En las ciudades, el Parlamento libremente elegido fue repudiado y se declaró una «Dictadura del Proletariado». Los talleres pasarían a ser administrados en el futuro por comités, a la usanza de los «Sóviets» rusos, y organizaciones similares debían controlar la agricultura en las aldeas, donde los campesinos ya se habían adueñado de la tierra y regresaban en masa desde los ejércitos disueltos hacia sus hogares.
En la práctica, por supuesto, lo que se estableció no fue un Gobierno proletario, y mucho menos algo tan imposible y contradictorio en los términos como una "dictadura" de proletarios. La cosa fue llamada "La República de los Obreros y Campesinos". De hecho, no era nada de eso. Era el puro despotismo de una camarilla, cuyos líderes habían sido lanzados especialmente sobre Rusia bajo dirección alemana con el fin de destruir cualquier posibilidad de un renacimiento del poder militar ruso, y todos esos líderes, sin excepción, eran judíos, o estaban controlados por los judíos a través de sus relaciones familiares, y todo lo que siguió se hizo directamente bajo las órdenes de judíos, el más prominente de los cuales era un tal Braunstein, que se disfrazaba bajo el nombre supuesto de Trotsky. Se instauró un terror bajo el cual fueron masacrados innumerables rusos de las clases gobernantes, de modo que toda la estructura del Estado ruso desapareció. Entre estos, por supuesto, hay que destacar especialmente a un gran número de clérigos, contra los cuales los revolucionarios judíos guardaban un particular rencor. Se hizo borrón y cuenta nueva de toda la antigua organización social, y bajo el despotismo de esta camarilla judía se invirtió el antiguo orden económico. Los alimentos y todas las necesidades fueron controlados (en