Pero toda clase de legislación en el pasado, incluso en tiempos y lugares donde la diferencia entre judíos y europeos era más marcada, ha recurrido perpetuamente a ese mismo punto de la religión exclusivamente. Una y otra vez se descubre que es la prueba de la política: en la España primitiva y otra vez en la del siglo XV, bajo el dominio de Carlomagno en la Galia, en la Inglaterra de principios de la Edad Media, en Bizancio y hasta el día de hoy en las regiones orientales donde el judío está sujeto a una interferencia perpetua. En todas ellas se hacía una excepción con el judío que abandonaba su religión. Su nación no era mencionada.
Es pertinente citar un ejemplo tan sencillo y reciente como el cuerpo de oficiales prusianos, hoy felizmente extinto. Era una regla fija en los regimientos más selectos de Prusia (creo que en casi todos) que ningún judío podía obtener su grado militar. El sistema prusiano dejaba la concesión de los grados, en la práctica, en manos de los miembros actuales del estado mayor del regimiento; trataban su comedor como un club y vetaban a los judíos. Pero admitían a judíos bautizados, y lo hacían en considerable número. ¿Era el judío menos judío de raza por su bautismo?