Tan familiar me son como a cualquier lector judío mío los nombres que han ennoblecido la vida pública en el pasado, nombres judíos, pares judíos; y recuerdo en particular el honrado nombre de Lord Herschell, a cuya amistad entre sus allegados y los míos conservo una memoria agradecida y sagrada.
Pero volviendo al fracaso del argumento sentimental.
El argumento sentimental fracasa porque entraña contradicciones, es decir, incompatibilidad de hechos.
Aun si no se tuviera este principio estrictamente racional como guía, se cuenta con toda la historia como guía. Es verdad que la pretensión de una ciudadanía común ha funcionado a veces durante un período más corto, a veces más largo, pero nunca indefinidamente. Al final, siempre se llega al choque. El judío es bien recibido en la Polonia medieval; llega en grandes cantidades; todo va bien. Entonces sucede lo inevitable y el judío y el polaco se distancian como enemigos, acusándose mutuamente de injusticia, el uno clamando que es perseguido, el otro que el Estado se encuentra en peligro debido a una actividad extranjera en su interior. España aplicó alternativamente esta política y su contraria; toda la historia de España —la sede original de la influencia judía en Europa tras el exilio general— es una historia de intentos alternos de solución sentimental y una reacción salvaje