La mayor, con mucho, se encuentra en Lituania y en Galitzia, donde, de poblaciones enteros, entre un tercio y la mitad, y a veces hasta dos tercios, de la población es judía. Muy grande es también la proporción dentro de las fronteras reconocidas de la Polonia moderna; muy grande en Rumanía y considerable en Hungría.
En todos estos países el problema judío es algo muy distinto de lo que es más hacia Occidente. Los judíos son en estos países, reconozcido por todos, una nación separada.
Aun mientras escribo oigo la queja, que suena extraña a nuestros oídos occidentales, presentada por los judíos polacos que han estado apelando a Occidente contra lo que afirman ser la práctica opresiva de catalogarlos como polacos!
En Rumanía, durante dos generaciones, ha sido un principio fijo del Estado —ora latente, ora manifiesto, pero siempre puesto en práctica en la vida social— que el judío no es en absoluto un rumano y no puede serlo.
Por supuesto que no puede serlo en realidad, como tampoco puede ser inglés, francés o irlandés. (¡Imagínense a un judío siendo irlandés!) Pero me refiero a que ni siquiera lo es por ficción o por convención.
En Polonia, la mayor parte de esta gente tiene una lengua diferente y todos ellos tienen una costumbre social diferente y una vida distinta a la del mundo que los rodea.
En Hungría, donde la presión numérica del judío es menor, existe, por supuesto, un recuerdo de lo más vivo de la tentativa de revolución bajo Cohen en 1918, de las masacres de húngaros, del establecimiento de un bolchevismo efímero y de la necesidad de su represión.
En Bohemia la presión es mucho menor, así como en los Estados balcánicos al sur del Danubio y del Drava.