contraste, es de suponer que ellos sientan una fricción correspondiente en su trato con nosotros. Ninguno de los dos podrá cambiar ese estado de cosas. Debemos admitirlo y debemos tratar de comprender su naturaleza.
Por encima de todo, no debemos dar por sentado que una diferencia con respecto a nosotros sea en sí misma un mal en los demás. Ese es un punto en el que se debe insistir.
Cuando tratamos con la naturaleza inanimada, o con la naturaleza animada carente de inteligencia, no le atribuimos intenciones, puesto que no hay intención que atribuir. Un hombre no va por ahí con amargura en el corazón contra las avispas, aunque el propósito de la avispa sea muy diferente al del hombre y sus intereses entren en conflicto. No llama a la avispa malvada ni, salvo como un desahogo para sus sentimientos, le otorga nombres morales. No condena a la avispa. Menos aún condena a todas las avispas, ni a ninguna otra cosa de la naturaleza que le rodea y que trabaje en contra de sus intereses.
Pero cuando tiene que tratar con otros seres humanos, el hombre enseguida comienza a atribuir una intención. Debe hacerlo, porque sabe que la intención es el motor de toda acción humana, incluida la suya. Cuando esa intención difiere de la suya, contrasta con la suya y, por lo tanto, es en cualquier medida hostil a la suya, se siente inclinado a atribuir una mala intención. Todo eso es una verdad de Perogrullo tan vieja como las colinas.
Si no tienes que convivir con aquellos que así difieren de ti, no hay mayor daño hecho, pero si tienes que aceptarlos como parte de tu vida, es un asunto diferente.
Es entonces esencial para el orden del Estado que esta ilusión de un motivo directamente antagónico sea vigilada y refrenada.