Antes de que ese aspecto hubiera adquirido su gravedad moderna, el reproche contra los judíos era que su posición internacional atentaba contra nuestras tradiciones raciales y nuestros patriotismos. Antes de eso, a su vez, había existido el reproche de una religión diferente y, en particular, de su antagonismo hacia la doctrina de la Encarnación y todo lo que de esa doctrina se derivaba. Y había existido incluso, antes de esa gran disputa, el reproche de que eran malos ciudadanos dentro del Imperio romano pagano, perpetuamente en rebelión contra este y culpables de masacrar a otros ciudadanos romanos.
En otra civilización distinta a la nuestra, en la del Islam, había surgido otra serie de reproches, o más bien otra especie de desprecio y opresión. Tras largos períodos de paz llegaba, en regiones particulares, la opresión más violenta. En los últimos años, por ejemplo, a un judío en Marruecos se le trataba como si apenas fuera humano. Tenía que volver el rostro hacia la pared cuando pasaba cualquier magnate. Tenía que vestir de una manera particular para distinguirlo como algo degradado entre sus semejantes. No se le permitía cruzar a caballo la puerta de una ciudad, sino que tenía que desmontar. Había veinte acciones normales de la vida cívica en la ciudad marroquí que le estaban prohibidas al judío.
Todo esto equivale a decir que la fricción entre los judíos y aquellos entre quienes viven está siempre presente, y siempre ha estado presente, ora latente, ora aflorando furiosamente a la superficie, ora rezongando a través de largos períodos de paz incierta, ora desbordándose en todos los males de la persecución; lo que equivale a decir que esta fricción entre el judío y el no judío, si bien encuentra diferentes excusas para su actuación en distintas ocasiones, ha sido una fuerza permanentemente activa en todas partes y en todo momento.
¿Cuál es la causa de ello?
¿Cuál es su naturaleza?