Pero antes de ir más allá, es fundamental ser justos; porque nadie entiende nada si lo ataca injustamente.
El hábito judío del secreto —la adopción de nombres falsos y la simulación de un origen no judío por parte de los individuos, el ocultamiento de parentescos y todo lo demás— ha surgido presumiblemente de la experiencia de la raza.
Póngase un hombre en el lugar del judío y verá cuán fundada es esa presunción.
Una raza dispersa, perseguida, a menudo desdeñada, siempre sospechosa y casi siempre odiada por aquellos entre los cuales se mueve, se ve abocada por algo parecido a una fuerza física al uso de métodos secretos.
Tomemos el caso particular de los nombres falsos. Nos parece sumamente odioso. Creemos que, al mostrar nuestro desprecio por quienes recurren a este subterfugio, no hacemos sino darles lo que se merecen. Es una mezquindad que asociamos con los criminales y los vagabundos; una vileza rastrera y solapada. Sospechamos que quienes lo practican desean ocultar algo que los cubriría de ignominia si se supoiese, o bien engañar a sus semejantes en los negocios mediante una forma de falsedad.
Pero el judío tiene otros y mejores motivos. Como uno de los miembros de su comunidad me dijo con gran fuerza, cuando traté el asunto con él hace muchos años en una cena en la City: «Cuando trabajamos bajo nuestros propios nombres, nos insultáis por ser judíos. Cuando trabajamos bajo vuestros nombres, nos insultáis por falsificadores». El judío se ha sentido a menudo tan en desventaja al declararse tal, que se ha visto medio obligado, o en todo caso gravemente tentado, a cometer una bajeza que nunca supuso una tentación para nosotros. Sin embargo, todo este código cuidadosamente dispuesto de apellidos asumidos