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Capítulo II La negación del problema

los demás, salvo por su religión. Todas las demás soluciones (decían) exigían un conocimiento de la historia y de Europa que no cabía esperar del público en general; además, los judíos eran tan poderosos que, si ellos deseaban que se mantuviera la ficción, había que complacerlos. En cualquier caso, había que recurrir, al menos en nuestra época, a este simulacro.

Ante la nueva y ya antagónica actitud hacia los judíos que ahora surge con tanta fuerza en todas partes de Europa Occidental (la cual es en parte una reacción a la postura del siglo diecinueve), esta manera anticuada de negar la raza judía o de ignorar su existencia mediante una ficción parece moralmente odiosa, y hoy nos preguntamos por qué gozó de un apoyo universal.

Implicaba una falsedad, por supuesto, a menudo una falsedad consciente; y además era indigna; pues a nuestra generación le parece algo tan grotesco negar la existencia de la nación judía como negar la nuestra propia.

Pero que la ficción se mantuviera sinceramente, y que su vertiente grotesca e indigna pasara desapercibida, podemos comprobarlo en unos pocos minutos de conversación con cualquier persona de esa generación anterior que la mantuvo y que aún nos representa.

Podría haber seguido floreciendo durante otra generación más, al menos entre las clases dirigentes de esta comunidad mercantil, de no haber sido por dos nuevos acontecimientos que la derrumbaron, siendo cada acontecimiento el resultado de una tolerancia tan amplia. * El primero fue el crecimiento numérico, el segundo el de la influencia. Lo que hizo que aquella vieja falsedad fuera flagrante y aquel viejo grotesco evidente fue el aumento desmesurado en todo Occidente de

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