familia de Mordejai (quien había adoptado el apellido Marx) produjo en Karl a un expositor potentísimo de dicha teoría. Aunque no hizo más que copiar y seguir a sus instructores no judíos (especialmente a Louis Blanc, un franco-escocés de genio), presentó en forma completa la teoría íntegra del socialismo: económica, social y, por implicación, religiosa; pues postulaba el materialismo.
Tras Karl Marx llegó una multitud de sus compatriotas, que condujeron al proletariado industrial a la rebelión contra el creciente poder del sistema capitalista, y comenzaron a organizar una revuelta decidida.
Antes de la Gran Guerra se podía decir que todo el movimiento socialista, en lo que respecta a su personal y dirección, era judío; y mientras que en Occidente adoptaba esta forma puramente económica, en Oriente —en el Imperio ruso— adoptaba también una forma política, y la creciente fuerza revolucionaria en ese imperio era igualmente judía en su dirección y su fuerza propulsora.
Tal era la situación en la víspera de la Gran Guerra. Los hombres empezaban a ser plenamente conscientes de lo que significaba el problema judío. La vieja seguridad se disipó para siempre; pero todavía solo una minoría, aunque ya grande, estaba preparada para afrontar ese problema y discutirlo abiertamente. Todo lo que era oficial, y en particular la prensa, con su vasta influencia, se había negado hasta entonces en todos los ámbitos a afrontar las realidades de la situación. La convención que prohibía aludir públicamente a la cuestión judía seguía siendo muy fuerte. En la superficie parecía como si la vieja política liberal siguiera firme y, de hecho, inquebrantable. Los judíos ocupaban todos los lugares de privilegio: