto sea explicable. Un judío en Inglaterra con un hermano en Alemania y un padre en Constantinopla bien podría ser disculpado en 1915 por llamarse a sí mismo Montmorency.
Aun así, observamos que a menudo, allí donde hay mayor necesidad de ocultar el vínculo, el vínculo no se oculta en absoluto. Por el contrario, se anuncia abiertamente. Todos recordamos el nombre de un financista judío que fue tratado de la manera más injusta durante la guerra. Había servido fielmente a este país y la ruptura de su vínculo con él fue (al menos para mí, y creo que para la mayoría de las personas que pueden juzgar el asunto) algo muy malo para Gran Bretaña en el conflicto. Sin embargo, no hubo aquí ningún cambio de nombre ni ningún intento de ocultar el vínculo entre él y su hermano, quien defendía, en otra capital, la política financiera de nuestros enemigos.
Nuevamente, los Rothschild, presentes en las diversas capitales de Europa, nunca han pretendido ocultar sus relaciones mutuas, y nadie ha pensado peor de ellos, ni esta práctica abierta ha disminuido en modo alguno su poder financiero.
Debe haber algo más que la necesidad en juego; sugiero que hay algo parecido al instinto, o, en todo caso, una tradición heredada tan fuerte que recurrir a ella resulta natural.
Ahora bien, no se insistirá nunca con demasiada fuerza en que el secreto bajo cualquiera de estas formas —trabajar a través de sociedades secretas, usar nombres falsos, ocultar relaciones, negar el origen judío— exaspera especialmente a esta, nuestra propia raza, entre la cual los judíos se encuentran arrojados en su dispersión.
Invariablemente se descubre, tarde o temprano, y siempre que se descubre, los hombres experimentan el sentimiento airado de haber sido engañados, incluso en los casos en que la práctica es de lo más inocente y no es más que la continuación de algo parecido a un ritual.
Dudo que los judíos tengan idea de cuán fuertemente obra esta fuerza en su contra.
Si un hombre dijera «me llamo fulano; mi padre nació en tal o cual lugar de Galicia; mi hermano sigue allí en tal o cual negocio», si nos contara todo eso, no sufriría porque más tarde apreciáramos que los miembros de su familia en el extranjero estaban relacionados con movimientos que desaprobamos: no, ni siquiera con un Gobierno en activa hostilidad con el nuestro.
Todo el mundo conoce la posición internacional del judío. Todo el mundo sabe que no puede eludir esa posición. Todo el mundo le concede margen por ello. Y creo que el abandono de este hábito de secreto no solo es posible, sino que redundaría en muy gran beneficio de toda la raza.
Quizás su forma más absurda (no su forma más peligrosa) sea el secreto mantenido por hombres distinguidos respecto a sus antepasados judíos. Ellos y sus parientes judíos a menudo lo suprimen por completo o, en el mejor de los casos, lo mencionan rara vez y de forma oscura. ¿Por qué actúan así?
Tomemos el caso de dos hombres al azar de entre cientos cuyos nombres son universalmente conocidos y respetados por la mayoría, el nombre de Charles Kingsley, el escritor, y el nombre de Moss-Booth, el fundador del Ejército de Salvación. He aquí dos hombres que en campos muy diferentes desempeñaron un papel importante en la vida inglesa y que debían su genio y casi toda su apariencia física a madres judías.
Habría pensado que era ventajoso para la raza judía y para los individuos en cuestión que este hecho fuera ampliamente conocido. Las habilidades literarias de Charles Kingsley, las habilidades organizativas y de otro tipo de Booth no disminuyen a los ojos de la gente, sino que, en todo caso, se realzan con el conocimiento de su verdadero linaje. Sin embargo, la mención de ese linaje se trata como si fuera una especie de insulto. Lo he oído arrancar en algún ruego apasionado a favor de la raza judía como prueba de que no carecen de capacidades, pero nunca publicado de forma general.
Ciertamente sería más sensato enfatizar en todos los casos posibles el origen judío o parcialmente judío de los hombres que se han distinguido, y mostrar así la gran deuda que los europeos tienen con la sangre judía.
Tratar el asunto como una especie de laberinto sagrado, como un templo misterioso al que de vez en cuando se nos permite echar un vistazo, es ridículo. Los judíos no pueden tener su pastel y comérselo también. Si es —como sin duda debe ser— motivo de orgullo para ellos pertenecer a una sangre que consideran superior y a una tradición de tan inmensa antigüedad, entonces no puede ser al mismo tiempo motivo de ofensa.
