Luego estaba la peculiar y rápida transición tanto de los movimientos judíos como de las fortunas judías. En el caso que he sugerido, de preguntarle a un judío londinense si tenía parientes en Galitzia o Lituania, uno podría estar topándose con parientes mucho más pobres que él en el East End de Londres; o bien, podría parecer que estaba enfatizando el carácter nómada de la raza y, con ello, enfatizando también el contraste entre esta y la nuestra.
Pero la excusa de más peso para la convención era la idea bien fundada de que su práctica complacía a los propios judíos. Se evitaba la mención directa de la nacionalidad judía porque se sentía que tal mención directa era casi un insulto. Era algo que el judío en cuya presencia uno se encontraba deseaba que se mantuviera en un segundo plano; y aunque tal vez no entendiéramos por qué lo deseaba, respetábamos su deseo como respetamos el de cualquiera con quien deseamos mantener relaciones armoniosas.
La mayoría de los hombres, por ejemplo, son indiferentes, digamos, al asunto de fumar. La mayoría de los hombres se sienten bastante cómodos cuando se les pregunta si fuman o no, y si lo hacen, si prefieren esta o aquella marca de tabaco. Pero de vez en cuando uno se tropieza con un hombre que, debido a alguna peculiaridad en su educación (como, por ejemplo, un hombre cuya madre lo crió pensando que fumar era un pecado mortal), no le gusta que se le aluda al tema.
Yo mismo conozco el caso de un hombre de la más alta cultura y de considerable posición social a quien no se le puede decir nada sobre los cerdos, ni en relación con la agricultura ni con la comida; pues sus simpatías son mahometanas. En estos casos excepcionales, cuando conocemos el deseo particular de nuestro huésped, cedemos ante él por aras de la armonía y de la buena convivencia. Así ocurre en esta cuestión de la antigua norma que