demasiado feroces en su autodefensa; y no se puede unir esa acusación con una acusación de traición. Lo cierto es que el judío se presta a un grupo no judío en su acción contra otro. Servirá a Francia contra los alemanes, o a los alemanes contra Francia, y lo hará con total indiferencia, ya sea como residente en el país al que beneficia o en el país al que hiere: pues es indiferente a ambos. En el momento en que estalla la guerra, los servicios de inteligencia de ambos bandos confían en el judío; y confían en él no solo debido a su indiferencia hacia el nacionalismo, sino también a causa de sus múltiples idiomas, sus viajes y la presencia de sus parientes en el país enemigo. Y esto es cierto no solo en tiempos de guerra, sino también de paz armada.
Pero es evidente que en todo esto hay ejemplos de lo que en nosotros sería traición. En él tales acciones no son traiciones, pues no traiciona a Israel. Pero todas ellas tienen una atmósfera repugnante para nosotros. Son cosas que, si las hiciéramos (o cuando las hacemos), nos degradan. No degradan al judío.
Uno podría continuar la lista de tales acusaciones indefinidamente, y en cada una de ellas descubriría que la raíz del pleito no es la presencia de un defecto en particular, sino la presencia de una diferencia de circunstancias, temperamento, carácter: un color y un gusto diferentes en la cualidad o el defecto en cuestión.
Es eso lo que ofende. Es eso lo que causa los malentendidos y lo que conduce a las tragedias.
Si bien esto es cierto en cuanto a las acusaciones hechas contra el pueblo judío, es desgraciadamente igual de verdadero en lo que respecta a las cualidades correspondientes que ellos y sus defensores esgrimen en la réplica. El judío es esencialmente patriótico: eso es cierto.