Sin embargo, la convención es mantenida desesperadamente por los propios judíos. Si un hombre me dice que odia a los ingleses, y en respuesta le digo: «Eso es porque eres irlandés», no se me echa al cuello. Considera natural que la historia del gobierno inglés en Irlanda excuse su expresión. Lejos de sentirse insultado por que lo llamen irlandés, se sentiría insultado si le dijeran que no es irlandés. Y así ocurre con muchas otras nacionalidades que han sufrido opresión y persecución.
No encuentro ninguna base racional para una política contraria en el caso de los judíos. Además, esta costumbre causa este otro daño: hace que los hombres atribuyan un carácter judío a cualquier cosa que les disguste y, por lo tanto, extiende inmerecidamente el oprobio contra la raza.
Un movimiento extranjero contra la propia nación, una figura pública impopular, una doctrina detestada, son tildados de «judíos» y el campo del odio, ya peligrosamente amplio, se amplía indefinidamente.
Inútil es decir: «Los judíos no admiten la conexión, los nombres no son judíos, no hay un elemento judío manifiesto». Él responde: «Los judíos nunca admiten tal conexión; es sabido que los judíos se ocultan bajo falsos nombres; la acción judía nunca es manifiestista».
Y —tal como están las cosas, hasta que cambien— no hay cómo negar lo que dice. Su juicio podrá ser tan descabellado como se quiera (¡he oído llamar judíos a los partidarios del Sinn Féin!), pero, mientras se mantenga este maldito hábito del secreto, no hay forma de corregir tal juicio. Una sospecha universal se engendra y se propaga.
Mientras tanto, el mismo vicio arrastra a la luz pública cada acto y nombre judío de mal tono y deja en la oscuridad los nombres honrados y las útiles acciones públicas de los judíos. Porque un nombre falso, como una falsificación, se anuncia a sí mismo.
No siempre se reconoce en este sentido que las «plétoras» judías, que son una causa tan fecunda de exasperación, dependen de esta misma política de ocultamiento y, por esa razón, aumentan el volumen de ira a medida que se descubre cada nuevo truco.
No que los objetos de estas campañas mundiales sean indignos de atención. El actor judío, o estrella de cine, o escritor o científico seleccionado suele ser talentoso; la víctima de injusticia cuyo caso se anuncia a bombo y platillo tiene a menudo una queja genuina. Pero [el problema es] que la atención exigida está totalmente desproporcionada y que su dependencia de la organización judía se mantiene siempre oculta.
Y tanto por lo que se refiere al elemento de acción secreta. Mucho más podría escribirse al respecto, pero hay dos razones en contra de explayarse en ello:
- Primero, una discusión exhaustiva ocuparía demasiado espacio;
- segundo, tendería a añadir lo que particularmente deseo evitar en estas páginas, me refiero a insistir en los errores del judío.
Perpetuaría una disputa, cuyo objetivo entero es encontrar la paz.
- La expresión de superioridad por parte del judío
Se trata de una cuestión muy distinta. El mero sentido de superioridad no es algo respecto de lo cual pueda recomendarse ninguna política especial, porque está ahí y no se puede remediar. Es parte de toda la situación. Pero es posible reprimir su expresión. Con ese fin, es útil definirlo, dejar constancia de él y evaluar su efecto en nuestro asunto.
El judío se siente individualmente superior a su coetáneo y vecino no judío de cualquier raza, y particularmente de la nuestra; el judío siente que su nación es immeasurably superior a cualquier otra comunidad humana, y particularmente a nuestras comunidades nacionales modernas en Europa.
La franca declaración de una verdad tan simple y fundamental rara vez se hace.
Sonará, me temo, escandalosa a muchos oídos. A muchos otros no les sonará tanto escandalosa como cómica, y a muchos más, desconcertante.
La idea de que el judío deba considerarse nuestro superior es algo tan incomprensible para nosotros que olvidamos la existencia de ese sentimiento.
Si se reitera constantemente, con el propósito de lidiar con esta gran dificultad política, quizás se admita a regañadientes, pero aun así se mantiene como una especie de verdad anormal y desconcertante.
Sostengo que el olvido de esa verdad, el intento de resolver el problema sin que esa verdad permanezca constante y fija en la mente del estadista, es en muy gran medida la causa de nuestro fracaso en el pasado; y que la forma en que el judío actúa abiertamente en consecuencia, mediante sus gestos, tono, maneras y afirmación social, es un factor muy importante en el conflicto entre su raza y la nuestra.
