Remató aquel gran discurso con el grito: «Lo que nuestra gente quiere es que la dejen en paz». Lo dijo una y otra vez. Estoy seguro de que, en el público que lo escuchaba, todos los hombres mayores sintieron un eco de respuesta a ese llamamiento. Era la misma doctrina en la que se habían criado y la nota misma de la gran era liberal victoriana, con sus triunfos nacionales en el comercio y en las armas.
Pues bien, al cabo de muy pocos años, los miembros más jóvenes de la familia de ese mismo hombre salieron a la luz en escándalo parlamentario tras escándalo parlamentario, apareciendo todos en secuencia, uno tras otro: una especie de procesión.
¡A ellos se les había dejado en paz, faltaría más! Pero ellos no nos habían dejado en paz a nosotros.
Me pregunto a veces: ¿Cómo sonaría si, dentro de unos años, cualquiera de esos descendientes —habiéndosele concedido ya para entonces su título de nobleza (pues son hombres ricos y todos ellos se dedican a la política profesional)— retomase el grito de su antepasado y pidiese que lo «dejaran en paz»?
Entonces no habría respuesta en el pecho de los contemporáneos que pudieran oírle. Las costumbres habrán cambiado tanto a este respecto que sería interrumpido.
Pero no creo que mi hipotético descendiente de aquel rico viejo judío vaya a pronunciar semejante discurso. Pienso que, cuando llegue el momento de hacerlo, la idea misma de «dejar en paz» estará completamente muerta.
He citado el discurso de este anciano sin ninguna intención odiosa, sino únicamente como un ejemplo real de la manera en que el «dejar hacer» en esta gran cuestión fracasa.