Un Estado sería predominantemente católico o protestante, pero contendría cuerpos religiosos más pequeños, minorías entusiastas, para las cuales había que encontrar un lugar, codo con codo con la mayoría más o menos indiferente. * La Francia católica tenía una minoría hugonote rica del cinco por ciento. * La Inglaterra protestante tenía una minoría católica pobre del siete por ciento. * La Holanda protestante tenía una gran minoría —más de un tercio— de católicos, y así sucesivamente. Se había vuelto aborrecible para el pensamiento del siglo XIX que las diferencias religiosas (que consideraba poco más que matices de opinión privada sostenida de forma dudosa) debieran ser asunto del Estado. Un gran número de personas pensaba en los judíos, no como una raza, sino solo como una religión; y considerando toda religión de este modo, concluyeron que esta no podía implicar ninguna merma
En el otro extremo estaban los hombres públicos que comprendían plenamente las dificultades últimas que sin duda surgirían de este arreglo inconcluso del asunto. Estos consideraban a los judíos como una nacionalidad bien diferenciada, e incluso como una nacionalidad propensa a chocar con las necesidades nacionales de sus anfitriones; incluso expresaban (en privado) su hostilidad hacia dicha nacionalidad. No obstante, pensaban que en la vida pública debía tratarse como si no existiera. Estos hombres insistían con el mayor énfasis —en sus cartas privadas y en sus conversaciones— en que el problema judío no era religioso, sino nacional. Sin embargo (decían), era necesario hoy en día enmascarar ese problema mediante una ficción y fingir que el judío era exactamente igual a todos