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Capítulo II La negación del problema

De haber sido el judío tan conspicuo entre nosotros como, digamos, lo es un hombre blanco entre los cafre, la ficción se habría venido abajo de inmediato. Tal como estaban las cosas, todos los que adoptaron dicha política, honesta o deshonestamente, se vieron respaldados por esta capacidad del judío para amoldarse externamente a su entorno temporal.

El hombre que adoptó conscientemente la política liberal del siglo XIX hacia los judíos como un mero ardid político, sabiendo muy bien los peligros que esta podía acarrear; el hombre apenas consciente de la existencia de dichos peligros; y el hombre que jamás había oído hablar de ellos, sino que daba por sentado que el judío era un ciudadano como cualquier otro, con una religión excepcional: cada uno de esos tres hombres tenía en común, al impulsar los planes del primero y respaldar la ilusión del segundo, el asombroso hecho de que un judío adopta con inexplicable rapidez el color de su entorno.

Esa característica única fue el sustento de la actitud liberal y, al mismo tiempo, su condición necesaria.

La ficción de que un hombre de tipo, cultura y raza evidentemente distintos es igual a nosotros puede ser práctica a efectos de la ley y del gobierno, pero no puede sostenerse en la opinión general. Una conspiración o ilusión que pretendiera, por ejemplo, establecer a los esquimales en Groenlandia como indistinguibles de los funcionarios daneses del Asentamiento, fracasaría por el ridículo. Igualmente ridícula sería la pretensión de que, por ser ambos súbditos de la misma Corona, un inglés del servicio civil en la India fuera exactamente el mismo tipo de persona que un soldado sij. Pero con los judíos se da la sorprendente verdad de que, si bien la diferencia fundamental persiste todo el tiempo y es quizás más profunda que cualquier otra de las diferencias que separan a la humanidad en

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