organismo que la segrega, y considera el bien de ambas partes. En esta segunda política y amistosa, la palabra segregación (que tiene una mala connotación) puede ser reemplazada por la palabra reconocimiento.
Este libro ha sido escrito bajo la concepción de que todas las soluciones al problema judío, aparte de esta última, son impracticables, o moralmente malas, o ambas cosas.
Está escrito para abogar por una política en la que los judíos, por su parte, reconozcan abiertamente su nacionalidad totalmente separada y nosotros, por la nuestra, reconozcamos igualmente esa nacionalidad separada, la tratemos sin reservas como algo ajeno y la respetemos como una provincia de la sociedad ajena a la nuestra.
Está escrito bajo la convicción de que cualquier actitud que se quede corta respecto a esta directriz o que difiera mucho de ella engendrará pronto un desastre.
La solución por la vía de la destrucción no solo es abominable en lo moral, sino que ha demostrado ser fútil en la práctica. Ha sido la tentación constante de las masas populares en el pasado, cuando el problema judío ha llegado a un punto crítico, no una, sino mil veces en diversas partes de nuestra civilización durante los últimos veinte siglos.
Desde las despiadadas masacres de Cirenaica en el siglo segundo hasta los asesinatos más recientes en Ucrania, esa solución se ha intentado y ha fracasado. Invariablemente ha dejado tras de sí una espantosa herencia de odio por un lado y de vergüenza por el otro.
Ha sido condenada por todo hombre cuyo juicio merezca consideración y, en especial, por los grandes maestros morales de la cristiandad. A decir verdad, apenas constituye una política, pues es ciega. Es un gesto de mera exasperación y ni siquiera un gesto definitivo.