Sin embargo, la impresión es falsa y es la causa fecunda de los peores malentendidos.
Pues los judíos no son una nación rica, y el mismo hecho de que en la mente popular —y especialmente en la mente de los ricos en tiempos de corrupción— representen la riqueza, es un ejemplo de la forma en que se les malinterpreta y de cómo surge la injusticia hacia el judío.
Los judíos son una nación pobre. Un enemigo diría que son pobres porque no trabajan, pero esto de nuevo sería una injusticia, porque el judío trabaja muchísimo y a menudo en el pasado ha trabajado, y sigue haciéndolo hoy en muchos lugares, muy duro, no solo en la negociación y el comercio, sino con sus propias manos.
Vemos a los judíos en la Edad Media monopolizando importantes ocupaciones manuales en algunos distritos —la tintorería y la construcción naval, por ejemplo—.
Y hay muchas partes de Europa Oriental donde hoy trabajan la tierra.
Los judíos son una nación pobre porque son una nación extranjera y porque sus actividades están condenadas en su mayor parte a marchar a contrapelo, en una sociedad que no es la suya. Pero que sean una nación pobre no solo es verdad, sino que resulta abundantemente evidente para cualquiera que haya viajado y observado sus diversos asentamientos con cierta simpatía.
Ahora que han llegado en tan gran número a Occidente, la gente está empezando a comprender esto. Ya hemos visto cómo, hace una generación, cuando los judíos de Occidente (me refiero especialmente a Francia, Inglaterra y América) eran un pequeño grupo de comerciantes y financistas, la gran riqueza de un número muy reducido de entre ellos no se veía contrarrestada en nuestra experiencia por la extrema pobreza de la masa.