Dudo que los judíos tengan idea de cuán fuertemente obra esta fuerza en su contra.
Si un hombre dijera «me llamo fulano; mi padre nació en tal o cual lugar de Galicia; mi hermano sigue allí en tal o cual negocio», si nos contara todo eso, no sufriría porque más tarde apreciáramos que los miembros de su familia en el extranjero estaban relacionados con movimientos que desaprobamos: no, ni siquiera con un Gobierno en activa hostilidad con el nuestro.
Todo el mundo conoce la posición internacional del judío. Todo el mundo sabe que no puede eludir esa posición. Todo el mundo le concede margen por ello. Y creo que el abandono de este hábito de secreto no solo es posible, sino que redundaría en muy gran beneficio de toda la raza.
Quizás su forma más absurda (no su forma más peligrosa) sea el secreto mantenido por hombres distinguidos respecto a sus antepasados judíos. Ellos y sus parientes judíos a menudo lo suprimen por completo o, en el mejor de los casos, lo mencionan rara vez y de forma oscura. ¿Por qué actúan así? Tomemos el caso de dos hombres al azar de entre cientos cuyos nombres son universalmente conocidos y respetados por la mayoría, el nombre de Charles Kingsley, el escritor, y el nombre de Moss-Booth, el fundador del Ejército de Salvación. He aquí dos hombres que en campos muy diferentes desempeñaron un papel importante en la vida inglesa y que debían su genio y casi toda su apariencia física a madres judías. Habría pensado que era ventajoso para la raza judía y para los individuos en cuestión que este hecho fuera ampliamente conocido. Las habilidades literarias de Charles Kingsley, las habilidades organizativas y de otro tipo de Booth no disminuyen a los ojos de la gente, sino que, en todo caso, se realzan con el conocimiento de su verdadero linaje. Sin embargo, la