Pero aparte del argumento de que lo que he llamado la actitud del siglo XIX o liberal hacia los judíos funcionó bien durante su breve momento (al menos, en Europa occidental), existe también el hecho de que, bajo circunstancias especiales, algo muy similar ha funcionado bien durante períodos mucho más largos en el pasado.
Tómese, por ejemplo, la posición de los judíos en una ciudad como Ámsterdam. La recepción de un judío como un ciudadano exactamente igual a los demás, aunque estuviera presente en un número muy elevado, la ficción que niega su nacionalidad separada, se ha mantenido durante generaciones en esa comunidad y ha procurado la paz y una aparente satisfacción en ambas partes.
Y lo que es verdad hasta el día de hoy en Ámsterdam lo ha sido en el pasado durante largos períodos en la vida de muchas otras sociedades comerciales y cosmopolitas:
- la de Venecia, notablemente,
- y, en gran medida, la de Roma;
- la de Fráncfort, la de Lyon y la de un centenar de ciudades en momentos determinados.
Fue verdad en toda Polonia durante generaciones.
Uno podría añadir elementos a la lista indefinidamente, pero siempre con la incómoda conciencia, a medida que escribía, de que el experimento invariablemente terminaba por fracasar a la larga.
Nuevamente, iba a presentarse en favor de esta actitud liberal del siglo diecinueve el argumento poderosísimo de que, si bien a una de las partes en cuestión —el inglés, el francés, el italiano, etc.— le parecía bastante bien y ciertamente no le hacía ningún daño, era sumamente aceptable para la otra.