Considere la actitud de la política de Estado en el pasado ante este conflicto vital. En cada una de tales actitudes, creo que se ha omitido la convicción judía de superioridad.
Pues las actitudes adoptadas por los estadistas europeos en el pasado hacia el elemento judío extranjero en medio de ellos han sido siempre de tres clases:—
(1) O bien han actuado como si no existiera una nación judía, como si el judío fuera meramente un ciudadano particular como cualquier otro que casualmente tenía opiniones y costumbres peculiares propias, pero que no se diferenciaba sustancialmente de los hombres que lo rodeaban.
(2) O han intentado suprimir, expulsar o destruir al judío con ignominia y violencia.
(3) O bien, al reconocer la existencia de la nación judía como algo separado de sus propios conciudadanos a quienes deben administrar, los estadistas han tratado de llegar a un equilibrio mediante una especie de pacto en el que se reconocía la separación judía, pero bajo condiciones de incapacidad.
Ahora bien, en estos tres métodos está ausente todo reconocimiento del sentimiento judío de superioridad.
En el primero falta obviamente porque falta por completo la idea de una nación judía.
Falta con la misma evidencia en el segundo método, el de la persecución: el perseguidor actúa instintivamente como si el judío se sintiera inferior.
En el tercer método también está ausente, no en la teoría sino en la práctica. Pues los estadistas que han actuado así en el pasado no han intentado dar a los judíos un estatus separado únicamente, sino que de hecho casi siempre les han dado un estatus inferior.
Al hacerlo, han exasperado el sentimiento nacional judío.
Por ejemplo, ciertas naciones han tratado a los judíos como un pueblo separado, como extranjeros, prohibiéndoles la residencia sin trabas e imponiendo el registro obligatorio. Pero a la hora de pagar impuestos o de la exención del servicio militar, entonces no había ningún reconocimiento especial del judío.
Existe en verdad una cuarta actitud que ha aparecido ocasionalmente en la historia cuando los Estados han estado en decadencia activa o han caído en manos de hombres viles y débiles, y es la adulación exagerada y el apoyo a unos cuantos judíos ricos y poderosos por parte de administradores sobornados o acobardados. De eso estamos sufriendo hoy.
Pero estos casos excepcionales (que siempre han conducido al desastre nacional) no forman una verdadera categoría de estadistas en este asunto. Ni siquiera hay en aquellos que de este modo benefician realmente a unos pocos judíos por encima de sus propios conciudadanos, y les otorgan un protagonismo y un poder especiales, un reconocimiento del sentido de superioridad judío, sino más bien un odio secreto hacia sus amos judíos.
Amargo como es en todas partes el ataque secreto a los judíos por parte de quienes se han sometido por lucro o publicidad, no lo es en ninguna parte tanto como en el discurso privado de los políticos.
Parecería, ante la presencia de tantos fracasos políticos, y teniendo todos estos fracasos en común la no consideración de este sentimiento judío, que el éxito nunca podrá lograrse a menos que lo tengamos plenamente en cuenta.
Sostengo que nunca habrá paz entre ninguna minoría judía extranjera y la comunidad en la que le toque residir hasta que aquellos que administren dicha comunidad acepten plenamente este estado mental judío, y eviten cuidadosamente exasperarlo.
En el arte de gobernar, como en cualquier otra forma de actividad humana, la definición exacta es de primordial importancia. Debemos distinguir desde el principio entre este sentido judío de superioridad y cualquier superioridad real. Al estadista no le concierne la rectitud o incorrección de la actitud judía. Puede ser una ilusión absurda o puede ser una visión de extrema profundidad. No tiene nada que ver con eso.
Una vez convencido de que la pequeña y totalmente ajena minoría debe ser tolerada y se le debe permitir vivir lo más felizmente posible en medio de una comunidad de la que difiere tan profundamente, su siguiente deber es conocer a fondo la naturaleza del material sobre el cual actúa y con el cual tiene que tratar.
Puede sonreír ante el sentimiento de superioridad judío; incluso puede sentirse indignado en privado; pero debe estar muy seguro de que es una parte permanente de la nación con la que tiene que entenderse. Jamás desaparecerá.
El judío del East End de Londres, el más pobre de los pobres, se siente superior al magistrado ante el que es llevado, al policía que mantiene el orden en las calles, e inmensamente superior a los soldados y marineros de rostro sencillo, cuyo oficio es el más representativo de nuestra propia raza.
