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Chapter IV. The General Cause of Friction

llenara a los hombres de ambos bandos, no ciertamente de una hostilidad necesaria —contra dicha necesidad está escrito todo este libro—, sino ciertamente de fines en conflicto.

Debe señalarse en primer lugar que la mayor parte de las acusaciones formuladas contra los judíos por sus enemigos, y la mayor parte de las muy acertadas refutaciones de dichas acusaciones presentadas por los judíos y sus defensores, no dan en el blanco porque intentan plasmar en forma abstracta algo que en realidad es sumamente concreto. Y esto es igualmente aplicable a los elogios prodigados a los judíos, a las virtudes especiales que se les atribuyen y a las negativas de estas virtudes.

Errados están porque intentan expresar en términos de una categoría lo que debiera expresarse en términos de otra. Hacen lo que un hombre que compara dos cuadros por su contorno cuando, de hecho, el interés de estos radica en el color, o cuando afirma algo de una melodía cuyo punto fundamental no es en absoluto la tonada, sino los instrumentos con los que se interpreta: como quien dijera que «God save the King» era «chirriante» porque lo oyó tocar en un pito o «atronador» porque lo oyó tocar en un violonchelo.

El verdadero punto a tener en cuenta no es que los judíos nos parezcan poseer (o nosotros a ellos) ciertas cualidades y defectos abstractos, sino que, en su caso, cada cualidad o defecto tiene un carácter especial, un timbre nacional especial del que carece en el nuestro.

Así oiréis a los judíos acusados por sus enemigos de tres vicios tales como la cobardía, la avaricia y la traición —por tomar tres de las acusaciones más comunes.

Examináis sus acciones y encontráis innumerables ejemplos del más alto coraje, de la mayor generosidad y de la lealtad más devota: pero un coraje, una generosidad y una lealtad de índole judía, dirigidas a fines judíos y marcadas con un sello judío sumamente distintivo.

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