y tratarlos como a una parte normal de la sociedad general en la que se mueve. Dado que el judío impregnaba por todas partes la sociedad de Occidente (por pequeños que fueran sus números en Occidente), dado que se casaba por doquier con europeos de la clase más acomodada, insistir en su presencia sobre su nacionalidad separada habría sido odioso; habría equivalido a hacer que un invitado se sintiera fuera de lugar en la propia casa.
Lo que es más, para la inmensa mayoría de las clases más acomodadas y gobernantes de los Estados occidentales, la diferencia de raza estaba tan enmascarada que casi había llegado a olvidarse.
A veces, una sacudida la hacía resurgir.
- Un squire inglés descubriría, por ejemplo, que un pariente suyo político, cuyo nombre y ascendencia judía nunca le habían preocupado, era primo y mantenía estrecha relación con una persona de un nombre totalmente diferente —un nombre oriental— envuelta en alguna conspiración, digamos, contra el Estado ruso.
- O se enteraría con sorpresa de que un docto universitario con quien había cenado recientemente era tío de un agitador socialista en Viena.
Pero la sacudida sería pasajera, y el viejo estado de ánimo de seguridad volvería a instalarse.