Donde se han hallado causas positivas para un mal, es obvio que la cura de ese mal consiste en la eliminación de las causas, en la medida en que puedan ser eliminadas.
En el caso particular de la fricción entre la comunidad judía y sus anfitriones, las causas de dicha fricción son el hábito necio y peligroso del secreto y la irritante expresión de superioridad. Las causas que el judío puede eliminar si lo desea. El asunto está en sus propias manos: nosotros no podemos hacer nada; él puede hacerlo todo.
Pero más allá de este deber negativo que incumbe a los judíos si quieren alcanzar un desenlace pacífico a los peligros que amenazan su futuro, hay también una acción positiva que les incumbe. Deben fomentar, deben incluso proponer, instituciones que los distingan mejor de una sociedad que no es la suya y les devuelvan la dignidad de una nación. Sostendré en el último capítulo de este libro que la política que conduzca a una solución debe basarse no en leyes directas de nuestra propia invención, no en reacciones que casi con toda seguridad resultarán opresivas y casi con toda seguridad serán evadidas, sino en un espíritu general que reconozca la nacionalidad separada de los judíos. Pero aunque esto es verdad para todos los Estados cristianos occidentales en los que se encuentran, no lo es para su propia nación. Ellos, por su parte, bien pueden presentar propuestas que tienen la capacidad de hacer, porque sabrán cómo formularlas (como nosotros no podemos) de un modo compatible con su propia dignidad y su propia tradición.