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CAPÍTULO III LA FASE ACTUAL DEL PROBLEMA

Semejante fenómeno no podía menos que asombrar a la masa de espectadores que hasta entonces no le había dedicado ni un pensamiento a la cuestión judía, y cuando a esto se añadió la gran prueba de la Guerra de Sudáfrica, abiertamente e innegablemente provocada y promovida por intereses judíos en Sudáfrica, cuando esa guerra se prolongó de manera tan inesperada y resultó tan inesperadamente costosa en sangre y dinero, un segundo elemento se sumó al sentimiento creciente —que aún no era, en verdad, de antagonismo hacia el poder judío (la mitad de la Francia culta era dreyfusarda, y mucho más de la mitad de Inglaterra favorecía la Guerra de los Bóeres en sus inicios)—, sino de interés en la cuestión judía, de curiosidad, por parte del ciudadano medio que hasta entonces no había oído hablar de ella.

La minoría original que había empezado a oponerse al poder judío, con su ala extrema izquierda de antisemitas y su núcleo de hombres cuya disputa era más con el control financiero del mundo moderno que con cualquier problema racial, tendía a crecer. Como siempre sucede con un movimiento en crecimiento, los acontecimientos parecían amoldarse a ese crecimiento y promoverlo.

Los escándalos de Panamá en el Parlamento francés ya habían alimentado el movimiento en Francia. Los posteriores escándalos parlamentarios en Inglaterra, el de Marconi y los demás, ofrecieron un paralelo tan asombroso con el de Panamá que la similitud fue objeto de comentarios universales. Podrían haber pasado por cosas aisladas una generación antes. Ahora se les relacionaba, a menudo injustamente, con la inquietante sensación de una conspiración financiera general. Estaban, en cualquier caso, vinculados a una atmósfera esencialmente judía en su carácter.

Mientras tanto ya había comenzado uno de esos grandes movimientos migratorios de los judíos que han diversificado la historia durante dos mil años y que son casi siempre el preludio de cada nueva perturbación en el

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