Incluso se siente superior a aquellos a quienes comprende mejor: los negociadores; las personas que se ganan la vida con la astucia. La expresión de nuestros rostros, nuestros gestos, nuestros modales; el hecho mismo de que nuestras mentes, menos agudas, sean también más amplias, confirman su sentimiento.
Esta idea fija de superioridad, que aparece en cada frase y en cada implicación, es dada por sentada por el judío. Lo siente, digo yo, el más pobre y oprimido, el menos rico y el más desdichado de los judíos entre nosotros.
Desafortunadamente —y este es el quid de la cuestión— pasa a una expresión desenfrenada. Es esto lo que causa un resentimiento tan violento. Es esto lo que agrava la disputa. Es esto lo que debe mantenerse bajo control si hemos de tener paz; no el sentimiento de superioridad, que es inerradicable, sino su expresión.
Aparece, como todos sabemos, con extraordinaria fuerza en la acción y los modales de los pocos judíos muy ricos con los que las clases dirigentes de la nación están más familiarizadas.
Pero ya sea un hombre rico que sufre únicamente a causa de un entorno ajeno y hostil, o un hombre pobre que sufre todas las fuerzas degradantes de la miseria, la destitución y el desprecio, el judío se siente el amo potencial de sus anfitriones y lo demuestra. Descansa en la misma confianza que sentía Disraeli cuando dijo:
«El judío no puede ser absorbido; no es posible que una raza superior sea absorbida por una inferior».
Pero desafortunadamente no solo descansa sobre ese cimiento; también actúa basándose en él, y eso es intolerable.
Debemos, repito, tener en cuenta este sentimiento en cualquier arreglo que hagamos; también tenemos que estudiar sus consecuencias. De lo contrario, nos veremos desconcertados por fenómenos que parecerían inexplicables. Pero no tenemos que tener en cuenta —por el contrario, debemos condenar activamente— una actitud abierta de desprecio judío hacia nosotros.
He aquí algunas de las consecuencias de esta abierta expresión de superioridad, consecuencias que todos descubrimos hoy en las relaciones entre el pueblo judío y nosotros, y que nos están conduciendo a una situación muy peligrosa para ellos y para nosotros.
Primero, se tiene ese manejo familiar de las cosas europeas por parte del judío, que continuamente despierta la ira del europeo y que continuamente deja al judío perplejo ante el posible daño que pueda haber hecho.
- Así, el judío escribirá sobre nuestra religión, dando por sentado que es una insensatez, y se maravillará de que nos ofendamos.
- Aparecerá en nuestras discusiones nacionales, no solo dando consejos, sino intentando dirigir la política, y se quedará desconcertado al descubrir que su indiferencia hacia el sentimiento nacional resulta molesta.
- Postulará el temperamento judío como algo que, si es diferente al nuestro, debe, nos guste o no, imponérsenos.
Él actúa en todas estas cosas como cualquiera actúa instintivamente en presencia de aquellos a quienes da por sentado que son inferiores, y cuando los hombres hablan de la «insolencia judía» o de la «mueca judía», implican esa actitud.
Nos equivocamos si tomamos estas cosas como un insulto premeditado. La acción del judío, en la medida en que procede de este sentimiento de superioridad, no es más premeditada ni más deliberadamente hostil que nuestras propias acciones siempre que nos hallamos en relación con aquellos a quienes consideramos inferiores a nosotros.
Pero estamos en lo cierto al señalarlas, al resentirlas, al reprocharlas y, si fuera necesario, al ponerles fin.
El problema judío nunca se resolverá a menos que hagamos concesiones ante el sentimiento de superioridad, lo demos por sentado como un mal inevitable y refrenemos nuestra indignación en su presencia; pero tampoco se resolverá si permitimos su expresión cada vez más abierta.
Otra consecuencia de esta actitud: el judío, a causa de ella, no hace ningún esfuerzo por ponerse en contacto con la masa de la raza en medio de la cual le toque vivir. Se contenta con permanecer separado de ella y piensa que no puede evitar permanecer separado de los demás. Y lo demuestra. Consiente en asociarse con la élite, con aquellos que dirigen, con aquellos que tienen algún tipo de función especial, pero le parece una pérdida de tiempo intentar la comunión con el resto. Y lo demuestra.
