Al mismo tiempo apareció un movimiento paralelo en el aspecto histórico de la literatura. Surgió la convención de que en el conflicto entre los judíos y los ingleses de la Edad Media los judíos tenían invariablemente la razón y los ingleses invariablemente la culpa. Donde la lucha era entre el judío y el no judío en el extranjero, el historiador rebasaba todos los límites. El europeo hostil al judío era un monstruo sensiblero, y el judío hostil al europeo era una víctima sagrada.
Toda la historia de Europa y de este país, en la medida en que estuvo afectada por este factor tan considerable, fue distorsionada mediante la supresión, el falso énfasis y una mentira de lo más excepcional.
El lector común de historia ignoraba tanto el papel que la cuestión judía había desempeñado como las pretensiones que podían alegarse a favor de su propia raza en el conflicto. Y como los historiadores viven copiándose unos a otros, la leyenda quedó establecida en todas las escuelas y universidades.
Al final del proceso, los judíos, en proporción a su número, detentaban en este país un poder que superaba a todo lo visto en cualquier otro del mundo. La Polonia de finales de la Edad Media, época en la que ese país era el que más se acercaba a Gran Bretaña en cuanto a la acogida y el sustento del pueblo judío, es el único paralelo, y aun así, lejano.
Todo gobierno inglés tenía (y tiene) su cuota de judíos. Habían entrado en el servicio diplomático y en la Cámara de los Lores; abundaban en la Cámara de los Comunes, en las Universidades, en todas las oficinas gubernamentales, salvo en el Ministerio de Asuntos Exteriores (y aun en este han entrado recientemente representantes de la nación judía); eran sumamente poderosos en la Prensa; eran todopoderosos en la City. Ninguna costumbre antipática a su raza, desde el duelo hasta el clamor popular, sobrevivía. Podían jactarse de que Inglaterra no era solo el país donde no se hacía distinción alguna en la práctica, y mucho menos en la