se está tratando con dos conjuntos de voluntades, y sabemos que estas voluntades son libres, a pesar de los sofistas. Un hombre y un grupo de hombres pueden obrar bien o mal, tanto de manera absoluta como en relación con alguna cuestión particular que se tenga entre manos; y ningún grupo de hombres puede eludir su responsabilidad en relación con cualquier otro grupo con el que esté en contacto. Es seguro que nosotros mismos desempeñamos un papel en esta disputa entre nosotros y los judíos. Es un papel que es en cierta medida inevitable, porque proviene en cierta medida del mero contraste entre dos caracteres raciales. Pero queda una parte que puede ser remediada por la acción de la voluntad.
Aunque no podemos cambiar ese elemento que es inherente a nuestra naturaleza del mismo modo que los judíos no pueden cambiar la suya, una comprensión de este marca toda la diferencia; y ciertamente podemos cambiar aquellos elementos que son inherentes a nuestras voluntades.
La prueba de ello es que en la larga historia de las relaciones entre las dos razas ha habido, en varios tiempos y lugares, aquellos capítulos excepcionales de calma a los que he aludido en una página anterior, y estos no habrían podido mantenerse de no haberse modificado las causas de fricción por ambas partes, pero especialmente por la nuestra.
Todo ese motivo de fricción que surge del mero contraste de carácter puede resumirse muy brevemente. Se incluye en lo que acaba de decirse sobre las causas generales, la diferencia de naturaleza entre los judíos y nosotros. Si su forma de valor, su forma de generosidad, su forma de lealtad es, como lo es, de una cualidad diferente a la nuestra; si sus defectos muestran la misma diferencia de cualidad o color; si sentimos perpetuamente, como en efecto sentimos, la fricción causada por este