Eso fue lo que quiso decir Renan cuando afirmó que los judíos eran el pueblo menos democrático de todos. Renan, que fue respaldado por dinero judío y vivió, mientras realizaba su mejor obra, dependiendo de un editor judío; Renan, que estaba tan fascinado por la historia de Israel y que decidió convertirse él mismo en un erudito en todas las cosas hebraicas, no entendía en absoluto al judío. Sus juicios sobre ellos son invariablemente superficiales y ajenos a la verdad; los juicios de un extranjero: un extranjero admirador, pero no un extranjero comprensivo.
Y cuando dijo que los judíos no eran democráticos, en lugar de emitir un juicio sobre un instinto político íntimo del pueblo judío, se limitaba a señalar un fenómeno externo. Porque los judíos son, de hecho, profundamente democráticos —ninguna nación lo es más— en sus relaciones nacionales entre ellos; solo nos parecen undemocráticos porque nos desprecian abiertamente a nosotros, entre quienes viven.
Otra forma que adopta esa expresión abierta del sentimiento de superioridad entre los judíos: confiere a todas sus acciones en nuestro Estado una cierta seguridad y solidez que refuerza enormemente su poder de resistencia, sin duda, pero que también provoca sus desgracias.
El intérprete religioso de la historia diría que habían sido dotados especialmente de este sentido por la Providencia porque la Providencia pretendía que sobrevivieran como unidad nacional milagrosamente, a pesar de cualquier incapacidad; seguir siendo ellos mismos durante 2000 años en condiciones que habrían destruido a cualquier otro pueblo en tal vez un siglo: y aun así pretendía que sufrieran.
El racionalista dirá que la expresión de un sentimiento de superioridad y el poder de resistencia que lo acompaña no son sino nombres distintos para una misma cosa; que, de no ser por la presencia de esa expresión de superioridad, la resistencia no habría tenido éxito, y de no ser por la resistencia no habría podido haber persecución; que no hubo ningún diseño en el asunto, solo la presencia fortuita de una cualidad particular que ha producido su efecto necesario y lógico.
Pero sea cual fuere la verdadera explicación, el hecho histórico sigue siendo que este sentido de superioridad produjo una manifestación abierta y desmedida del mismo siempre que los judíos han tenido la libertad de dar rienda suelta a sus sentimientos, y que si bien esto ha tenido, como gran consecuencia, el fortalecimiento de la identidad, la permanencia y la supervivencia del pueblo judío, también ha tenido, como otra gran consecuencia, su opresión recurrentemente tras cada período de libertad.
Hay una última cosa que decir, la cual es casi imposible de decir sin el peligro de causar dolor y, por tanto, de confundir el problema y hacer más difícil su solución. Pero debe decirse porque, si la evitamos, el problema se confunde aún más. Es esta:
Si bien es indudablemente verdad, y siempre lo será, que un judío se siente superior a sus anfitriones, también es verdad que sus anfitriones se sienten inconmensurablemente superiores al judío. Solo podemos llegar a una solución justa y pacífica de nuestras dificultades recordando que el judío, a quien hemos dado un estatus especial y ajeno en la Mancomunidad, se considera a sí mismo en todo momento como nuestro superior.
Pero, por su parte, el judío debe reconocer, por muy desagradable que le sea tal reconocimiento, que aquellos entre los quienes vive y cuya inferioridad da por sentada, por su parte lo consideran algo mucho menor que ellos mismos.
Esa afirmación, bien lo sé, resultará tan pasmosa para el judío como su inversa nos resulta pasmosa a nosotros. Parecerá tan extraordinaria, tan increíble y todo lo demás; pero es verdad, y es una verdad permanente.
A menos que los judíos reconozcan esa verdad, el problema continuará indefinidamente. No hay europeo tan desdichado en su fortuna ni tan vil en su carácter que no se sienta superior a cualquier judío, por muy rico, muy poderoso y (temo tener que añadir) muy bueno que sea.
Es verdad que la virtud posee una superioridad propia que no puede ocultarse, y el europeo cruel, traicionero o libertino no puede evitar sentirse moralmente inferior a un judío que sea justo, dueño de sí mismo, misericordioso, generoso y todo lo demás. Pero ya sabemos cómo son los sentimientos nacionales. El estereotipo pesa más para nosotros que el individuo; y aunque podamos reconocer ciertas características superiores en el individuo, estamos pensando todo el tiempo en la raza, en la forma comunitaria, y contrastamos la nuestra con la forma ajena en detrimento de esta última.
