No debemos pasar por alto la verdad tan evidente de que en todo esto había abundante leña para el fuego. El proletariado industrial de todo el mundo estaba igualmente disgustado e igualmente dispuesto a la revuelta. El liderazgo del movimiento podrá ser judío, pero su corriente no fue creada por el judío. Imaginar tal cosa es caer en los más infantiles errores del «antisemita».
El flujo de influencia surgió de los sufrimientos y del ardiente sentimiento de injusticia que el capitalismo industrial había impuesto a la masa desposeída de asalariados. A ellos les importa (y les importaba) naturalmente poco si aquellos a quienes esperan que sean sus salvadores provienen de Palestina, Moscovia o Tombuctú. Les interesa la libertad económica: la doctrina del socialismo y sus resultados, no la personalidad de quienes los guían.
Su postura es bastante comprensible; pero mi punto es que la minoría dirigente del capitalismo de Europa occidental, que hasta entonces había guardado silencio sobre los problemas judíos por los motivos que he descrito, se encontraba ahora liberada; eran libres de decir lo que pensaban, y comenzaron a hacerlo.
El volumen de su protesta no puede sino aumentar. El gato, como suele decirse, está fuera de la bolsa, o, para decirlo en un lenguaje más digno, el debate ya no podrá ser silenciado jamás.
Se admite que el liderazgo revolucionario es mayormente judío. Se reconoce tan claramente ahora como se ha reconocido desde hace mucho tiempo que las finanzas internacionales eran mayormente judías; y aun aquellos que tolerarían el silencio sobre un peligro, ciertamente no lo tolerarán sobre el otro.