Si denunciaba a un estafador financiero que casualmente era judío, era un antisemita. Si denunciaba a un grupo de parlamentarios que aceptaban dinero de los judíos, era un antisemita. Si no hacía más que llamar judío a un judío, era un antisemita. La risa que el nombre solía provocar se usaba de la manera más necia para respaldar algo que no fuera más noble ni más definitivo que esta miserable política de ocultamiento. Cualquiera con juicio le habría dicho a los judíos, si los judíos se hubieran molestado en consultar a alguien así, que su política pusilánime estaba condenada al fracaso. No era más que un aplazamiento del día fatal.
No se puede confundir por mucho tiempo el interés con el odio, la exposición de verdades claras e importantes con la manía, la discusión de cuestiones fundamentales con el entusiasmo necio, por la misma razón que no se puede confundir por mucho tiempo la verdad con la falsedad.
Tarde o temprano la gente terminará por notar que el acusado parece extrañamente ansioso por evitar toda investigación de su caso. En el momento en que eso se observe de manera general, la defensa estará abocada al fracaso.
Yo digo que fue una política funesta; pero fue emprendida deliberadamente por los judíos y ahora están sufriendo sus consecuencias. Como resultado, tenéis por toda Europa a una masa de hombres sencillos que, lejos de dejarse intimidar y apartar de la discusión del problema judío por esta falsa burla, están más decididos que nunca a debatirlo abiertamente y a resolverlo sobre bases racionales y definitivas.
Eso quizás no sería un gran daño en sí mismo. Significaría simplemente que una política falsa había fracasado, y que un debate adecuado, sincero y leal sucedería a todo este silencio impuesto y a este boicot. Desgraciadamente, la política falsa tuvo otras consecuencias mucho peores.