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Capítulo IX. La posición en el mundo en su conjunto

Pero cualquiera que sea la teoría que adopte, el hecho está ahí. La Iglesia Católica es la conservadora de una tradición europea milenaria, y esa tradición nunca transigirá con la ficción de que un judío pueda ser otra cosa que un judío. Dondequiera que la Iglesia Católica tenga poder, y en proporción a su poder, el problema judío será reconocido en toda su magnitud.

Por otra parte, jamás ha habido ni habrá, ni puede haber, admisión por parte de la moral católica de una guerra contra el judío. Dicha moral es clara. Esa doctrina ha sido definida una y otra vez y se ha actuado conforme a ella a lo largo de la historia.

Si una minoría en su seno inicia hostilidades indirectas contra la mayoría, estas pueden ser reprimidas y castigadas. Aún más importante: la conversión insincera y fingida, utilizada como tapadera, puede ser reprimida y castigada.

Pero aunque una comunidad tenga el derecho de determinar su propia vida, y (si lo considera posible) incluso de eliminar (con justicia, no con crueldad, violencia o injusticia de ningún tipo) a una minoría ajena y hostil; dicha minoría tiene su propio derecho a vivir, si no allí, en otra parte. Tiene el derecho —una vez arraigada y tradicional— a sus propias convicciones, a su propia tradición.

Si se le permite vivir entre vosotros, debéis permitirle vivir su propia vida, salvo en aquello en que esa vida amenace la vuestra. La Iglesia católica siempre mantendrá la realidad, incluida la realidad de esa nítida distinción entre el judío y sus anfitriones.

El opositor de la Iglesia Católica tenderá, en igualdad de condiciones, a apoyar al judío, porque, bajo esa distinción, el judío puede hallarse a

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