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CAPÍTULO XV ¿COSTUMBRE O LEY?

nuestras relaciones con el judío. Eso no puede sino significar una gran ruptura también con nuestra tradición y nuestros hábitos, pero la ventaja bien vale el sacrificio. Podemos (debe ser labor de cada individuo, no puede ser una obra colectiva) acercarnos al judío con más respeto y, al mismo tiempo, con mayor frecuencia. Podemos, creo yo, avanzar muchos grados respecto a la falta de caridad que hoy mostramos, aun si desesperamos de llegar a vivir en auténtica intimidad con un pueblo tan diferente de nosotros en sus cualidades más profundas.

Personalmente, no estoy seguro de que no pudiera establecerse una mayor intimidad; nunca he tenido ninguna dificultad en alcanzar y conservar un trato íntimo con los judíos de mi propio círculo, pero es posible que haya tenido suerte.

Sé que para la mayoría de mis semejantes no es así, y tal vez el judío seguirá siendo siempre para la masa de quienes lo rodean algo extraño e inaccesible y, me temo, repulsivo.

Pero no hay ninguna razón para que mezclemos en nuestras relaciones esa vacilación con un elemento de indiferencia, menos aún de desprecio, y menos aún, de nuevo, de crueldad.

Repito la fórmula para una solución: es reconocimiento y respeto.

El reconocimiento no es aquí más que decir la verdad: existe una nación judía. Los judíos son ciudadanos de esa nación; y el reconocimiento significa no solo decir esta verdad en ocasiones especiales, sino utilizarla como un hábito regular en nuestras relaciones en ambas partes.

Esta afirmación es, tras cualquier análisis justo de la cuestión judía, tan obvia y tan sencilla, que no necesita ni insistencia ni desarrollo. Su mera exposición es suficiente.

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