internacional. Necesitaba hombres que tuvieran experiencia internacional y estuvieran preparados con una fórmula internacional.
Hay dos, y solo dos, fuerzas internacionales organizadas en Europa hoy en día que poseen un alma y una identidad propias. Una es la Iglesia católica, y la otra es la judería.
Pero la Iglesia católica, por razones que discutiré en un momento, no puede atacar ni atacará jamás directamente al capitalismo industrial. Sin duda atacará ese sistema por el flanco y lo destruirá indirectamente a la larga allí donde la Fe tenga un fuerte arraigo en las masas populares. Pero no lo atacará ni puede atacarlo directamente.
El judío, en cambio, tiene la libertad de atacarlo precisamente porque nuestro sentido de la propiedad no significa nada para él, le resulta algo extraño y hasta, creo yo, cómico. Además, el judío estaba presente, estaba allí mismo. La Iglesia no.
De las dos fuerzas internacionales presentes, por lo tanto, solo los judíos pudieron actuar.
Aquí debo hacer una digresión y decir por qué la otra gran fuerza internacional, la Iglesia Católica, no ha podido —ni podrá jamás— atacar al Capitalismo Industrial de forma global y directa, aunque, como he dicho, actúe indirectamente como un disolvente de este mal y lo destruya allí donde la sociedad siga siendo católica. La Iglesia Católica, no sólo en su doctrina abstracta, sino actuando como la expresión de nuestra civilización europea, está profundamente apegada a la concepción de la propiedad privada. Hace de la familia la unidad del Estado y percibe que la libertad de la familia es más segura allí donde la familia es propietaria. Percibe, como todos los europeos, de forma instintiva o explícita, que la propiedad es el correlato de la libertad, o, en cualquier caso, de ese único