nuestra, a él por engañarlo respecto a su verdadera posición.
Los judíos que hoy se mezclan con las clases más adineradas, especialmente en Londres, no tienen una idea verdadera de su posición real a los ojos de sus invitados; y la culpa es de sus invitados.
He citado un ejemplo cotidiano evidente, pero es el menos importante, pues es pasajero y superficial. Esta falta de sinceridad se extiende a relaciones más permanentes.
Un hombre se asocia en los negocios con un judío, lo acepta como socio, trabaja con él constantemente y, sin embargo, abriga en su corazón una deslealtad hacia esa relación. Es un fenómeno de constante recurrencia y envenena las relaciones entre ambas razas.
Si un hombre está dispuesto a entablar una de estas relaciones permanentes con otro hombre que difiere fundamentalmente de él en tradición y carácter humano, debe apechugar con las consecuencias. Una de esas consecuencias, si ha de seguir siendo un hombre honesto, es la aceptación de su posición con todo lo que ello implica.
No puede tener la ventaja —como espera tenerla— de la sobriedad judía, de la tenacidad judía, de la lucidez de pensamiento judía, de las relaciones internacionales judías, de la oportunidad judía de progresar con la ayuda de sus semejantes, y al mismo tiempo entregarse en secreto al desprecio y la antipatía hacia su compañero, desahogando ese sentimiento reprimido en su ausencia. Sin embargo, eso es lo que los hombres hacen a diario en todo el mundo comercial.
Escúchese la conversación de un hombre así que, habiendo entablado de este modo una estrecha relación comercial con el judío, cae en la desgracia. Se pasa el resto de su vida denigrando a los judíos como raza y a su propio compañero de desgracia en particular.