hacia muchos y muy grandes Estados, y hacia cada forma de gobierno a la que jamás ha pertenencia; eso es lo que siente hoy por su país.
El judío tiene el mismo sentimiento, por supuesto, hacia su Israel, pero dado que esa nación no es una colección de seres humanos que habitan en un lugar y viven de tradiciones arraigadas en su suelo, dado que no tiene una forma fuerte, visible y externa, su patriotismo es necesariamente de otro matiz. Tiene diferentes connotaciones y nuestro patriotismo le parece insignificante.
Las falacias implícitas vigentes en las fórmulas de la revolución industrial moderna, en frases como «¿Qué le importa al trabajador ser explotado por un amo alemán o por uno inglés?» o bien: «¿Por qué se debe sacrificar al individuo Tom Smith por una abstracción llamada Inglaterra?», o también: «El nacionalismo es el gran obstáculo para el pleno desarrollo de la humanidad», todo ese género de cosas que nosotros sentimos por instinto y podemos, si es necesario, demostrar por la razón que son un sinsentido en nuestro caso, suenan en los oídos judíos como algo muy sensato en verdad.
Porque en su caso estas cosas no encierran falacia alguna; se aplican a él de forma vívida y exacta. ¿Por qué se ha de sacrificar al judío por Inglaterra? ¿De qué manera es Inglaterra, o Francia, o Irlanda, o cualquier otra nación necesaria para él?
A su vez, ¿no es obvio a sus ojos que estos términos, «Francia, Irlanda, Inglaterra, Rusia», no son más que abstracciones? Lo real a sus ojos, cuando piensa en nosotros, es el individuo y sus necesidades concretas, especialmente sus necesidades físicas y materiales; porque sobre estas no puede haber duda; sobre estas todos están de acuerdo; estas son visibles y tangibles. «Inglaterra», «Francia», «Polonia» son caprichos.
Es verdad que si se le planteara su caso particular al judío con similar fuerza y se le dijera: «Ningún judío debe correr ningún riesgo por