Estos sentimientos crecieron a medida que llegaba un ejemplo tras otro de la fuerza judía, de la cohesión judía, para alimentarlos. Cuán violentos habrían de volverse podía verse tomando como un ejemplo especial su forma extrema, llamada «antisemitismo». Cuando lleguemos, más adelante en este libro, a examinar ese fenómeno moderno, descubriremos que no solo es una prueba de la insistencia y la gravedad del problema que intentamos resolver, sino también cierta explicación de su naturaleza.
Sobre un mundo ya de por sí exasperado, y en algunos sectores importantes exasperado hasta llegar a lo irracional —pues la campaña antisemita era, y es, rebosante de sinrazón—, cayó repentinamente el doble efecto de la revolución bolchevique: una revolución que golpeó tanto a los bienintencionados que no querían oír mal alguno de los judíos, como a aquellos que hasta entonces los habían protegido u obedecido por considerarlos identificados únicamente con los intereses del gran Capital.
Fue un golpe de flanco bajo el cual se tambalearon tanto los partidarios de la neutralidad judía como los dependientes de las finanzas judías.
La vieja política liberal seguía oficialmente vigente; pero cuando se produjo esta demoledora explosión, exigió atención. El bolchevismo planteó el problema judío con una violencia y una insistencia tales que ya no podía ser negado ni por el más ciego de los fanáticos ni por el más resuelto de los mentirosos.
Tales eran, en sus líneas generales, la secuencia histórica reciente que condujo al estado de cosas en el que nos encontramos ahora.
Rastreemos esa secuencia con más detalle y desde un poco más atrás.
Hace una vida, cuando se fundó la política liberal y las condiciones eran propicias para su establecimiento, el populacho aún podía alimentar su tradicional antagonismo hacia el judío, pero en Europa occidental su