Tan difícil le es al judío valorar este factor en el problema que su falta de apreciación ha sido una causa de dificultad en el pasado casi tan grande como esa misma falta de nuestra parte. Le parecemos insolentes cuando, a nuestros propios ojos, simplemente estamos actuando con normalidad como superiores.
¿Qué emoción no crea, me pregunto, en algún mercader o cambista judío que ha comprado un alto puesto directivo en nuestra plutocracia cuando descubre por el gesto, el tono, la expresión de algún pobre inglés cualquiera, tal vez un escritor mercenario y avergonzado sin más, un claro sentimiento de superioridad?
¿No debe parecerle una mera insolencia?
«¿Qué derecho posible» (se dirá para sus adentros) «tiene este goi, y un goi pobre y fracasado para colmo, de tratarme como si yo fuera menos que él! ¡Yo, que valgo millones, que gobierno y hago lo que quiero con sus propios líderes nacionales, que dispongo de su Estado más o menos como elijo, y que pertenezco a esa nación que está por encima de todas las demás, el pueblo judío?»
Por todas partes el judío descubre las consecuencias de este sentimiento, incluso aunque ese sentimiento sea para él tan incomprensible que apenas pueda admitir su existencia.
Pues, le guste o no admitirlo, está ahí. Puede que a judíos particulares se les adule por amor a su riqueza o debido al temor en que se encuentra una comunidad comercial. Aquellos judíos que confunden la palabra impresa actual que leen con las palabras habladas que nunca oyen pueden caer en el error de pensar que este sentido de superioridad por nuestra parte no existía. Se les debe advertir, si es que el problema ha de resolverse algún día, de que sí existe.
En el caso de ellos, exactamente igual que en el nuestro, solo se puede llegar a una solución justa mediante la franca admisión de que el sentimiento está ahí y con la firme certeza de que, ya sea dicho sentimiento una ilusión o represente una realidad, no va a cambiar; pero también mediante su represión en nuestras relaciones mutuas.
Podemos añadir a nuestro resumen de esta causa de perturbación, sutil pero profunda, la verdad adicional de que una paradoja de este tipo se encuentra, aunque tal vez con menos énfasis, en cualquier otro problema político.
- El diplomático residente en una capital extranjera tiene que considerar no solo su propia certeza de que sus anfitriones son inferiores, sino la certeza de ellos de su propia superioridad respecto a él y a los suyos.
- El general sobre el terreno puede estar seguro de su dominio sobre un adversario, pero si ese adversario aún no ha sido derrotado, hará mal en olvidar que se enfrenta a una confianza igual a la suya.
- Aún más actúa el negociador en el comercio según este principio y lo reconoce, o al menos, si no lo hace, se arriesga al desastre.
Porque cuando el hombre de negocios está ocupado en estafar a su prójimo, sus posibilidades de éxito dependen en gran medida de que trate a ese prójimo como si realmente fuera lo que cree ser. Puede estar tratando con un hombre estúpido y vano al que es fácil vencer y empobrecer, pero si deja ver que considera a su pretendida víctima como un hombre vano y estúpido, entonces perderá su trato.
En general, no hay éxito sobre los demás, ni siquiera (lo que es mucho más necesario) ningún acuerdo permanente posible con los demás, a menos que conozcamos, tengamos en cuenta y obremos en consecuencia del juicio propio de los demás, por muy erróneo que creamos que sea ese juicio propio.
Es evidente que en este conflicto entre el judío y, digamos, el europeo (pues se trata de un conflicto entre el judío y la raza blanca occidental, aunque el mismo problema surja con todas las demás razas entre las que el judío pueda encontrarse), ambas partes no pueden tener razón. Un ser superior a la raza humana que contemplara nuestras mezquinas disputas tal vez podría decidir cuál de los dos oponentes está más cerca de la realidad, y si nosotros estamos más justificados en nuestro desprecio hacia el judío o el judío en su desprecio hacia nosotros. Pero al buscar nuestra propia solución sin la ayuda de tal guía, no hay otra regla que la de que ambas partes den por sentado lo que cada una considera una ilusión en la otra; refrenar su expresión en aras de alcanzar un acuerdo; y, en el acuerdo al que lleguen, admitir como un factor necesaria y permanentemente presente lo que cada una sigue considerando en secreto una insensatez, pero una insensatez incurable, en la otra.
La alternativa a semejante autocontrol es una recaída en el viejo círculo de la sumisión, la ira consiguiente acompañada de vergüenza y violencia, y todo ello seguido de remordimiento.