Dentro de diez años es bastante probable que no se obtenga indiferencia ante dicho restablecimiento, sino la más activa hostilidad. En todo el mundo la corriente ha girado en la misma dirección.
Desgraciadamente, el efecto de ese cambio ha sido exacerbar el odio en lugar de un deseo de acuerdo y llevar a los hombres hacia la acción ciega en lugar de hacia un examen razonado de la dificultad. Por eso me parece un asunto urgente, aunque todavía existan grandes áreas de la sociedad occidental en las que su urgencia permanezca oculta y medio olvidada.
Cuando digo «urgente» quiero decir que este ensayo mío, que hoy todavía viene al caso y cuya solución recomendada sigue siendo viable, bien puede, en vida de su autor, volverse anticuado hasta volverse irreconocible.
El arreglo pacífico aquí propuesto con deliberada vaguedad y suavidad de contornos puede parecer en pocos años tan pasado de moda, tan irreal debido al cambio interviniente, como lo parecen hoy los viejos tópicos sobre la pureza de la vida parlamentaria y la seriedad de la política de partidos.
Mi solución puede parecer al final de esta generación tan levemente inaplicable a la aguda situación surgida entonces entre los judíos y nosotros como hoy nos parecen los viejos debates sobre la exigencia muy provisional de autonomía (Home Rule) en la década de 1880.
Actuemos tan pronto como sea posible y resolvamos el asunto mientras aún hay tiempo.
Pues en el torbellino y los rápidos del mundo moderno, que no se encaminan hacia la calma, sino que se vuelven más intensos como hacia una catarata, cada gran debate adquiere con cada año una forma más fuerte, una aproximación más cercana al conflicto; y ninguno más que el debate inmemorial, aún inconcluso, entre el islam, la cristiandad y los Beni-Israel.